Otra fiesta del 12-O con bronca

Los gritos de «Zapatero, dimisión» ni son nuevos ni plantean nada diferente a lo que las encuestas configuran hoy como un deseo mayoritario

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INDUDABLEMENTE, la de ayer no es la forma idónea de celebrar la Fiesta Nacional. Las legítimas expresiones de rechazo popular a la gestión del Gobierno nunca deben nublar el respeto que merecen las instituciones, la bandera y el merecido homenaje a quienes dieron su vida por España. Sin embargo, la realidad es incontestable. Una vez más Rodríguez Zapatero recibió una sonora pitada durante el desfile militar celebrado en Madrid con motivo de la Fiesta Nacional. Ni el alejamiento del público respecto de las tribunas principales ni la disminución del número de invitados impidieron ayer que cientos de ciudadanos expresaran de forma ruidosa su discrepancia con el presidente. De hecho, este ha sido el año en que más arrecieron los gritos de «Zapatero, dimisión», incluso en momentos en los que, por un elemental sentido del respeto, procedían más el silencio y el recogimiento de un homenaje a las Fuerzas Armadas que los signos de desaprobación.

Sin embargo, sería absurdo ocultar que la confianza en el líder del PSOE está bajo mínimos y que el propio presidente ofrece la imagen de un político sin rumbo, sostenido a base de maniobras partidistas. El PSOE pretendió eludir la crudeza de los hechos con explicaciones para consumo interno sobre los sonoros abucheos de ayer. «Forman parte del guión», dijo Zapatero resignándose a lo que se ha convertido en una costumbre. Pero el desplome de su partido en las encuestas y la crisis interna no se arreglan culpando de sus males a «extremistas» supuestamente organizados a través de redes sociales. La Fiesta Nacional, presidida por Sus Majestades los Reyes, se celebra al más alto nivel con una parada militar y una recepción en el Palacio Real. La brillantez de estos actos no debe quedar empañada por cuestiones partidistas. Fue el propio Zapatero quien, siendo líder de la oposición, politizó el 12 de octubre y comenzó a buscar protagonismo al no levantarse al paso de la bandera de Estados Unidos, y ayer otra bandera —la venezolana— jugó una mala pasada a un Gobierno incapaz de gestionar con eficacia estas celebraciones. No es justo que, año tras año, la Fiesta Nacional sea noticia por los abucheos a un presidente. Pero tampoco lo es que, año tras año, ese presidente no haga absolutamente nada por evitarlos. Los gritos de «Zapatero, dimisión» ni son nuevos para él ni plantean nada diferente a lo que las encuestas configuran hoy como un deseo mayoritario.