Guerra en Afganistán

Al presidente del Gobierno le viene grande la política internacional porque sigue aplicando doctrinas «buenistas» y términos grandilocuentes que nadie admite

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DESPUÉS de cinco años, con un balance de 94 bajas y casi 1.600 soldados desplegados, Rodríguez Zapatero se dignó ayer a comparecer ante el Congreso de los Diputados para explicar el punto de vista del Gobierno sobre la misión de las Fuerzas Armadas en Afganistán. El presidente mantuvo ante la Cámara una postura ambigua, apelando a una genérica lucha contra el terrorismo global y asegurando que España seguirá allí hasta que la operación de la OTAN agote sus objetivos. La opinión pública merece explicaciones rigurosas en una cuestión de Estado que Mariano Rajoy abordó una vez más con realismo y sentido de la responsabilidad. A pesar del apoyo de una oposición capaz de situarse al margen del partidismo, el jefe del Ejecutivo mostró su faceta más oportunista, cuyo único objetivo es salir del paso «como sea». Las disquisiciones lingüísticas del propio Rodríguez Zapatero y del portavoz socialista para no utilizar la palabra «guerra» son fiel reflejo de un planteamiento absurdo que supone una falta de respeto a la inteligencia de los ciudadanos. El presidente utilizó todo tipo de circunloquios, como «escenario bélico» o «escenario caracterizado por la violencia y el conflicto», y José Antonio Alonso rozó el despropósito con la imaginaria distinción entre el uso de los términos «war» en inglés y «guerra» en español. Nuestros soldados sufren agresiones continuas y corren cada día serios peligros en un territorio hostil. Merecen por ello un apoyo político al más alto nivel, sin convertir esa genuina misión de guerra —elogiada recientemente por el general Petraeus— en una supuesta acción humanitaria y solidaria, al gusto de la retórica gubernamental.

A estas alturas, la dialéctica del contraste entre Irak y Afganistán demuestra un sectarismo ideológico y una preocupante falta de madurez en materias muy delicadas. Las democracias occidentales luchan contra un desafío a gran escala, y para afrontarlo con garantías de éxito es preciso tener las ideas claras y llamar a las cosas por su nombre. Al presidente del Gobierno le viene grande la política internacional porque sigue aplicando doctrinas «buenistas» y términos grandilocuentes que nadie admite en la situación actual. España y sus aliados luchan en Afganistán a favor de la libertad y en contra del fundamentalismo que sirve de coartada ideológica al terrorismo universal. El sacrificio heroico de los soldados españoles merece que el Gobierno reconozca esa realidad, y no pretenda ocultar la evidencia a base de falacias sin sentido.