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Las críticas de los estrenos del 14 de octubre

Nuestros críticos te desvelan las claves de la cartelera del fin de semana

<a href="http://www.abc.es/fotos-cine/20111014/contagio-1501935019977.html">«Contagio»</a> - ABC
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«Mientras duermes»

POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE

La fidelidad es una virtud y Balagueró es un virtuoso del cine de suspense, hasta el punto de que no le incomoda subvertir las reglas de otro género si con ello le es fiel al que le interesa. O dicho de otro modo: «Mientras duermes» sería una mala película policíaca, pero es (y es lo que es) una magnífica película de intriga. Está situada en el terreno propicio, el preferido de este director, una casa de vecinos, y además elige el punto de vista más prometedor: el del villano..., mira a través del mirón. Y consigue enlazar dos elementos que se repelen: por un lado, la descripción de alguien mezquino, depravado e inhumano, y por otro, que el espectador sea en cierto modo su cómplice..., y todo ello mediante un uso magistral de las leyes del thriller y de un desprecio absoluto hacia las del policíaco o las de la mera psicología del hombre corriente. El personaje es un hallazgo: un portero y su trastienda (moral), aunque el actor que lo interpreta no lo sea ya: Luis Tosar compite contra mejor versión y este intrigante César está a la altura de aquel impresionante «Malamadre». Con pericia en el dibujo, Balagueró nos lo muestra en su grandeza maléfica pero también en su pequeñez humana: es un infeliz congénito. Y tiene la astucia de proponer, en el mismo plano, su contraplano: la felicidad en cuerpo y alma que interpreta maravillosamente Marta Etura. La visión de estos dos estados, la alegría y la miseria, a la vez y con la cámara mezquinamente instalada bajo una cama, produce una perturbadora acidez moral en la cabeza. «Mientras duermes» juega sin pudor con el espacio, el clima y la verosimilitud de la geografía y de la historia, y hay momentos en los que la tensión, el sudor, le impide ver al espectador la otra mano del mago; los personajes secundarios, como el magnífico Alberto San Juan o la increíble niña Iris Almeida, se mueven al ritmo favorable de la trama y no al de unos personajes y una narración verosímiles. El desenlace es tan sinuoso que podría ser el arranque de una película de Kieslowski con dilema moral.

«Contagio»

POR FEDERICO MARÍN BELLÓN

Una persona normal se lleva la mano a la cara unas tres mil veces al día (algunos más, como Luis Aragonés). Nos pasamos la vida en contacto con los demás o tocando cosas que pueden convertirnos en protagonistas involuntarios de la próxima pandemia. Malcom Gladwell contaba en uno de sus libros que ya hay apuestas sobre los años que tardará en llegar una catástrofe biológica con más de un millón de cadáveres. Soderbergh, que viene de matar al Che de aburrimiento y de documentalear entre prostitutas, echa leña al fuego de la paranoia con una revisión de clásicos como «Pánico en las calles» y sus diez mil hijos. El director de «Sexo, mentiras y cintas de vídeo», a tono con los tiempos, añade la reinvención del concepto de globalización, que ocurre a un ritmo trepidante porque sabe que esta vez tiene que vender entradas. También se le agradece que el culpable no sea un científico loco o una pareja de delincuentes a la fuga. El mal, por cierto, proviene de un cruce entre un cerdo y un murciélago, que viene a ser como el chiste del oso hormiguero, pero sin sexo ni gracia. «Contagio» no solo ofrece un argumento infalible y un reparto apabullante. Gwyneth Paltrow es la víctima ideal, Matt Damon sirve igual para un hombre roto que para un espía descosido, Marion Cotillard se mueve en Hollywood como en los Campos Elíseos, Laurence Fishburne es grande (y empieza a estarlo demasiado) incluso cuando no tiene pastillitas que ofrecer, Kate Winslet es sencillamente insuperable y hasta Jude Law pasa por bloguero rebelde... o por lo menos guapo. En resumen: Soderbergh apuesta sobre seguro y carga su best seller de matices, como esa tos que escuchamos antes incluso de abrir los ojos. Puede que llegue cansado al final y que su mirada no termine de ser profunda, más allá de esbozar las miserias de nuestra especie cuando tiene la excusa del pánico. La interpretación más optimista es que el cineasta prefiere que la reflexión la ponga el espectador, que no se pone trascendente porque sabe que le sienta mal.

«Another year»

POR E. R. M.

Mike Leigh es un cineasta atípico, meticuloso y modesto, que prefiere mantenerse oculto detrás de sus personajes, sus actores y su modélica puesta en escena. No busca en sus películas un inimitable sello Leigh, sino la realidad, la cercanía y la sencillez de los seres humanos que interpretan la historia... Mike Leigh es el árbol que no impide ver el bosque emocionante que propone su cine, y ahí está -sin buscarlo, pero encontrándolo- su sello y su estilo. «Another year» es una película redonda en fondo y forma, y que lo oculta a él, su director, en el mismo centro de su redondez. Redonda o circular: nos habla de la vida de sus personajes durante un año, y por estaciones, desde la primavera hasta el invierno; se centra en un matrimonio ya de cierta edad, Tom y Gerri, que son también un modelo de equilibrio, felicidad y madurez, y que ejercen a modo de red ante las piruetas vitales de sus amigos y familiares. La vida transcurre entre los cuidados del huerto, la paz suave de la comida casera, las visitas de Mary, compañera de trabajo de Gerri encharcada de soledad y de una fracasada rebeldía contra el tiempo que vuela, o la de un viejo amigo de Tom, también solo y vacío, pero ya entregado a los estragos de la edad y la molicie (come como una hiena, bebe como un camello y fuma como un murciélago). El hilo narrativo es cómodo, sin presiones, nudos ni ahogos, y cuelga de él una agradable sensación de comedia en los diálogos, en la construcción de los momentos y de las emociones, tan reales, tan cercanas, tan fáciles de ver y oler..., pero ese tono dulce, emotivo, inmediato e íntimo entre los personajes provoca que el espectador escuche sin dificultad el «bum-bum» del corazón de cada uno de ellos y sienta sus perturbaciones y sus miedos, desamparos e infelicidades. Es una comedia que se entristece, o un drama que se divierte. Hay instantes de una máxima y turbulenta conexión con esos personajes, especialmente con el más extremo y frágil de ellos, la patética y enternecedora Mary, que interpreta Lesley Manville de un modo estremecedor; en realidad, tanto ella como Jim Broadbent y Ruth Seen se exprimen como pomelos y con esa misma mezcla de dulzura, acidez y amargor.

«Las acacias»

POR E. R. M.

La sinopsis es el argumento: un hombre recoge en su camión a una mujer y a su bebé y viajan juntos desde Paraguay hasta Buenos Aires. Pero el argumento no es la sinopsis: la soledad busca el espejo para no reflejarse y un hombre huraño, introvertido, adusto y tímido necesita muchos kilómetros de cabina y compañía para mirar y ver el paisaje de otro modo. «Las acacias» es una película diminuta, hecha minuciosamente por Pablo Giorgelli, que se dedica del principio al fin de su historia a abrir una ostra, con el sorprendente desenlace de hallar ahí una perla. Giorgelli filma el viaje con los ojos puestos en ese camionero y en esa mujer (rara vez mira la cámara fuera de la cabina), a la espera de que de sus rostros, sus silencios, el manojo de palabras que intercambian, salte alguna chispa, algo que sustancie una expectativa... Es, digamos, el revés de una intriga. Las acacias del título sólo puede referirse a las espinas que va perdiendo sigilosamente ese camionero, y que la cámara de Giorgelli atrapa con sutileza y paciencia (suya y del espectador, obviamente) en un pitillo mal fumado, en una imagen de la madre cambiándole unos pañales al bebé, en una sorprendente sonrisa de la niña, en el celoso sinsabor de un encuentro de ella con un compatriota... Puro polvo, sí, pero polvo cinematográfico resuelto en unas escenas finales de una ingenuidad y una verdad agobiantes de ternura y asperezas. Germán de Silva y Hebe Duarte, los protagonistas, se escabullen de cualquier análisis cinematográfico: son como son las personas y nos cuentan su interior sin levantar la voz. También como la acacia, esta película es dura y espinosa, pero rima con maravillosa.

«Sin salida»

POR JOSÉ MANUEL CUÉLLAR

Vale que nos quieran meter al chico este de «Crepúsculo», que ellas dicen que es guapo (quizás lo sea pero no lo sabremos hasta que al menos le veamos los ojos, tarea ímproba pues los tiene tan metidos bajo la frente que hay que auscultarlos con prismáticos), pero al menos podían disimular. Película de Singleton (ya le vale) en la que falla casi todo: Boquetes de guión, lagunas de narración, de creatividad y, sobre todo, esa continua sensación, permanente, de que todo está prefabricado, tamaño cartón gigante en el que nadie se cree lo que está haciendo. Esa impresión de que cuando Lautner se da la vuelta todo el mundo le pone a parir por aquello de «niñato hijo de productor», «carita guapa sin registros», «enchufado del jefe», y demás lindezas. El producto es endeble, tanto que se aprecia como los pesos pesados (Weaver, Molina o Maria Bello) bajan su nivel para que el niño mono pueda intentar llegar a su altura. Nada es creíble y solo la acción, rápida y vertiginosa, ayuda a no levantarte y pirarte jurando en arameo. Lo peor de todo es que intenta ser una versión (light por supuesto) de la saga Bourne. Y ahí, amigo, con la iglesia hemos topado. Ya solo el intento de igualar al mito resulta ofensivo. Que lo intenten de nuevo, pero que no lo hagan con un guión tramado en día y medio y con el dólar como único objetivo.