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Críticas de los estrenos del 2 de diciembre

Los críticos de ABC te desvelan las claves de la cartelera

«La conspiración» - ABC
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«La conspiración»

POR O.R. MARCHANTE

El asesinato de Lincoln puso a los flamantes Estados Unidos contra uno de sus procesos más importantes y, como recuerda en esta película Robert Redford, más polémicos y dudosamente ecuánimes. En un clima de victoria, recelo y rencor se juzgó por conspiración y magnicidio a ocho personas, entre ellas a Mary Surrat, la dueña de la pensión donde se reunieron el criminal y sus compinches. Redford tiene ojo y sensibilidad como cineasta para distinguir leones de corderos, y le gusta que su cine proponga, o al menos sugiera, un veredicto, y mejor si está en cierta disonancia con el oficial. En "La conspiración" hace con estilo sobrio y cristalino un repaso de la época, circunstancias y personajes..., desde las dudas del abogado defensor, un oficial de la Unión que repudia a su defendida, hasta los resortes morales de esa mujer más preocupada por la suerte de su hijo, acusado y huido, que por la suya. La relación de esos dos personajes, sus movimientos fríos pero emocionales, es el ancla de la película en el aliciente del espectador, y ambos están interpretados con pasión y frenazo por James McAvoy y Robin Wright. Ellos son no sólo el corazón de la película, sino también el ojo (punto de vista) y la razón. Bien medido y contenido lo emocional, Redford consigue que la solidez narrativa y ética parezcan incuestionables. La Historia se antepone al drama, la verdad a la intriga y el juicio al prejuicio.

«Jane Eyre»

POR O.R.M.

La película comienza con la desesperada huida de Jane Eyre de Thornfield House, la mansión donde ha trabajado como institutriz. Nubarrones, abismos, angustia, pasiones, infelicidad..., el clima exterior e interior de Charlotte Brontë en la presentación de ese dramático personaje que inmediatamente recordará y nos contará su turbadora y romántica (y conocida) historia. El director, Cary Fukunaga, elige el apogeo trágico de Jane Eyre como arranque de su narración, y desgranarla luego como un "flash-back": niñez, juventud y apoteosis sentimental junto al turbio señor Rochester... A esa elección, que lo emparenta con el espíritu profundamente tragigótico de las Brontë, el director le suma aún otra más acertada: la pareja protagonista. Mia Wasikowska y Michael Fassbender le quitan almidón a sus personajes, y aunque se respeta el escrúpulo de la época, igual hubieran transmitido esa historia con vaqueros y camisa de flores; están al otro lado del ceño de Welles y la aflicción de Fontaine; son decimonónicos pero remozados. Fukunaga también prefiere que la turbiedad del ambiente en la casa no la propicie fundamentalmente el hecho sórdido del secreto familiar, sobre el que pasa de puntillas, sino la propia química, el chisporroteo entre ellos, una mezcla de franqueza y chulería. En fin, tonificar lo anticuado pero aún hermoso y útil.

«In time»

POR O.R.MARCHANTE

El planteamiento de Andrew Niccol es muy sugerente y en la misma línea futurista de su primera película, "Gattaca", aunque en esta ocasión se centra en una sociedad que no envejece, pero que tiene que trapichear cada minuto de su vida: el tiempo es la moneda y la riqueza significa la inmortalidad y la pobreza, la muerte. Una vez superado el transvase mental de dinero a tiempo, y la perplejidad del arranque, la descripción, los usos y costumbres y las claves, "In time" se convierte en una vistosa ensalada entre las películas de huida, las de ladrón justo y las de ética social, sin excesiva preocupación por alcanzar el mismo nivel de originalidad en su desarrollo que en su punto de partida. La idea es singular, con ganas de hallazgo y sorpresa, pero no florece en el desarrollo de la trama, que busca patrones como un grumete en paro, y los encuentra en mil películas anteriores. Lástima. De todos modos, "In time" pierde algo de sustancia, pero no ritmo ni acción ni voluntad de pasatiempo (lo cual, dado el mensaje esencial de la película, es una angustia). El personaje protagonista, un pintoresco convertible de James Bond en Robin Hood o Juan Nadie, lo interpreta con la gracia justa Justin Timberlake; más caprichoso aún es el de su acompañante, Amanda Seyfried, que es pura filosofía volátil dentro de ese futuro de vídeojuego que nos espera.

«Acero puro»

POR JOSÉ MANUEL CUÉLLAR

Una idea puede ser interesante, pero si la dejas en manos de los corbatas la derivarán hasta vaciarla de contenido y exprimirla como un limón para hacer un amasijo que escupa dólares mientras engulle la calidad y el talento que se podría sacar de un argumento fresco. Aquí había un asunto curioso: boxeo entre robots, el viejo espectáculo atractivo, que engancha, mezclado con la nueva generación, que vicia aún más. Pero luego, el desarrollo ha sido una mala copia de todo: de Campeón (niño repelente y lacrimógeno) con diálogos de ñoñería vomitera entre padre e hijo, de Rocky I (golpes al hígado como si los robots tuviesen hígado), de Rocky IV (con un robot invencible cual Lundgren) y un tufo a americanada con padre no quiere niño y luego niño se hace querer por padre hasta hacerse indispensable.más visto que el tebeo y con la misma bobería sentimentaloide que le hace a uno echar hasta el último higadillo. Eso sí, la mecánica de todo, fundamentalmente de los robots, es impecable y entretenida.

«El verano de Martino»

POR J. CORTIJO

El cine italiano siempre se las ha pintado solo para aunar memoria histórica y memoria sentimental con trazo fino y óleo saneado. A pesar de ello, sería muy injusto pedir al debutante Massimo Natale emular la inalcanzable estatura de ilustres compatriotas como Giordana en «La mejor juventud» o, claro, Bertolucci en «Novecento», sobre todo porque «El verano de Martino» acampa en la orilla de la cartelera con vocación humilde, soñadora y aceptablemente «moñas». Vamos, que es más veranillo con amable brisa que estación huracanada, aunque la iniciación romántica de la muchachada playera, y el contrapunto de la convulsa Italia de comienzos de los 80, logran cristalizar en algunas escenas de gran belleza, y en un aire de solar y contagiosa nostalgia cómplice. La sólida interpretación del veterano Treat Williams (curioso su papel de sargento surfero nada chusquero) y la angelical presencia de Matilde Maggio son dos notas más a favor de un filme algo corderito que no le duraría ni un bocado al «Romanzo criminale» de El Libanés y cía, que no debían andar muy lejos en aquellos años.

«Restless»

POR FEDERICO MARÍN BELLÓN

A Gus van Sant le han llovido críticas como puños por su última película, un paseo adolescente, tierno y cursi, por el amor y la muerte. La cinta cuenta la historia romántica casi crepuscular entre una joven enferma de cáncer (la Alicia de Tim Burton, Mia Wasikowska, excelente como siempre) y un chico siniestro, aficionado a visitar funerales ajenos, Henry Hopper, quien ya tenía suficiente con ser hijo del gran Dennis. Como contrapunto hay un tercer personaje, el fantasma de un kamikaze japonés de la segunda gran guerra, Ryo Kase, que se le aparece al muchacho y hasta lo derrota a los barquitos desde el más allá. Reconocible desde el primer fotograma, el estilo Van Sant se deja llevar esta vez por una melancolía mortuoria que da pie a frases que pueden sonar trascendentes o ridículas, en función del escuchante y de su estado de ánimo. La cinta, con todo, arranca de manera original y brillante, aunque quizá por la escasez de personajes o por lo limitado de su recorrido, hacia el final la fórmula dé muestras de agotamiento. Al director se le acusa, en suma, de empujar al espectador hacia la lágrima. Quizá el secreto para disfrutar sea no llorar, pues.