la dorada tribu
Springsteen, el albañil de la maravilla
Ha cantado al país que lo inventó y al que lo decepcionó, con la misma fiereza, con la misma ternura. Es el último héroe del rock que aún parece querer ganarse el primer pan del oficio, a la mañana siguiente
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Iniciar sesiónSpringsteen lleva toda la vida corriendo hacia ninguna parte, y llegando siempre a todas partes, y a tiempo. No se jubila, el tío, porque él es el trabajo. La fábrica de su leyenda sigue encendida a medianoche, cualquier día, y suena a gasolina, ... a acero y a redención. Es el último héroe del rock que aún parece querer ganarse el primer pan del oficio, a la mañana siguiente. Es una noticia en sí mismo, y hacerle la glosa es como ponerse a escribir de Shakespeare, o de Picasso, pero de un Shakespeare o Picasso que usaran la guitarra eléctrica.
Tiene esa mirada de jornalero que sabe lo que vale un litro de esperanza y lo que cuesta levantar una canción. Suda en el escenario, como un albañil de la maravilla. Sprinsteen, con casi 80 años ya, y una lámina de chico de esquina, sigue colocando conciertos de tres horas y media, como si el rock fuera un pacto físico, una deuda encanallada que nunca se acaba de pagar. Hay en él resistencia, pero hay fe. De modo que es y no es un rockero, porque más bien resulta un devoto que aún confía en la salvación por medio de una canción de apoteosis.
Su cancionero reúne un evangelio laico. Ahí se habla de fábricas cerradas, de autopistas demenciadas, de chicos que se marchan y de chicas que esperan junto a un coche viejo. En 'Born to run' ya estaba todo: el escape, la urgencia, el amor con gasolina. Pero también estaba la condena del vivir, porque no hay huida que no sea circular. Springsteen compuso y compone para los que sueñan con salir, sabiendo que siempre vuelven. Su rocanrol es un espejo donde la clase trabajadora se ve noble y trágica, sucia y luminosa.
Sabe que la juventud no vuelve, pero la entrega sí. Cada noche, si hay concierto, que suele haberlo. No se ha jubilado, el viejo. Nunca se irá
Lo suyo no fue nunca la rebeldía de la pose, sino la fidelidad a la gente corriente. En los setenta, mientras Bowie jugaba con los astros y Dylan dibujaba enigmas, Springsteen iba escribiendo la vida torrencial. Y ahí sigue, brillantemente monocorde. En tiempos de artificio, apostó por la emoción primaria. Se desnudó sin pudor, y logró el retrato eterno: una camiseta blanca, una Telecaster gastada, una voz que muerde el alma. Donde Jagger representa el exceso y Clapton el ensimismamiento, Springsteen entrena la decencia del esfuerzo. No presume de ser un dios del rock. Se mueve como si aún tuviera que ganarse el título todas las noches. Mientras los solos de guitarra languidecían y el pop cuajaba en algoritmo, él siguió escribiendo himnos para carreteras reales, con peajes y camiones, con lluvia y polvo. Sus influencias no están en los alfabetos sagrados del rock, sino en la radio vieja, en Woody Guthrie, en los discos de Chuck Berry, en los obreros del turno de noche que silban Badlands sin saberlo.
Luego está la longevidad. La longevidad de Springsteen. Asistimos a un enigma físico, y también moral. Algo hay en él de atleta emocional, de derrochador del alma. Sube al escenario una energía que mira a la primera fila, como si ahí estuviera la chica a embelesar. Ha cantado al país que lo inventó y al que lo decepcionó, con la misma fiereza, con la misma ternura. Hoy, en pleno jaleíto del 'playback' y la pantalla, ver a Springsteen haciendo de Springsteen es el monumento brutal de la memoria del rocanrol caníbal, fraterno y humano. Sabe que la juventud no vuelve, pero la entrega sí. Cada noche, si hay concierto, que suele haberlo. No se ha jubilado, el viejo. Nunca se irá. Sigue con el espíritu en camiseta y la fe enchufada a una tormenta.
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