Propaganda y arenga

La oferta de Zapatero a la izquierda para que recupere el ánimo se ha quedado en arenga militante, porque, de reformas, nada

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RODRÍGUEZ Zapatero estrenó ayer el nuevo Gobierno «de la comunicación» con la primera rueda de prensa de Alfredo Pérez Rubalcaba como portavoz del Ejecutivo. No hubo sorpresas en cuanto a las formas, porque el vicepresidente primero ya tenía acreditadas sus credenciales como buen comunicador, que se hicieron aún más patentes por el contraste inevitable con su predecesora. Pero tampoco hubo novedades en cuanto a los contenidos de la nueva comunicación del Gobierno, lo que confirma las primeras impresiones de que Zapatero ha configurado un equipo de leales para frenar su caída, remontar las encuestas y neutralizar el designio de una derrota por ahora inevitable. Sin embargo, a esto no se le llama renovación, sino propaganda, pura propaganda, que la hubo y abundante en la declaración de principios que expuso Rubalcaba al inicio de la rueda de prensa. Lo que quedó claro es que Zapatero tenía asumido que el Gobierno que coordinaba De la Vega no funcionaba, lo que es tanto como reconocer su propio fracaso en la dirección política del Ejecutivo. No hay otra interpretación posible a la insistencia con que Rubalcaba anunciaba el amanecer de unos ministros reconvertidos de la noche a la mañana a la estrategia de la comunicación, para vender la superación de la crisis económica.

La oferta de Zapatero a la izquierda para que recupere el ánimo se ha quedado en arenga militante, porque, de reformas para consolidar al nuevo Gobierno, nada. Habría sido de manual que, tras una remodelación tan amplia, el nuevo equipo se presentara con una acción renovada. Puede que la haya más adelante, pero llegará a deshora. El estreno del Gobierno de la comunicación ha sido plano. Quizá, por esperar demasiado, Zapatero se enfrente a esa situación irreversible de un Ejecutivo que ya no tiene nada que decir, por más que se empeñe en que va a expresarse mejor. Desde que estalló la crisis, el Gobierno no ha tenido problemas de comunicación política. Se le entendía perfectamente cuando negaba la existencia de la crisis, cuando acusaba de antipatriotas a los que decían la verdad o cuando anunciaba falazmente una y otra vez el inicio de la recuperación. Por eso, Zapatero ha buscado en Rubalcaba el paliativo agónico para las miserias políticas del Gobierno y el revulsivo de una izquierda deprimida, a la que, a falta de creación de empleo y mejora de la economía, no se le ofrecerá más que el señuelo del fin de ETA y, sobre todo, la confrontación con el PP.