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La astuta Pasión de Mel Gibson

El próximo miércoles llega a las pantallas de Estados Unidos «La Pasión», filme que relata las últimas 12 horas de la vida de Cristo. La película, dirigida y producida por Mel Gibson, ha desatado las críticas de buena parte de la comunidad judía, quien la ha tachado de antisemita. El último intento (hasta la fecha) por acercarnos a la vida de Jesús se estrenará en España el 2 de abril

POR ALFONSO ARMADA CORRESPONSAL EN NUEVA YORK/
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Mel Gibson vestido de sacerdote, con las manos en alto y los estigmas de los clavos manando sangre de sus palmas, ante un púlpito con la Biblia abierta y su figura profética enmarcada por un vitral gótico. Así es como dibuja al cineasta la revista «Time Out New York» bajo un titular que reza «La historia más grande jamás vendida». La astucia del protagonista de taquillazos como «Mad Max» y «Arma letal», ultraconservador en política y religión, contrario al Concilio Vaticano II, devoto de la misa en latín que ha implantado en su comunidad californiana de Malibú, parece estar a punto de devolverle con creces los 30 millones de dólares de su fortuna personal invertidos en la producción de «La pasión de Cristo», una descarnada y violenta descripción de las últimas doce horas de la figura clave del cristianismo en la que se da a entender que los judíos fueron los principales instigadores de su crucifixión, un sambenito rectificado por la Iglesia católica desde Juan XXIII y Pablo VI a Juan Pablo II. El 25 de febrero, Miércoles de Ceniza, se estrena en 2.800 cines de Estados Unidos, con decenas de miles de entradas vendidas gracias a la promoción en iglesias y comunidades cristianas, y a la controversia desatada en torno a la estigmatización de los judíos que ha llenado los periódicos y la televisión. En la primera semana, Gibson puede multiplicar una inversión que parecía descabellada a la industria, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de una insólita película subtitulada -unaherejía para el mercado estadounidense-, ya que arameo y latín, dos lenguas muertas, son las que se hablan en la cinta. Otra astuta manera de vestir de autenticidad un filme que, como ha declarado Gibson, no ha querido ahorrar el menor detalle por morboso que fuera, puesto que que se trata de la «enormidad del sacrificio» de Cristo.

La figura lacerante encarnada por el actor James Caviezel parece una recreación de los aterradores nazarenos de Juan de Juni y otros imagineros castellanos que además de traducir de la forma más atroz el sufrimiento del Cristo hacían una apelación al pecado y la condenación eterna, en franco contraste con otras interpretaciones cristianas menos ancladas en la muerte y más afectas a la resurrección y la salvación, como la conmovedora «Crucifixión con dos donantes», del Greco, que el museo del Louvre cedió para la reciente muestra en el Museo Metropolitano de Nueva York.

Para el psiquiatra sevillano Luis Rojas Marcos, vecino de Nueva York desde hace décadas, la película de Gibson convierte en consigna no el amor, sino «el dolor, la tragedia, el sacrificio». Marcos pone en relación esa óptica con la «utilización en este momento de la historia del nombre de Dios» tanto por los terroristas que estrellaron sus aviones contra las Torres Gemelas mientras invocaban el nombre de Alá, como por los dirigentes israelíes que justifican la ocupación y los abusos contra los palestinos para defender su tierra sagrada, los palestinos que se suicidan y matan con el Corán en la mano o el presidente Bush que no se cansa de invocar a Dios en una guerra a muerte contra el mal. «Es la apropiación de Dios no como caridad y amor, sino como arma arrojadiza, para justificar la violencia. Se abusa de Dios para conseguir una meta: conquistar un país, suicidarse o aprovecharse sexualmente de un niño. No son más que enmascaramientos», dice el autor de «Las raíces de la violencia».

¿La tentación de lo morboso?

Al igual que Rojas Marcos, el novelista estadounidense Russell Banks no cree que la película «hable del sacrificio, sino que lo que pretende es cultivar el morbo, la violencia que atrae y repugna al mismo tiempo, que fascina». Autor de minuciosas y desencantadas recreaciones de esta época, como muestra en «El ángel en el tejado», su última obra publicada en España, Banks, que no ha visto la película, considera que «cualquier dramatización cinematográfica de la vida de Jesús, Mahoma, Buda o cualquier otro ser humano cuyo valor para la especie depende de sus enseñanzas espirituales, parte de la simplificación literal del cine como medio. Aparentemente, lo que la película hace es enfatizar el tormento físico de la crucifixión, que tendría el mismo efecto que un filme sobre el Holocausto que hiciera hincapié en la tormento físico de los campos de la muerte. Una crítica del sufrimiento que se sirve al mismo tiempo de una suerte de suave pornografía que se hace pasar por una forma de elevación espiritual. Quizá por eso los evangelistas protestantes han abrazado con entusiasmo la película, no tanto por su significado cristológico o teológico como por su imaginería sadomasoquista».

El «Wall Street Journal» contaba ayer que el obispo de Los Ángeles Kenneth C. Ulmer invitó a sus 6.000 feligreses a contemplar un fragmento de la película, que fue recibido con aplausos. «Es una película muy poderosa, la historia de lo que ocurrió como nunca se había contado antes», declaró Ulmer. «Time Out» relata que en la localidad texana de Plano, Arch Bonema, miembro de la iglesia baptista de Prestonwood, decidió tras asistir a un pase del filme junto a su mujer gastarse 42.000 dólares en 6.000 entradas para invitar a amigos y correligionarios. En Costa Mesa, California, varios grupos religiosos han comprado más de 20.000 localidades. Ha sido a partir de calculados pases a grupos cristianos y a periodistas en general cercanos a la ideología del director lo que ha generado una expectación que las acusaciones de supuesto antisemitismo han atizado. En Nueva York, y en otras zonas, grupos de judíos han organizado sermones para contrarrestar la imagen de culpabilización colectiva del pueblo hebreo que la película parece difundir.

De los sesenta millones de católicos estadounidenses, unos cien mil pertenecen a un sector ultraconservador enfrentado a las enseñanzas del Concilio Vaticano II. Ese sector, al que pertenece Gibson, no sólo rechaza el fin de las misas en latín sino que pone en duda la autoridad de cualquier Papa llegado a la silla de Pedro tras ese concilio que en 1965 rectificó la tradición fraguada en los llamados «Relatos de la Pasión», que atribuía al pueblo judío la muerte de Cristo. Abraham Foxman, director nacional de la Liga Anti-difamación, fue invitado en enero a un pase en Orlando. Al término de la proyección, comentó a «Time Out New York», hubo «aplausos, lágrimas y oración en grupo». Para Foxman, «la película no deja ninguna duda a la hora de culpar a los judíos de la muerte de Cristo».

Gibson acudió a la cadena de televisión ABC para negar que su película fuera antisemita, aunque comentó irónicamente: «Romanos y judíos vivían allí, ¿no? No había noruegos». El rabino León Klenicki, consultor teológico, durante 30 años director del Departamento de Relaciones Interreligiosas de la Liga Anti-difamación, recuerda que Hitler recomendó el uso de los «Relatos de la Pasión» como una extraordinaria arma contra el judaísmo, un arma que sigue siendo utilizada por el antijudaísmo teológico: «Y de ahí al antisemitismo hay un paso que muchas parroquias católicas han dado en EE. UU.». Este teólogo implicado durante parte de su vida en el diálogo entre cristianos y judíos considera que lo que hace Gibson es servirse del «texto como pretexto» a partir de los escritos de una mística alemana plagados de antisemitismo. Klenicki recuerda que desde tiempos del Papa León XIII y sobre todo a partir del Vaticano II, la Iglesia católica ha sido «muy clara» a la hora de cancelar esa culpabilización colectiva del pueblo judío, y resalta que Juan Pablo II ha hecho especial hincapié en que fue el uso y abuso de esos «Relatos de la Pasión» lo que debilitó el intento cristiano de salvar a muchos judíos en la II Guerra Mundial. A Klenicki no le cabe la menor dura de que «Gibson se ha aprovechado de forma miserable de esos textos para fundamentar su película», y aporta las palabras del estudioso Jorge Dulitzky, cuando comenta que «los Evangelios fueron escritos para uso de las primeras comunidades judeo-cristianas alrededor de la década del año 70, en circunstancias históricas particulares que explican su estilo de redacción. Hoy sabemos que los evangelistas no conocieron a Jesús personalmente y redactaron sus textos sobre la base de un escrito anterior, perdido, que los historiadores llaman Evangelio Q, por «Quell», fuente en alemán». De ahí procede el controvertido versículo del evangelio de San Mateo (27:25) «que pone en boca del pueblo judío la terrible frase «que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos», con lo cual Pilatos se sintió justificado para ordenar los azotes y crucifixión de Jesús».

Una historia común

Aunque la productora de la película ha indicado que habían cortado esa frase, Dulitzky prefiere esperar al miércoles para comprobar que así es. Frases como ésa fueron esgrimidas por Hitler y Franco para justificar durante décadas el antisemitismo. Escribe Dulitzky que «fariseos, saduceos, zelotas, esenios y cristianos eran judíos con distintas formas de creencias, y todos apoyaban su fe en las escrituras sagradas que conocemos como Antiguo Testamento. A partir del año 100 los cristianos se separaron del judaísmo y desarrollaron su religión en forma independiente. Aunque parezca desconcertante, los primeros cuatro Papas se reconocían a sí mismo como judíos». Cuando a partir del siglo IV la religión cristiana fue adoptada por Constantino y se incorporó como fe del Estado en el ya decadente imperio romano, la frase de Mateo había sido ya consagrada. «Los judíos eran los culpables de la muerte del Mesías, dejando a salvo a sus verdaderos verdugos, los romanos. Esa tradición», comenta Dulitzky, «dio origen a las persecuciones y al antisemitismo que duraron 2.000 años».

Los furores y simplificaciones de la política y la sociedad del espectáculo contemporáneo han cultivado una confusión en la que, arteramente, Mel Gibson ha echado su caña de pescar religiosa, política y comercial.