El adiós de Uribe

Santos ha reconocido que el grueso de su programa será seguir las líneas de su predecesor, como le encargaron los electores

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POCAS veces se retira un presidente con un índice de popularidad cercano a la unanimidad. El colombiano Álvaro Uribe deja su cargo después de dos mandatos en los que ha derrotado prácticamente a la narcoguerrilla de las FARC —que desde hace medio siglo hipotecaba como una pesada rémora el desarrollo de su país— y ha evitado verse envuelto por las maniobras de la vocación hegemónica de su vecino Hugo Chávez. El último gesto de denunciar formalmente y en su nombre al caudillo venezolano ante distintas instancias internacionales se puede interpretar como una especie de desahogo después de tantos años de contención, obligada por el pragmatismo, porque Chávez ha hecho todo lo posible por ayudar a la guerrilla colombiana y Uribe ha tenido que pasar por alto muchas cosas para evitar males mayores. Sus enemigos hablarán de las zonas de sombra de su herencia, como los lamentables casos de los sindicalistas, pero es indudable que la situación de la Colombia que Uribe deja a su sucesor Juan Manuel Santos es mucho mejor que la que recibió.

Precisamente por ello, el propio Santos ha reconocido que el grueso de su programa será seguir las líneas maestras de su predecesor, como le encargaron claramente unos electores que le dieron la victoria como apoyo a una nueva fase en la que los ciudadanos puedan beneficiarse más directamente del progreso del país. La Unión Europea tiene pendiente la firma del acuerdo de asociación con Colombia, que algunos sectores prochavistas han logrado paralizar. Es el momento de darle a Santos una oportunidad y lanzar el mensaje de que, de la misma forma que ha hecho Estados Unidos, Europa valora el papel fundamental que juega Colombia en América.