El último debate

La disparidad de posiciones políticas con las que el Gobierno y el PP se presentan ante este debate sobre la Nación remarca el agotamiento de la legislatura socialista

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EL debate sobre el estado de la Nación que comienza hoy en el Congreso de los Diputados no va a enfrentar, como en ocasiones anteriores, la visión del Gobierno sobre la situación de España con la de la oposición. Va a ser una confrontación entre un proyecto político desahuciado por los ciudadanos en las elecciones del 22-M y otro que se convertirá en el programa del próximo Gobierno. El estado de la Nación ya está debatido y diagnosticado. Faltan soluciones y, sobre todo, falta un Gobierno con fuerza y legitimación renovadas para ejecutar las medidas económicas y políticas que el actual Ejecutivo no es capaz de tomar. Así se ha demostrado en la reforma de la negociación colectiva, marcada por ataques del ministro de Trabajo a la banca —la misma a la que Rodríguez Zapatero recibe obsequiosamente en La Moncloa— para apaciguar a los sindicatos, y de humillaciones ante el PNV para lograr sus votos.

La disparidad de posiciones políticas con las que el Gobierno y el Partido Popular se presentan ante este debate sobre la Nación, el último de Rodríguez Zapatero —y probablemente del PSOE como partido en el Gobierno— remarca el agotamiento de la legislatura socialista. Los populares han adquirido el mayor poder autonómico y municipal nunca antes conseguido por un partido político en España. Deciden sobre la dirección política de la mayoría de la población y controlan más gasto público que el Gobierno central. Tras las elecciones del 22-M, su respaldo electoral, según las encuestas, aumenta y pone al PSOE al borde de la debacle. El Gobierno, por su parte, se sostiene de hecho por el oportunismo del Partido Nacionalista Vasco, que rentabiliza al máximo hasta sus abstenciones, como bien se jactó su portavoz parlamentario, Josu Erkoreka. Entretanto, Zapatero se mueve en la banalidad de discursos vacíos para que el candidato del PSOE a las elecciones de 2012, y ministro del Interior, vicepresidente primero y portavoz del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, gane tiempo.

Aun así, las reformas pendientes, la confianza de los mercados, el caso griego y otros tópicos similares formarán parte del discurso de Zapatero para su único propósito, que es el de justificar la no convocatoria de elecciones anticipadas. Para eso atacará al PP acusándolo de insolidario, ignorando que las reformas ya aprobadas no han tenido la eficacia necesaria, que la desconfianza de los mercados hacia España se basa en la desconfianza a su Gobierno y que, aunque España no sea Grecia, tal obviedad no nos libra de la mayor tasa de paro de Europa.