Diferentes, pero iguales ante la ley

«El pluralismo permitido por el Estado a las Autonomías, se niega dentro de las Autonomías con aspiraciones de nación y Estado. Estamos en las antípodas no ya de la Constitución española, sino del concepto de nación propugnado por la Revolución Francesa»

josé maría carrascal
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La principal objeción a la sentencia del Tribunal Constitucional sobre el Estatuto catalán es que no reconoce la «singularidad» de Cataluña en el Estado español. Gran ofensa, que permite decir a sus críticos que la sentencia niega el carácter plural de dicho Estado. O sea, que, aparte de injuriosa, es anticonstitucional. Lo que nos faltaba.

Curiosa palabra ésa de «singular». Por singular se entiende algo «único», distinto a los demás, e implícitamente, superior. Estamos ante otra variante del viejo «hecho diferencial» invocado por todos los nacionalismos internos españoles. Donde empieza la falacia. Todos los individuos somos diferentes. Incluso los hermanos gemelos lo son, al ser la «singularidad» uno de los rasgos más característicos del género humano. No somos hormigas, ni abejas, ni ovejas. Somos seres con rasgos particulares, empezando por las huellas y terminando por el carácter. Otro tanto ocurre con nuestras sociedades. Que España está formada por comunidades distintas no lo niega nadie y lo acreditan los chistes regionales. Pero eso ocurre en cualquier país. Un prusiano es muy distinto a un bávaro, lo que no impide a ambos considerarse alemanes. Incluso se dan casos de cruce de personalidades. «Hay españoles-prusianos, como hay alemanes-latinos», declaraba hace poco en España el que fuera durante muchos años presidente de las Cámaras alemanas, Peter Moser. Del mismo modo, hay catalanes muy flamencos y andaluces muy sosos, ahí tienen a Montilla. Quiero decir que la singularidad es un concepto lingüísticamente gaseoso y políticamente torticero. Si todos somos diferentes, nadie en realidad lo es. Y si me invocan la lengua como elemento diferencial de una nación, ¿qué hacemos con la India donde se hablan 300, le negamos el estatuto de nación? ¿Y con Suiza, donde hay tres lenguas oficiales, pero ningún idioma suizo? Con la lengua está ocurriendo la misma maniobra de distracción y embeleco que con el resto de la estrategia nacionalista: que siendo un instrumento de aproximación y entendimiento entre los humanos, la han convertido en elemento diferenciador y arrojadizo.

Pero lo que quita toda validez a las quejas nacionalistas es que esa singularidad que reclaman se la niegan a los demás. Como los demás se resisten a ser menos, se entabla una carrera parecida la de los galgos y la liebre mecánica en los velódromos: todos los españoles quieren ser y tener tanto como los catalanes, pero los catalanes rechazan que el resto tenga y sea como ellos. El resultado de esta carrera de «diferencias» es fácil de prever: la licuación del Estado, después de haber gasificado la Nación común. La cosa va incluso más lejos y esos nacionalistas que acusan el Tribunal Constitucional de negar la pluralidad de España, niegan la pluralidad en su territorio. No voy a referirme a las diferencias entre Gerona y Tarragona o entre Lérida y Barcelona, que hay más de las que se cree, sino al hecho de que ese nuevo y kilométrico Estatuto es un auténtico enrejado por el que se regula toda la vida catalana, desde la energía a la publicidad, pasando por los servicios, las comunicaciones, el cine, los alimentos, los servicios, el nombre de los establecimientos y los anuncios de sus escaparates. Sólo le falta disponer un nuevo sistema de pesas y medidas. Es como Cataluña, hasta hace poco una de las comunidades españolas más abiertas, va convirtiéndose en un reducto regido por lo que sus nacionalistas autoricen. El pluralismo que el Estado permite a las Autonomías, se niega dentro de las Autonomías con aspiraciones de nación y Estado. Lo que tampoco debe extrañar ya que, a estas alturas, el nacionalismo es una fuerza cerrada, retrógrada, incluso opresiva si se le permite. Es decir que estamos en las antípodas no ya de la Constitución española del 78, sino del concepto de nación propugnado por la Revolución Francesa, que según acaba de recordar el profesor Ovejero Lucas, de la Universidad de Barcelona, figura en la tumba de Marat. «Unidad, Indivisibilidad de la República, Libertad, Igualdad, Fraternidad». Lemas que los nacionalistas actuales no respetan ni uno.

De ahí que la diatriba de Durán Lleida, «la sentencia (del TC) ha sido el acto más separador de los últimos 35 años», sea tan demagoga como falsa. ¿Quiénes son los separadores, señor Durán, los que quieren títulos y atribuciones distintos a los de los demás o los que, concediendo a Cataluña una de las mayores autonomías que se gozan hoy en Europa, se limitan a señalar los límites que la Constitución marca a cualquier autonomía? Eso que usted, y otros como usted, propugnan no es nacionalismo constitucional, sino divisionismo diferenciador, como advirtió Ortega durante el debate sobre el Estatuto catalán en las Cortes de la República. Diferenciador y anti igualitario, me atrevo a añadir por mi parte.

Aunque tampoco hay que echar toda la culpa a los nacionalistas. La actitud del PSOE en el contencioso ha sido, en el mejor de los casos, equívoca, en el peor, suicida. En vez de admitir que el problema surgió de la promesa de conceder lo que no estaba en sus atribuciones (El «Os daré lo que me pidáis» de ZP), cuando la bomba les estalló en sus manos, lo único que han hecho es echar la culpa al PP. Ya sabemos que el ataque es la mejor defensa, pero cuando están en juego los fundamentos del Estado, no valen subterfugios, pues podemos volarlo. Echar la culpa al PP de la revuelta catalana contra la sentencia del Tribunal Constitucional por haber elevado recurso contra el Estatutindica una cortedad de miras y unos recursos arteros que asustan. Pues da a entender que preferirían tener un Estatuto catalán anticonstitucional aceptable a aquellos nacionalistas a otro constitucional que les moleste. Las promesas de Zapatero de intentar soslayar esa inconstitucionalidad por decreto no hacen más que confirmar esa felonía. A no ser que se trate de otra de sus promesas, es decir, que no piense cumplirla.

No está, sin embargo, solo. Felipe González y Carme Chacón acaban de publicar un largo artículo en el que aseguran que «el problema sigue estando en la resistencia del PP a reconocer la diversidad de España». No es que el PP sea totalmente inocente en el asunto, y que procure no volar puentes con los nacionalistas demuestra que se plantea un día no lejano gobernar con ellos. Cuando hoy sabemos de sobra que los nacionalistas se niegan a reconocer la pluralidad tanto del resto de España como en su territorio, es decir, son los principales anticonstitucionalistas, contra lo que dicen González y Chacón.

Lo que significa que el verdadero problema puede ser un PSOE que si en los años 30 del pasado siglo no fue capaz de decidirse entre revolución o democracia, hoy no se decide entre España como Nación, como Nación de naciones, como Estado federal, como Estado confederal o como todo ello junto. Y si nuestro partido más antiguo, que además nos gobierna, no es capaz de decidirse sobre asunto tan importante, tenemos un gran problema. No voy a decir tan grande como el de los años 30 del pasado siglo, pero casi.

Volviendo a lo que les decía al principio, no se puede invocar la singularidad negándosela a los demás, como hacen los nacionalistas, ni se puede jugar con la esencia del Estado, como hace el PSOE. Nada de extraño que los españoles huyan, no importa adónde, para olvidar lo que dejan detrás. Lo malo es que se lo encontrarán a la vuelta.