Por lo que sea
La sinceridad de los tiranos
Como director del Cervantes, a Luis García Montero se le supone el talante de un embajador
Zona de confort
La literalidad de la chistorra
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Iniciar sesiónLas buenas noticias para un periodista suelen ser las malas para un país: a la democracia le viene bien el aburrimiento, no las aventuras informativas. Por eso hay algo triste en la adrenalina que nos invadió en Arequipa cuando Luis García Montero, director del Cervantes, ... volvió a atacar a su homólogo en la RAE, Santiago Muñoz Machado, delante de las cámaras y de un ilustre público formado por académicos, diplomáticos, políticos y técnicos de la lengua, además de plumillas. Hubo risas nerviosas y de incomprensión, hubo estupefacción, fue gamberro, fue violento, fue difícil de creer. Me acordé, allí, de aquel día en el que Wenceslao Fernández Flórez era cronista parlamentario de ABC y volvió sin nada a la Redacción: «Director –lamentó ante Juan Ignacio Luca de Tena–, allí lo que tiene usted que mandar es un redactor de sucesos».
García Montero consiguió que la presentación del décimo Congreso Internacional de la Lengua (CILE), el evento más importante del español, una oportunidad no solo de explorar los retos del idioma, sino también de estrechar lazos entre los países hispanohablantes, se convirtiera en un jaleo a la española.
Con este nuevo desplante se ha vuelto a fracturar la institucionalidad, que poco a poco se está convirtiendo en una palabra en desuso, casi de antiguo régimen: otra cosa por la que sentir nostalgia. Como director del Cervantes, a García Montero se le supone el talante de un embajador, pues de alguna forma es el más alto embajador de la lengua española. En cambio, en Arequipa habló como un poeta rebelde y enfadado, se permitió las licencias que se suponía que había entregado cuando asumió su cargo, hace tantos años ya. Al lado de lo sucedido este lunes, que opine en 'El país' y la Ser como un tertuliano más ya parece poca cosa. Apenas nada.
La degradación es evidente. También en el CILE de Cádiz (2023) hubo tensiones entre el Cervantes y la RAE, o entre el Gobierno y la RAE, pero entonces se resolvieron más o menos lejos de los focos, con los protagonistas marcando terreno a través de la palabra, pero sin agredirse directamente. Una democracia sana se parece a eso: a dos personas que tal vez se odian sonriendo ante las cámaras por el bien de algo más grande que ellos, convencidos no tanto por su sueldo como por su deber institucional. Empiezo a echar de menos esa hipocresía sana que estabiliza los países y las familias y las mesas de trabajo, y nos brinda la comodidad de saber lo que va a suceder en un acto oficial o una cena de Navidad. La sinceridad, la ruptura de las formas y la imprevisibilidad son más propias de los tiranos y los populistas que tanto preocupan a García Montero, como Trump, Milei y compañía.
Después de lo sucedido, una colega de Argentina me dijo: a nosotros estas cosas ya no nos sorprenden, pero ustedes deberían preocuparse...
En fin, tiene razón Jesús Lillo: el mejor embajador de la lengua española es Bad Bunny, que ahora ha puesto a los estadounidenses que votaron a Trump a estudiar español para entender su 'show' en la Superbowl. Y todo esto lo hace sin sueldo público. Y bailando. Y aún no está en la Caja de las Letras.
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