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El otro, el mismo: crítica de la película «I'm still here»

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Parece que tras su pase en el festival de Venecia, el otoño pasado, algunos se sorprendieron luego de ver al protagonista Joaquin Phoenix con un aspecto mucho más lozano y menos desaliñado del que ostenta en la película.

No es que los festivaleros hubieran regresado a 1895 y creyeran que todo lo que se ve en la pantalla es «real»; es que este travieso experimento adopta la forma de un documental íntimo sobre una figura real, el susodicho Phoenix, que se retira de su condición de estrella para convertirse en rapero (nada menos), cosechando el más rotundo de los fracasos.

Y documenta ese proceso de decadencia de forma tan convincente, que la duda (¿será verdad, será un camelo?) se instala en nuestra mente; es significativo que las reseñas de la película contemplen siempre ambas posibilidades: si es verdad, es una adición a la lista de juguetes rotos de Hollywood y si es mentira… pues sigue siendo una propuesta muy interesante.

Yo pienso que es un falso documental en toda regla, como aquel que decía que era Kubrick quien filmó lo de la llegada del homo americanus a la luna; y si allí salían confirmándolo Kissinger y hasta Rumsfeld —debimos sospechar entonces—, aquí sale David Letterman y… el propio Phoenix, pero eso no demuestra nada.

De hecho, solo fijándose —cuestión clave— en el punto de vista (¿quién toma las imágenes? ¿por qué siempre hay imágenes de todos los puntos de giro y con el mejor ángulo?), es fácil concluir que es un «fake» en menos tiempo del que se tarda en decir auto-ficción.

Pero no por eso deja de ser un estimulante y cruelmente divertido —aunque quizá un poco alargado— ejercicio reflexivo sobre la fama y la soledad del artista, y sobre esa ansiedad «escopofílica» de esta era digital que nos lleva a producir imágenes de todo, y a querer verlas luego.