El interio de las bodega de La Ardosa, en Madrid
El interio de las bodega de La Ardosa, en Madrid - IGNACIO GIL

Ruta por las barras más castizas de Madrid: vermú de grifo, cañas y las mejores tapas

Cerveza bien tirada, conservas de primera calidad y otros manjares son las señas de identidad de estas tabernas tradicionales

MadridActualizado:

Las lluvias de esta semana y la bajada de temperaturas pronostican el fin del verano y, por ende, las veladas en las terrazas. A última hora de la tarde refresca y el astro ya no permite alternar con comodidad en exteriores. Por ello, las barras vuelven a cobrar protagonismo y, en unos tiempos en los que triunfan los bares que proponen modernos y novedosos conceptos, las tabernas de toda la vida no pierden vigencia.

Con barra de aluminio, caja registradora de otro tiempo, cañas bien tiradas y raciones que tienen la materia prima como protagonista, en Madrid aún quedan establecimientos que resisten firmes y con buena salud gracias a su apuesta por una fórmula más que contrastada con el paso de los años: trato cercano, raciones sabrosas y estética tradicional.

Carteles y fotos con varias décadas a sus espaldas, buenos tiradores de cerveza y el embutido, mejor colgado para que lo vea el cliente. Esta es la carta de presentación en la bodega de La Ardosa (calle de Colón, 13). «Ya estoy acostumbrado a las fotos», ríe Vicente, el encargado de uno de estos establecimientos, puesto que hay varios con ese nombre en Madrid.

Igual fama, pero una aventura más entretenida hasta alcanzar los retretes, tiene el local La Ardosa del céntrico barrio de Chamberí, (Santa Engracia, 70), al que tampoco le faltan buenos clientes. Allí, los parroquianos más fieles destacan sus patatas bravas, las gildas o el tino de los camareros a la hora de servir las cañas en vaso doble.

Conservas

Otra zona consolidada entre los más acostumbrados a alternar es la calle de Ponzano y sus alrededores. Allí, entre locales modernos de nueva apertura quedan algunos reductos donde tomar el aperitivo al estilo más clásico. La Parroquia de Pablo (Bretón de los Herreros, 16) podría ser un buen representante de este grupo gracias a sus canapés de toda la vida, el marisco o sus embutidos ibéricos.

Cerca de allí está el bar Fide (Ponzano, 8), donde también hay una buena barra de aluminio sobre la que apoyar el vaso, las raciones de percebes o el salpicón de gambas, con permiso de las corazones de alcachofa en conserva que sirven en bandeja de plata y con una pizca de sal gorda.

Mención aparte merecen su cerveza y también la multitud de productos del mar en conserva de calidad que proponen. En el primer caso, cuando se trata de refrescar el gaznate, sorprende la finura de su cerveza, lograda a base de muchos años de práctica. Cuando, por el contrario, es hora de abrir una lata, los mejillones son una apuesta segura, igual que las almejas, los berberechos, las navajas y, por supuesto, la ración de zamburiñas con tomate.

Bacalao, coquinas y caracoles

También del mar es el bacalao de Casa Revuelta (calle de Latoneros, 3), un castizo local en el que sus fieles no faltan a la cita con ese manjar del Atlántico. Con palillo, sobre platillo en mesa de madera y rebozado. Así se sirven los pinchos de bacalao que acompañan a un buen vino o cerveza en un escenario en el que el pequeño azulejo es protagonista bajo imponentes vigas de madera.

Al que tampoco le falta tradición, y tampoco remango y nervio al servir, es al bueno de Amadeo, uno de los camareros más longevos de la capital. Su especialidad son los caracoles -en guiso de puchero- con los que deleita a los más aficionados a este manjar que, sin embargo, no todos comprenden. Su «oficina» está en el número 18 de la plaza del Cascorro y se llama Los Caracoles, un lugar imperdible, más aún después de una mañana en el Rastro.

No se dejan ver los ahora llamados «hipsters» por Casa Paco (plaza de Puerta Cerrada, 11), otro establecimiento con poso, tradición y solera. Los que lo frecuentan no lo dudan: «El jamón es impresionante». No se olvidan, tampoco, de los judiones con perdiz -aunque sean más propios de enero, cuando aprieta el frío- o la gallina en pepitoria, «una bomba de relojería» que bien vale dejar la dieta para otro día. La cañita bien tirada se les presupone, por eso llevan desde el año 1933 en liza.

Un camarero de La Castela sirve un par de copas a los clientes
Un camarero de La Castela sirve un par de copas a los clientes- IGNACIO GIL

Más reciente, aunque asentada sobre una antigua taberna de 1929, está La Castela (calle del Doctor Castelo, 22). Inconfundible su barra negra con encimera blanca y muy recomendables sus coquinas, los callos o el milhojas de ventresca. Michelle Obama, mujer del expresidente de Estados Unidos, Barack Obama, tuvo la oportunidad de probar algunas de las especialidades del local en una de sus últimas visitas a España.

Vermú de grifo

Aires madrileños tiene El Cangrejero (calle de Amaniel, 25), donde presumen de una historia que les otorga el honor de ser el primer bar donde hubo crustáceos vivos allá por los años 60 en Madrid. Hoy hay banderillas, cortezas, multitud de conservas y una de las cañas más famosas de la ciudad gracias a su particular serpentín.

Las roscas son la especialidad en El Almendro (número 13 de la calle homónima), una taberna andaluza donde tampoco falta el salmorejo o la pringá. En las Bodegas Casas, por su parte, el protagonista es el vermú de sifón, que se acompaña con una buena banderilla o patatas con boquerones.

Las alternativas son numerosas para aquellos a los que de verdad les gusta disfrutar de cerveza bien tirada en tabernas en las que lo más importante no es ver y ser visto, sino pasar un rato agradable en buena compañía y entre aperitivos de categoría.