TRIBUNA ABIERTA
El euro digital, una oportunidad que Europa no debe malgastar
No generará «dinero nuevo», ni pretende sustituir al efectivo sino ofrecer una alternativa pública y segura frente al dominio creciente de plataformas privadas y extranjeras en los pagos digitales
Francisco José Tato Jiménez
Europa se encuentra, sin apenas darnos cuenta, en la antesala de una transformación silenciosa pero crucial, como es la creación del euro digital. No se trata de una moda tecnológica ni una ocurrencia pasajera de Bruselas. Es, si se gestiona bien, una de las herramientas ... más poderosas que la eurozona puede desplegar para preservar su soberanía monetaria, garantizar la inclusión financiera y adaptarse a la imparable digitalización de nuestras vidas.
Ahora bien, como toda innovación que toca algo tan sensible como el dinero, el euro digital despierta tanto esperanzas como temores, y evidentemente, ambos son comprensibles, la condición humana nos hace ser temorosos y desconfiados ante lo desconocido, si bien, en Europa nos hemos sabido adaptar perfectamente a un cambio en nuestra moneda de mayor calado de este que ahora se propone, como fue la implantación del euro allá por 2002, por lo que no debiésemos desconfiar de nuestra capacidad de adaptación.
Muy al contrario de lo que la mayoría pudiera pensar, no hablamos de una criptomoneda especulativa ni de una divisa paralela, nos referimos a la misma moneda única, emitida directamente por el Banco Central Europeo, pero en forma digital. No generará «dinero nuevo», ni pretende sustituir al efectivo, al menos según la hoja de ruta actual, sino ofrecer una alternativa pública y segura frente al dominio creciente de plataformas privadas y extranjeras en los pagos digitales.
La primera pregunta que nos hacemos es saber si este cambio es necesario y la respuesta ha de ser rotundamente sí. Si algo nos han enseñado las últimas décadas es que Europa no puede seguir delegando su infraestructura crítica, como lo es el dinero digital, en gigantes tecnológicos ajenos a su jurisdicción, tales como Visa, Mastercard, Apple Pay, etc. El euro digital permitiría recuperar el control sobre una herramienta esencial para el buen funcionamiento económico, los pagos cotidianos. Porque, no nos engañemos, la economía se juega en los pequeños gestos, pagar un café, enviar dinero a un familiar, recibir una prestación pública.
Pero el euro digital no es solo una cuestión de soberanía, también lo es de equidad, hay millones de europeos que, por razones sociales, geográficas o tecnológicas, siguen sin acceso pleno a servicios bancarios. Para ellos, el BCE promete un monedero digital básico, gratuito, accesible incluso sin conexión y esa promesa, si se cumple, puede ser revolucionaria.
Ahora bien, no basta con la tecnología, hace falta confianza, y es aquí donde aparecen las sombras. La preocupación más repetida es el control. ¿Hasta qué punto podrán los Estados monitorizar nuestros gastos? ¿Qué nivel de privacidad se garantizará? El miedo no es infundado y si algo debemos proteger es el derecho de los ciudadanos a gestionar su dinero sin sentirse vigilados, porque una moneda pública, por muy digital que sea, no puede dar la sensación de que viene con un supervisor en el bolsillo.
Hay además un riesgo estructural, si el euro digital se percibe como más seguro que depositar el dinero en un banco privado, podríamos ver una fuga masiva hacia las cuentas del BCE, lo que tendría un impacto significativo en el sistema financiero tal como lo conocemos, y no podemos lanzarnos a esta aventura sin red. Necesitamos un diseño que garantice estabilidad, limitaciones razonables en su uso y una coexistencia real con el efectivo.
Y no olvidemos a quienes podrían quedar fuera. La brecha digital no se resuelve sola, las personas mayores, las zonas rurales, quienes no manejan tecnología ¿qué mensaje les mandamos si avanzamos hacia un mundo donde pagar con monedas o billetes se convierte en una rareza?
Por todo ello, esta es una oportunidad que no debemos malgastar, no solo se trata de crear un nuevo medio de pago, se trata de definir qué valores queremos que encarne nuestra moneda en la era digital garantizando accesibilidad, soberanía, privacidad y equidad. No se trata de «modernizar por modernizar», sino de construir un futuro en el que todos, no solo los más conectados, tengan un lugar.
Europa tiene la capacidad técnica, institucional y democrática para hacerlo bien, pero debe escuchar, explicar y decidir con transparencia. Si lo consigue, el euro digital será algo más que una innovación monetaria, será un símbolo de progreso al servicio de todos.
Decano del Colegio de Economistas de Sevilla, Presidente del Consejo Andaluz de Economistas y Vicepresidente del Consejo General de Economistas de España
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