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Charlon Heston, de Hollywood al Manzanares a lomos de Babieca

Charlton Heston
ANTONIO WEINRICHTER
Actualizado
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El período final de los años cincuenta e inicial de los sesenta presenció una floración de grandes producciones de cine épico, lo que en su momento se llamaba «cine de romanos» y hoy los ci-néfilos prefieren denominar utilizando el término importado de «colossal». De todos aquellos títulos, «Ben Hur», «Cleopatra» o «Espartaco» están entre los más reconocidos y «El Cid» sigue estando entre los más ignorados, pese a la restauración de que fue objeto su negativo en 1993 gracias a los buenos oficios del cinéfilo Martin Scorsese. La película guarda un especial interés histórico para nosotros, no sólo por su tema español, sino porque fue el mayor éxito comercial del entramado de producción que había montado el legendario Samuel Bronston en los alrededores de Madrid, lo que alimentó las fugaces esperanzas de que el «imperio Bronston» iba a edificar efectivamente una sucursal local de Hollywood.

En 1960, un proyecto como el de narrar la biografía, o la leyenda, de Rodrigo Díaz de Vivar no podía sino contar con el beneplácito del régimen, dada la documentada tendencia de Franco a proyectarse en la figura del Cid como salvador de España. Existía de hecho un proyecto anterior de hacer un Cid a cargo del productor Cesáreo González. Bronston planificó la operación a su manera: se hizo con los derechos de la historia, desechó el guión de Vicente Escrivá y le encargó uno nuevo a Philip Yordan (autor del mítico western «Johnny Guitar»); se aseguró la presencia en el papel estelar de Charlton Heston, que comenzaría aquí a convertirse en el rostro, el perfil y el torso indispensables del «colossal»; buscó la legitimación histórica del proyecto haciendo que tanto Heston como Miklós Rózsa, el músico que se iba a encargar de la banda sonora, se entrevistaran con el eminente historiador Ramón Menéndez Pidal, que dio su visto bueno a la película; y finalmente contrató para dirigirla a un «exiliado» de Hollywood como Anthony Mann, que acababa de verse despedido ignominiosamente del rodaje de «Espartaco» y que aún rodaría con Bronston otro buen «colossal» («La caída del Imperio Romano»). Se pensó en darle el papel de doña Jimena a Sara Montiel, a la sazón esposa de Mann, pero al final se decantaron por Sophia Loren, que había dejado atrás su primera imagen «napolitana» (en realidad era romana) para convertirse en un símbolo sexual a nivel mundial.

Con los elementos principales encajados, Bronston puso en marcha el rodaje que, como siempre en sus producciones, fue un largo y laborioso proceso. Yordan no acababa de cuajar el guión y cuando lo hizo incurrió en «licencias poéticas» muy discutidas en su momento (se decía España donde debía decirse Castilla, por ejemplo), no sólo por historiadores sino por algunos patriotas de oficio que protestaron de la apropiación americana de un tema nacional, hasta que el propio Menéndez Pidal sentenció, como cuenta García Dueñas en su biografía de Bronston, que en todo caso «la película hacía con la Historia lo mismo que había hecho el anónimo cantar del Mio Cid». Pero las virtudes de «El Cid» no había que buscarlas en la fidelidad histórica ni en su dramaturgia, sino en su diseño visual, en las inigualables escenas de las batallas y del asedio de Valencia (rodadas éstas en Peñíscola) y en su condición, realmente colosal, de producción a una escala que sólo podía plantearse Hollywood; aunque fuera un Hollywood en el Manzanares.

Mañana domingo, por sólo 4,99 euros más y el cupón del mismo día, el lector podrá adquirir la película en formato DVD y la biofilmografía completa del actor