Un respiro para la crisis griega

Era un paso necesario, pero por sí solo no resuelve el problema esencial, que es la situación de profunda insolvencia en la que se encuentra el país

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SERÍA aconsejable no dejarse llevar por la euforia desatada en las Bolsas después de que el Parlamento griego aprobase ayer el plan de austeridad que le reclamaban la Unión Europea y el Fondo Monetario Internacional, porque, aun siendo una buena noticia, se trata solamente de un remedio temporal para que el país pueda hacer frente a los pagos de deuda más inmediatos, ya que no resuelve el problema esencial, que es la situación de insolvencia en la que se encuentra Grecia. Era un paso necesario, pero no la panacea. Y la prueba más evidente de que las dificultades no han hecho más que empezar la tenían los diputados a las mismas puertas del legislativo, con unas protestas —que han adquirido un inaceptable sesgo violento— que son la prueba evidente del malestar creciente entre la sociedad. Es posible que el Gobierno de Atenas haya llegado al límite de lo que puede ser una política de austeridad aceptable —físicamente, si se quiere— para un país como Grecia, pero todavía estamos muy lejos de vislumbrar cualquier efecto benéfico de tanto sacrificio.

Lo más importante es la forma con la que este plan de recortes y privatizaciones va a ser aplicado, que es lo que marcará el destino del país. Los griegos pueden aprovechar este periodo de grandes dificultades para reconstruir una economía nueva que les permita anclarse en el mundo del futuro, o desperdiciar la oportunidad, empeñándose en reconstruir el modelo que desde hace mucho tiempo les ha llevado a este callejón sin salida. El primer ministro socialista, Yorgos Papandreu, ha perdido más de un año retrasando las decisiones que sabía que le serían impuestas, lo que no ha hecho sino complicar su aplicación, y ha desdeñado los consejos de la oposición conservadora, que ahora le ha negado su voto. Conviene recordar que en las últimas tres décadas Grecia ha estado gestionada por el Partido Socialista —la mayor parte de este tiempo por los Papandreu, padre e hijo—, y menos de ocho años por los conservadores de Nueva Democracia. Unos y otros han contribuido a arruinar a Grecia a base de cargar todas las facturas del clientelismo y la corrupción en la cuenta del Estado. No servirá de mucho que los dos partidos se pongan de acuerdo si antes no han logrado convencer a la sociedad de que el futuro amargo que les espera es el único camino para reconstruir una nueva Grecia.