El placer es mío
La hora en blanco
Fuera, el temporal crecía. Dentro, el clima era de confianza y sobremesa larga. La cercanía entre ambos comensales resultaba evidente
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Iniciar sesiónLa tarde comenzó con un cielo de plomo y alertas meteorológicas de esas que se escuchan mucho y se atienden poco. La presidenta de la Comunidad, una política socialista que había podido gobernar gracias a la colación con la ultraizquierda, tenía programado un almuerzo de ... trabajo con un guapo presentador de televisión, ahora dedicado a la conducción de eventos empresariales y a la formación de directivos. Nada fuera del guion: política y comunicación, dos mundos que se cortejan con frecuencia. El encuentro se celebró en un discreto restaurante del centro. Eran las tres de la tarde y la lluvia ya empezaba a golpear los ventanales con una cadencia que presagiaba problemas. En la mesa se hablaba de medios, de narrativa pública, y la comida se prolongó mucho más de lo previsto. Mientras tanto, el teléfono de la presidenta vibraba sin descanso. Ella lo consultaba con una calma estudiada, entre un plato y otro, como queriendo que lo urgente no la distrajera de lo importante: el tipo tan interesante que tenía enfrente.
Fuera, el temporal crecía. Dentro, el clima era de confianza y sobremesa larga. Testigos reales o inventados contaron después que la cercanía entre ambos comensales resultaba evidente. Si la presidenta no estaba coqueteando, lo parecía. A las seis y media, cuando la mayoría de los clientes ya había abandonado el local, los dos seguían allí, ajenos a la virulencia de la tormenta que empezaba a cortar carreteras y a inundar bajos comerciales, embebidos en su charla. Poco antes de las siete, se marcharon. La presidenta -el presentador lo reconoció luego- fue caminando con él hasta un aparcamiento cercano. Algunos viandantes aseguraron haberlos reconocido y otros creyeron verlos despedirse con un abrazo. Desde ese momento, el tramo de sombra: una hora entera sin registro público ni agenda oficial. ¿Qué hizo la presidenta entre las 18.45h. en que se despidió del atractivo comunicador y las 19.45 en que llegó al centro de emergencias? Informaciones posteriores apuntarían que había pasado por casa para cambiarse. A las ocho y veinticinco, las cámaras la captaron entrando en la sala de crisis con vaqueros, un suéter claro y el cabello recogido, más preocupada por la cobertura de su móvil que por lo que allí se estaba coordinando.
Lo que siguió fue una tormenta dentro de otra. Fuera, la lluvia se había convertido ya en una masacre hídrica. Varias comarcas estaban completamente anegadas, los equipos de rescate trabajaban sin descanso y los primeros balances hablaban de muertos, desaparecidos y centenares de viviendas arrasadas. No había habido aún tiempo para reponerse de la conmoción cuando los partidos de derecha y extrema derecha olieron la sangre y decidieron lanzarse a la yugular de la lideresa: irresponsabilidad, frivolidad, abandono de funciones... Mientras la región se inundaba, ella prolongaba hasta cuatro horas su almuerzo con el irresistible presentador de televisión. Las redes sociales y las tertulias bramaban. Las preguntas se repetían en bucle: ¿Por qué no acudió antes al centro operativo? ¿Qué hizo en esa hora? ¿Por qué se cambió de ropa? La ofensiva fue implacable. El equipo de opinión sincronizada de la derecha mediática difundió todo tipo de insinuaciones sobre la naturaleza de la relación entre la presidenta y el comunicador, convirtiendo la tragedia humana en vil carnaza para el cotilleo.
Y entonces ocurrió algo que le dio la vuelta al debate como un calcetín, sepultando la magnitud de la catástrofe, la pésima gestión de las administraciones, el déficit de infraestructuras, la irresponsable desaparición de la presidenta hasta última hora de la tarde, e incluso el morbo sobre lo que pasó o dejó de pasar durante esa fatídica hora en blanco. A decir verdad, al principio no fueron muchas voces: sólo las de dos o tres veteranas periodistas que salieron a la palestra pública, convencidas de que la dirigente socialista estaba siendo víctima de una campaña machista. Lo que sucedió después fue una auténtica tromba mediática. Cartas al director, columnas de periódicos, tertulias radiofónicas y televisivas… Toda la opinión pública quedó anegada bajo una marea de protestas feministas con un mismo relato. A la presidenta se la estaba señalando no por faltar al centro de emergencias sino por comer con un atractivo presentador de televisión. ¿Se habría producido ese linchamiento si el protagonista hubiera sido un hombre? ¿Se estaría hablando del color de su jersey y de con quién comió? Y sobre todo: ¿se preguntaría alguien por qué lo acompañó al garaje? «Se la descalifica por ser mujer: no es sólo una cacería política, es una cacería moral y de género», aseguraron, con enorme ovación del público, en un programa de máxima audiencia. Inesperadamente, la presidenta regional salió reforzada de aquella crisis política. Nunca hubiera sospechado que esa hora de incomparecencia iba a convertirla en icono feminista y una de las figuras más emergentes de la política nacional.
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