La ética contra el aborto

Si no hay más remedio, existe el deber moral de retirarse del órgano de gobierno de los hospitales antes que contribuir a la aplicación de una norma cuya legalidad depende todavía del TC

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LA opinión pública ha recibido con lógica inquietud y perplejidad la noticia de que la Iglesia forma parte del patronato de dos hospitales catalanes que practican abortos. El Foro de la Familia califica de «incoherente» y «escandaloso» el hecho de que los representantes eclesiásticos no hayan mostrado una firmeza absoluta en defensa del derecho a la vida. Ante el silencio oficial de la jerarquía catalana, muchos millones de fieles necesitan explicaciones por una actitud que choca con la doctrina inequívoca de la Iglesia sobre la condición del «nasciturus» como ser vivo y la exigencia ética y jurídica de que se proteja su derecho a nacer. En casos tan evidentes no sirven los argumentos posibilistas como la teoría del mal menor, y tampoco es aceptable —por supuesto— que desde las instituciones sanitarias se ofrezcan explicaciones en el sentido de que «solo» se practican abortos legales, ya que lo contrario sería tanto como reconocer un delito. El hecho de que la Iglesia no tenga mayoría en los patronatos correspondientes no debe ser obstáculo para exponer en términos absolutos su oposición a tales prácticas. Si no hay más remedio, existe el deber moral de retirarse del órgano de gobierno de los hospitales antes que contribuir —aunque sea de forma indirecta— a la aplicación de una norma cuya legalidad depende todavía de la decisión del Tribunal Constitucional.

Parte de la Iglesia catalana parece anclada en un tiempo de excesiva comprensión hacia el nacionalismo identitario que, aunque sea una contradicción, se confunde a veces con un supuesto «progresismo». Lo mismo que se han producido cambios sustanciales en la jerarquía vasca, el conjunto de la Iglesia española debería reflexionar sobre la necesidad de renovar también en Cataluña algunos planteamientos contrarios al ecumenismo que es propio de una institución de alcance universal. La Conferencia Episcopal Española mantiene sin excepción posturas congruentes con la doctrina católica. No es admisible que una supuesta singularidad regional altere el mensaje universal en defensa de los más desfavorecidos, precisamente aquellos que se ven privados de la propia vida en nombre de una ideología trasnochada y radical. La Iglesia catalana no debe contribuir de ninguna manera a este atentado contra las reglas más elementales de la moral cristiana. Si no lo hace, no debe sorprenderse de la evidente disminución del número de fieles y de vocaciones religiosas, puesto que los mensajes incongruentes impiden identificar a una institución que ha sabido siempre estar por encima de las coyunturas.