ANTIUTOPÍAS
De Luis XIV a Zohran Mamdani
El político debe bajar al mundo de la emoción y la empatía
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Iniciar sesiónCuando apenas tenía catorce años, Luis XIV se ganó el apelativo de Rey Sol después de su mítica actuación en el 'Ballet de la Noche.' En ese pequeño simulacro de la sociedad que eran los bailes del siglo XVII, una representación donde quedaban plasmadas ... las jerarquías sociales y donde cada gesto y cada movimiento transmitía los valores de la época, toda una cosmovisión, al adolescente que ceñía la corona de Francia desde los cuatro años le correspondió interpretar, cómo era de esperarse, el papel principal, el de Apolo, el dios de la luz y la música, de la armonía y la verdad.
Y lo hizo tan bien que su actuación no sólo le valió su esplendoroso sobrenombre, sino que el emblema solar empezó a poblar la arquitectura real francesa. Las fachadas y techos de decenas de edificaciones, desde el Louvre hasta Versalles, se llenaron de dorados, de imágenes de Apolo y de rayos y alusiones solares. La función de la danza, una de sus razones profundas, era demostrar que la razón podía vencer el caos del mundo, y que mediante el autocontrol y la disciplina podía pulirse la torpeza del primate hasta emular la gracia de los dioses, de Apolo mismo.
El noble debía bailar, y debía hacerlo bien pues su rango en la corte se revelaba por su ubicación en la sala, cerca o alejado del rey. Un asunto de tanta importancia demandaba el paso por la academia, el ensayo concienzudo, la lectura de tratados de etiqueta para calibrar cada gesto y meneo para que fueran eso y sólo eso, no desmaño y meneíto. Luis XIV bailó para ejemplificar sobre el escenario este ideal y ser visto como un centro que irradiaba armonía y luz al mundo. Y le funcionó. No en vano así lo seguimos recordando.
Lo curioso, lo que sorprende a pesar de su obviedad y repetición, es que hoy volvemos a lo mismo, al rey que baila. O mejor dicho, al aspirante a rey que hace alarde, no de su refinamiento o autodisciplina, sino de su gracia y espontaneidad. Y, por supuesto, no en los teatros de terciopelo rojo ni en los palacios de parqué y arañas de cristal, sino en TikTok e Instagram. Allí se baila y payasea para empatizar con el primate que llevamos dentro más que con el ser racional al que quiso interpelar Luis XIV. Y también funciona. Ya no hay político que pueda prescindir de estos recursos para autopromocionarse, y autopromocionarse a través de estos medios implica, por lo general, el 'show' ligero y viralizable.
El martes pasado quedó patente con el triunfo en Nueva York de Zohran Mamdani, un exrapero de 34 años que se ha convertido en el rey de TikTok. Su experiencia en el servicio público es limitada y sus promesas, más propias de una república bolivariana que de Wall Street, pero su habilidad comunicativa demostró ser imbatible. Hoy el político no debe elevarse a las alturas solares, como Luis XIV, sino bajar al mundo de la emoción y la empatía. Eso es lo que está influyendo cada vez más la política contemporánea, TikTok, las redes, donde se baila para divertir al hombre común, no para interpelar a los dioses griegos.
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