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Las críticas de los estrenos del 4 de febrero

Te desvelamos las claves de la cartelera del fin de semana

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La cartera española se convierte esta semana en un cuadrilátero donde lucharán "The Fighter" y "127 Horas", dos películas nominadas en los próximos Oscar que intentarán dejar fuera de combate a la comedia "Primos", de Sánchez Arévalo y a la terrorífica "La trampa del mal", con el sello M. Night Shyamalan.

«The Fighter»

POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE

Las grandes películas de boxeo siempre han mirado más allá de ese ring en primer término; algo así como: y en el otro rincón, la vida. La buena cámara de cine, además, apenas si logra distinguir entre el gran campeón y el perdedor... Y esta película, “The fighter”, arranca con lo que parece un documental sobre el hombre que ganó por KO a Sugar Ray Leonard, pero que es, en realidad, un documental sobre los efectos del crack en un toxicómano. El director, David O. Russell, lo transforma en ficción y enfoca su pelea contra esta historia real con la idea de reflejar un drama: el de un hermano boxeador (Mark Wahlberg) que se le va el tiempo sin ser otra cosa que un “púgil escalón” (el que se usa para que otros suban); el de su hermano y entrenador (Christian Bale), que a punto estuvo de llegar, pero se sentó en el escalón a fumarse unos porros..., y el de la familia de ambos, con una madre spontex (magnífica Melissa Leo) y un clima sofocante, lleno de pequeñas miserias y grasientas ambiciones. A uno le suena la música de esta película, su estribillo, pero la letra es sorprendente: el retrato familiar, las relaciones pegajosas, febriles y contaminadas (las hermanas, como unas meninas ahí revueltas, la novia, el padre y manager...), el paisaje deprimente, el olor al orgullo de barrio, la imagen, siempre presente en el hermano menor que la ve tatuada en la cara babeante del hermano mayor, de que el tren se va y no vuelve... Pero la gran pelea de la película no está en el ring (aunque hay varias buenas) sino en la lucha por el centro del plano entre Mark Wahlberg y su personaje circunspecto y prudente y el que interpreta Christian Bale, extrovertido y alicatado por el abuso del crack y de la autocompasión. Los Oscar sólo han visto el trabajo de Christian Bale, pero creo que Wahlberg consigue un mejor reflejo de su confusión como hijo, como hermano, como boxeador y como persona; y sin el agarradero de las convulsiones del crack.

«Enredados»

POR JAVIER CORTIJO

La Disney vuelve a engancharse cual tranvía a su último descubrimiento: la «explotation» invernal de alguna heroína sui generis con vistas a encandilar a la sección femenina de su audiencia (ancho es el verano para dejar reinar a Pixar). Aquí le ha tocado a Rapunzel, aquella moza enclaustrada que padece un hirsutismo que poco tiene que ver con el descrito por Armand Marie Leroi en su imprescindible libro «Mutantes». Y como resulta que este es el largometraje animado número 50 de la casa, el esmero se impone a la hora de aliñar el inevitable 3D con un 2D clasicote aunque más almidonado que el esplendor visual de «Tiana y el sapo». La historia sigue el abecedario habitual (pellizcos anacrónicos, roles trocados, cancioncillas y autoguiños estilo «La bella y la bestia»), cayendo por momentos en la simpática cursilería de aquella playa de Mihura donde correteaban cangrejos de río. Pero en fin, el agradable resultado contentará a niñas grandes, niñas medianas, niñas pequeñas y hasta fetichistas podales.

«Primos»

POR E. RODRÍGUEZ MARCHANTE

Reprocharle a una comedia que sea ligera es como afearle a un perro que esconda un hueso (aunque sea de dinosaurio) y “Primos” es ambas cosas: una comedia y un hueso. Daniel Sánchez Arévalo ya demostró su hondura emocional en “AzulOscuroCasiNegro” y su músculo tragicómico en “Gordos”, y ahora logra en similar medida vestir de intrascendencia una comedia sin más, es decir, sobre personajes que pesan poquito y sus ingrávidos y muy comunes sentimientos: ¿me ama, no me ama?, ¿quiero, no quiero?, ¿me deprimo, no me deprimo? La historia tiene de novedad lo que una puesta de sol, y es igual de resultona: joven abandonado por su novia a pie de altar, amigos-primos resueltos a que levante el ánimo, primer amor que reverdece y hace de analgésico, ambiente festivo, popular y veraniego, unos cuantos aliños visuales y sentimentales, el encanto del pueblo de Comillas, que le disputa el protagonismo a los propios actores y que, naturalmente sin otro texto que su presencia, se apropia de todas las escenas... El director es coherente con la ligereza de su película y no sugiere la trastienda de sus personajes, pero sí su carácter más visible, más epidérmico: la inconsistencia sentimental pero de buen paño del protagonista (Quim Gutiérrez), el irreflexivo y pasional que interpreta Raúl Arévalo (que es quien con mayor aparato le da el tono de comedia, y el que lo compone con mayor gracia), el naïf y más distorsionado del más primo de los tres (Adrián Lastra), el tópico pero efectivo desahuciado con corazón que interpreta Antonio de la Torre, o el catálogo de encantos femeninos que aportan Inma Cuesta o Clara Lago... La ligereza de “Primos” consiste en que todos sus resortes narrativos los conoce y sabe manejarlos el espectador: no hay grandes sorpresas ni sobresaltos, y todo transcurre por el terreno de lo previsto y en la dirección correcta: hacia el amor verdadero, hacia la amistad, hacia la sinceridad, contra el “lado oscuro”..., y personajes como el que interpreta Antonio de la Torre, que tanto serviría para una comedia como para un drama, está recubierto de esa salsa light que lo hace apto para todos los públicos, tan apto como el de su hija (Clara Lago), a pesar de que trabaje en un prostíbulo. La película como tal es un producto impecable y limpio, una comedia sin estridencias (ni siquiera busca la carcajada), y tal vez la única duda que queda en el aire es si era ésta la obra que necesitaba ahora la filmografía de Daniel Sánchez Arévalo.

«La trampa del mal»

POR F. M. B.

Cuando Shyamalan empezaba a ser vapuleado, cuando hasta Eastwood era criticado por parecerse al autor de «El sexto sentido», el cineasta de origen indio se ha sacado de la manga (o de su mente, como reza la publicidad) una trilogía de miedos que luego deja en otras manos de su confianza. Quizá su error fue elegir como propia la serie que empezaba con «Airbender», porque sonará a timo que echa de espaldas, pero esta trampa maligna, original desde los títulos de crédito, no solo está bien planteada, sino que con los recursos y el espacio mínimo (no llega a lo de «Buried») da pie a un producto puro de género, entretenido, breve y eficaz. La naturaleza humana se basta para volverse interesante en terrenos de juego reducidos. Los náufragos de Hitch, las cabinas de Mercero y Schumacher, el ataúd de Cortés y otros confinamientos de unos pocos han demostrado que las restricciones sientan bien al creador con talento. Dowdle, que venía de rodar «Quarantine» (la versión guiri de «REC»), no pierde el pulso a la historia y, con un puñado de actores de telefilme (ni uno desentona), sube al espectador a un ascensor que luego deja encallado entre dos pisos. Como los mejores relatos de terror, lo más interesante de todo es que te puede pasar a ti. El leve toque sobrenatural podrá chirriar a los más escépticos, pero hasta en eso es inteligente el guión, que quizá no destaque por sus diálogos, pero que te zampas de un bocado.

«127 horas»

POR JOSÉ MANUEL CUÉLLAR

Caía la gente redonda, como fardos llenos de piedras. Allá en Sundance, en Montreal o en el festival que fuese donde se presentaba «127 horas», los espectadores cerraban los ojos ante el espanto, ante el horror que Danny Boyle («Trainspotting», «Slumdog Millionaire») no quiso ahorrarnos. La trama, que fue real, es la del aventurero Aron Ralston, que quedó con la mano atrapada por una piedra tras una mala caída en la quiebra de un cañón. Después de 127 horas de angustia solo le quedó una: amputarse medio brazo a carne viva, con una navaja multiusos y tras quebrarse los huesos a pura palanca para luego rajar la carne hasta la amputación. Todo lo muestra Boyle en lo que no se sabe si es el mayor valor de la película o una barbarie total. En medio vemos a un espectacular James Franco, un chico al que se veía venir y esperábamos. Dicen los entendidos que Ralston era más fanfarrón, chulesco y hasta un poco Cristiano. Pero Franco es un tipo al que no se le puede odiar ni siquiera mirar mal. De hecho, en «Spiderman» todos íbamos con él, aunque también podía ser que fuera por no ponernos del lado del un tanto repelente Toby Maguire. Obviando ese pequeño detalle, Franco borda un papel impecable, en duelo solitario con la pantalla y con la cantidad de sensaciones que es capaz de transmitir a lo largo de cinco días de soledad y desesperanza. La película, que juega con cierta ventajismo con los sentimientos de los espectadores, posee agilidad para desarrollarse en un espacio tan reducido. Cierto que abusa de los flash back y de los sueños, pero en general tiene mucha enjundia apoyada en una música trepidante y en el transcurrir de la lucha de Franco contra el tiempo. Y finalmente, el desarrollo postrero, con el drama del dolor inenarrable, que se te mete en los ojos como agujas candentes, como un torrente de sensaciones volcánicas. Un tiro de adrenalina pura.