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Un infalible parche en el ojo: crítica de la película «Valor de ley»

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Solo los genios saben hacer lo mismo pero de otra manera, y la frase sirve igual para la tortilla de patatas de Ferran Adrià como para el «Valor de ley» de los Coen, que toma la novela de Charles Portis y calca la película que hizo hace medio siglo Henry Hathaway de un modo completamente distinto. Y parece como si no hubiera más pregunta que esta: pero, ¿cuál es mejor? Pues, ninguna es mejor. La historia es la misma: una niña contrata a un sheriff tuerto, bruto y borrachín para que encuentre al tipo que mató miserablemente a su padre; los personajes y los diálogos son gemelos; el punto de vista, la estructura, la tesis y la emoción son clavados y equivalentes, ¿cómo es posible, entonces, que los Coen consigan algo nuevo, con personalidad, a la altura o superior al clásico que le precede, que aporte magia, crueldad, amargura, sentido del humor, acidez, melancolía y hasta picardía a la película de Hathaway?

El arranque de cada una de ellas es también su sello: Hathaway comenzaba la historia en la casa familiar, ambiente primaveral, optimista, los personajes, la chiquilla, para después recrear el vil asesinato del padre. Los Coen prefieren ir al grano y arrancan con el cadáver del padre y el relato en off de la niña adornado en un tono de perverso cuento infantil. Una se cubre de una piel familiar, cercana, humana, diurna, cálida y la otra se recubre de negrura, comicidad, fantasía, nocturnidad, también humanidad. ¿Cuál prefiere usted?... ¿John Wayne o Jeff Bridges?... Son y dicen lo mismo, tienen el mismo parche en el ojo y en el cerebro (aunque uno, Wayne, cumple su promesa de enterrar a los muertos, mientras que el otro, Bridges, se pasa su promesa por el forro): son el mismo pero consiguen ser absolutamente distintos y provocar iguales emociones y parecida épica, y se acercan con el mismo sigilo hasta el corazón de la niña (Hailee Steinfeld).

El gran trabajo de los Coen consiste en cambiarle el clima al trayecto, en arriesgarse al apagar la luz, en trastocar el género (una pradera en la que podría aparecer en cualquier momento Robert Mitchum tarareando una nana y con la palabra odio tatuada en los nudillos), en alternar un prodigioso y abierto plano general con una cámara que se acerca demasiado a sus horribles personajes y que es capaz de verlos casi como bichos y aplastarlos contra la inmensidad de los paisajes. Y el mayor riesgo de todos: darle matarile a la mejor escena final de Hathaway en el cementerio, cambiándosela por un puñado de tiempo, y que, sorprendentemente, ambos momentos dejen el mismo rastro de soledad o tristeza.