14 DE NOVIEMBRE
Otra Rosalía
Da igual que Rosalía presente un popurrí de villancicos castellano-leoneses, que siempre, siempre, parecerá como un huevo de Favergé
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Ha vuelto Rosalía al teatro del mundo con el ímpetu de la juventud, con despreocupado empaque, con su voz prodigiosa y, como dice Ángel Antonio Herrera, con métricas marcianas. No sabemos todavía cuál es la clave de su fortuna, de su expectación, sino que nos ... llama, ahora envuelta en hábito de monja, y acudimos de todas maneras: nos subimos a su carro, engalanado con faralaes y bolas de discoteca, a su 'Motomami' o a lo que sea. Los melómanos más exigentes dicen que su nueva parida es artesanía fina. ¿Y qué se esperaban?
Da igual que la barcelonesa presente un popurrí de villancicos castellano-leoneses, que siempre, siempre, parecerá como un huevo de Favergé. El éxito ha sido tal que no se habla de otra cosa en todo el Reino y se ha llevado por delante la declaración en el juzgado del fiscal general, los arreglos de fontanería de Ferraz, las voces en el desierto de Feijóo, la resignificación del Valle de los Caídos, las miserias de Mazón, los líos de la selección española de fútbol y hasta los herederos del sultán de Joló. Cartas le escriben los obispos, desatendiendo las minucias de su grey; aquí la catalogan de Virgen del extrarradio, allá alaban la espiritualidad con la que ha salido de su retiro, y el régimen sanchista la pretende porque ha visto en ella una nueva Marisol, un redivivo Arturo Pomar o un posmoderno Joselito con que poner jeta a la España que va como un cohete. Yo, con la voz humilde de un don nadie quiero dedicarle estos versos arrebatados: «Huele a lluvia, pero es ella/ que, pausada, nos recita;/ la esposa de la hermosura;/ la más grande, Rosalía».
En mi poquedad lírica los he tenido que tomar prestados del poeta Manuel Vega, que se los dedicaba a otra Rosalía, esa de la que ahora nadie se acuerda gracias al empeño de los educadores en mantener a la Literatura en un gueto y a nuestros jóvenes en la burbuja del reguetón con variaciones y la ignorancia supina.
José Juan González García. Oviedo (Asturias)
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