Arrebato postrero de sinceridad

Tan sorpresivo gesto de lucidez es propio de las despedidas, que en política se expresan a veces con discursos insólitamente veraces y honrados

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EL último mensaje de José Luis Rodríguez Zapatero sobre la crisis ha sido el que debió lanzar como primero de todos hace dos años. El presidente del Gobierno dijo en el Congreso el pasado miércoles que quedan por delante «cinco años para corregir los desequilibrios estructurales de esta economía». La historia de la crisis económica de España tiene ahora una nueva versión oficial, que la prolonga a dos legislaturas, la que aún debe finalizar Rodríguez Zapatero y la que comience, como tarde, en 2012. Con esta prospectiva, que es muy razonable y coherente con la situación, Rodríguez Zapatero desarma buena parte del discurso que había sostenido contra la realidad de la crisis en estos dos últimos años. Si en sus palabras hay propósito de enmienda, bienvenidas sean, más aún si acepta la mano que le tendió Mariano Rajoy para abordar esas reformas estructurales con el más amplio consenso. A lo mejor Zapatero está al tanto de los buenos réditos que le suponen a Barack Obama sus acuerdos con la mayoría republicana de la Cámara de Representantes. El tono navideño del cruce de mensajes entre el presidente del Gobierno y el líder de la oposición debería ser solo una apariencia, porque España no tiene el ánimo para gestos impostados de cordialidad. Hacen falta acuerdos políticos duraderos entre los dos partidos capaces de gobernar España. Cualquier otra opción es salirse de esta senda segura y, lamentablemente, esto es lo que ha hecho el Gobierno con su pacto de legislatura con PNV y Coalición Canaria. Para Zapatero siempre ha sido fácil recibir con buenas palabras las ofertas de consenso de Rajoy porque las descartaba de antemano. Por eso suena bien, y nada más, que recogiera el guante lanzado por Rajoy, aunque la experiencia obliga a no esperar una reconversión milagrosa del presidente del Gobierno para el diálogo con el PP.

Las cosas han cambiado mucho en estos últimos meses. Especialmente desde el mes de mayo, cuando el Gobierno de España, no España, fue intervenido por Bruselas para aplicar ese ajuste drástico que días antes Rodríguez Zapatero negó a Rajoy. Desde entonces hasta hoy, Zapatero ha recorrido un camino tortuoso que explicaría que este arrebato de sinceridad que tuvo en el Congreso es una tímida rendición ante la evidencia que tantas veces había negado. Se ha acabado 2010 y muchos temores expuestos hace doce meses se han hecho realidad. Otros no, al menos con la gravedad con que fueron expuestos. Pero lo cierto es que no hay recuperación de la actividad económica ni del empleo, y la reducción del déficit, único dato positivo, tiene una causa estrictamente tributaria y de recortes de gasto. Ni crecemos, ni frenamos el paro ni ganamos competitividad.

Si el análisis de la situación económica es pesimista, las aportaciones de Zapatero a la situación política rematan el fin de año. Y si hace unos días jugaba al despiste sobre su futuro, sembrando la confusión y el desasosiego entre sus filas, sus palabras en el Congreso de los Diputados sobre el lustro de reformas —es decir, crisis y sacrificio— sonaban a legado, a anticipo de herencia para quien lo suceda en la presidencia del Gobierno. Tan sorpresivo gesto de lucidez en quien se ha caracterizado por gobernar con el método de la distorsión es propio de las despedidas, que en política se expresan a veces con discursos insólitamente veraces y honrados. Al que venga detrás de mí, ha pensado Zapatero, le espera un lustro de dificultades. Y es muy cierto.

Zapatero se está yendo poco a poco de la realidad de este país, aunque cierre el año con una de las pocas verdades —quizá la única— que ha dicho sobre la crisis económica. El ambiente de orfandad que empieza a rodear al Gobierno es cada día más visible, y se mide mejor en la inquietud creciente de los barones territoriales. Zapatero no tiene que pasar por las urnas, pero ellos sí, y la lección catalana está bien aprendida, salvo por los propios socialistas catalanes, que, al apoyar a Artur Mas a cambio de una política lingüística ultranacionalista, han demostrado no saber por qué sufrieron la mayor derrota de su historia en los comicios autonómicos. Zapatero tiene motivos para plantearse los próximos meses como el epílogo de su paso por el Gobierno, pero tiene responsabilidades que no le permiten instalarse entre la melancolía y la despedida.