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Críticas de los estrenos del 11 de marzo

Los críticos de ABC te desvelan las claves de la cartelera

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«Cuidadores»

POR JAVIER CORTIJO

«Monos como Becky», «Bucarest, la memoria perdida», «Uno por ciento, esquizofrenia», «María y yo» o «Bicicleta, cuchara, manzana» demuestran que la reciente no ficción española ni aparta ni zozobra la mirada ante la nave de los locos, los disminuidos o los más cruelmente desheredados. Oskar Tejedor salta a la arena para homenajear a quienes realmente tienen que coger el toro por los cuernos: aquellos samaritanos que deben cuidar a enfermos desahuciados y ausentes en vida. Cual terapia de grupo, innecesariamente emborronada por simbolismos (el muñeco de trapo, las burbujas...) y subrayados musicales (el almodovariano «Resistiré»), este arduo documental no tiene más remedio que conmover y provocar compasión y admiración hacia unos héroes a la fuerza, condenados a parafrasear al «Ulises» de Joyce y dar gracias «por estar tan grandes esta mañana»

«Cuestión de principios»

POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE

Amablemente centrada en el mundo laboral y en los desajustes generacionales, esta película propone un sencillo cuento con sus varias moralejas, aunque dadas las circunstancias actuales, laborales y sociales, ni es sencillo, ni es cuento, ni sus moralejas sirven para gran cosa. Federico Luppi es el gran sostén de esta historia, el tipo que le echa un pulso a su jefe por algo que, sin tener importancia, adquiere la categoría de «principio». Y ese pulso, la tozudez de Luppi y el tesón entre burlesco y asqueroso de Pablo Echarri, es el motor de la película... El embrague sería la presencia de Norma Aleandro, impaciente esposa del vejestorio con principios. El director, Rodrigo Grande, tiene la precaución de amabilizar también su cámara, incidir en el tono y el color de la comedia (aunque, en el fondo, no lo sea) y permitirle a sus buenos intérpretes que se recreen en la suerte de su texto. En cuanto a la moraleja, puede ser reversible: mis principios no son como los de Groucho Marx y no le toques las narices a tu jefe más de lo necesario

«Torrente 4: Crisis Letal»

POR ANTONIO WEINRICHTER

El argentino Andrés Di Tella hizo una estupenda película a partir de la idea de que al haber estado exiliado siete años, no había visto la tele de su país y se había perdido algo de su propia historia y cultura. Con «Torrente 4» pasa algo parecido. La secuencia de créditos homenajea a las de la serie Bond y hay hasta una cita musical a «Vértigo», pero esta no es una película para cinéfilos: para entenderla, para pillarle la gracia (debería incluir un disclaimer con aquello de herir ciertas sensibilidades y que por eso mismo no se ofenda el amigo Segura por la estrellita), hay que haber visto mucha tele, y no los documentales de La 2 precisamente: ya se avisa desde el primer gag, en el que «la Patiño» recibe su justo merecido. Se podría ver en ello todo un síntoma de la deglución del cine por la televisión, de que vivimos la era del post-cine, también por el lenguaje sms, de atajos taquigráficos, que se emplea para dar la información narrativa. Pero así es también la comedia gamberra americana, que tiene muchos defensores, y por muy basta que sea la saga Torrente no procede de la misma incultura en la que floreció un Esteso. Hablando de esto… Lo más curioso aquí es la lógica del cameo: Segura, el actor, sigue dominando su inefable personaje pero parece que tiene poco que hacer porque Segura, el director, maneja un nuevo código de montaje en el que en plano se ve a Torrente y en contraplano a un famosete. No siempre tiene gracia (yo me río con Kiko Rivera y con el Chiquilicuatre), el cameo a veces se queda en camelo, pero en realidad no importa. Torrente es un icono, y la saga un fenómeno que se sustenta solo: todos quieren salir, para ser alguien hay que salir en la serie del menos de los seres humanos, y todos quieren ver la nueva pasada de Santiago Segura. A ver quién le pone el cascabel a ese gato

«Incendios»

POR E. RODRÍGUEZ MACRHANTE

No hay un nudo comparable al que existe desde hace siglos en lo que nosotros llamamos Oriente Próximo y los anglosajones Oriente Medio. Un nudo enmarañado en lo político, en lo religioso, lo ético, lo territorial, lo social, lo bélico, lo humano, lo individual... Si alguien quiere entenderlo o resolverlo tendrá que recorrer un trágico camino hacia atrás, zambullirse en el interminable pozo del pasado y de lo pasado, y ni aún así se garantizará su comprensión y mucho menos su resolución. «Incendios» podría ser exclusivamente eso: la puesta en escena de un viaje hacia el pasado de un personaje que nos permitirá comprender ligerísimamente la maraña de hilos que mueven los conflictos y guerras en la zona; pero también podría ser lo contrario, un viaje hacia el pasado de un territorio que nos permite ver la complejidad de hilos y azares que mueven la vida de una, o todas, las personas. «Incendios» es, pues, al mismo tiempo una metáfora y su reflejo. El director, Denis Villeneuve, elige una estructura narrativa muy eficaz para revelar el pasado de la historia que cuenta, y muy eficaz también para ocultar el pasado de su película (una obra teatral). La hija deberá recorrer paso a paso hacia atrás el dramático camino hasta encontrarse con las terribles verdades del pasado de su madre, desde Canadá hasta esa tierra quemada entre Líbano, Gaza e Israel, pero al tiempo, se le permite al espectador ir conociendo ese pasado de la madre en un hilo narrativo paralelo, con lo que la impresión es la de dos hilos, dos historias, pasado y presente, que se acabarán encontrando. El artificio de que una hija (y su hermano gemelo) encuentre el pasado de su madre nos permitirá a los demás encontrar el nódulo que explica, en parte, ese larguísimo eslabón de odios, venganzas, sangrías y humillaciones, y que se visualiza en escenas sorprendentemente duras, inexplicables, intolerables, como la del fatídico encuentro de un autobús con un grupúsculo de milicianos, donde se da una definición rotunda del fundamentalismo (con esas «postales» religiosas en las metralletas), que es cuando tu dios aprieta el gatillo

«En el centro de la tormenta»

POR FEDERICO MARÍN BELLÓN

Bertrand Tavernier es uno de los grandes directores franceses y mundiales, además de un valioso cinéfilo (sus dos monumentales volúmenes sobre «50 años de cine americano» son un regalo fabuloso para el aficionado). Y para demostrar que sabe de lo que escribe, el hombre se va hasta Louisiana para seguir la pista a un asesino en serie, naturalmente por mediación de otro, un Tommy Lee Jones que no necesita ni maquillaje para defender la ley a su manera: honrada, metódica y sin prisas. Su oficio no es el de héroe, sino sufrir y procurar que el mal cause el menor daño posible. En efecto, «En el centro de la tormenta» bebe del mejor cine de toda la vida y narra «al paso», a la velocidad (será la única comparación) de un «Mystic River». Incluso se parece al viejo Clint, al menos en su última película («Más allá de la vida»), en la inclusión de un leve toque sobrenatural, que ni molesta ni se hace excesivo, pero que constituye el único riesgo del guión. Para rematar la faena, Tavernier se asegura la presencia de otros actores tan grandes como John Goodman y Mary Steenburgen, espectacular a los 58 años. Peter Sarsgaard («An Education») vuelve a demostrar su versatilidad y entre todos siguen al maestro por la casi olvidada senda del mejor cine clásico.