La política exterior de Witiza

«En el seno de la Unión Europea, las vacilaciones de la gestión gubernamental ante la tantas veces negada crisis y las consiguientes urgencias para alejar el fantasma del rescate han situado al país en la tumbona del psicoanalista financiero»

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FUE el 12 de octubre de 2003 cuando Zapatero, aun antes de llegar a la presidencia del Gobierno tras los atentados del 11 de marzo de 2004, anunció y resumió la sustancia de lo que habría de ser la política exterior española bajo el mandato de los socialistas. Ese día, en el paseo de la Castellana, durante el desfile conmemorativo de la Fiesta Nacional española, optó por permanecer sentado en la tribuna de invitados, el resto de los cuales se había levantado respetuosamente, al paso de la bandera norteamericana que, junto con otras de países amigos y aliados, representaba la colaboración internacional española en acciones militares exteriores. El gesto fue considerado como maleducado por la mayor parte de los observadores y hostil por la opinión pública americana. El gesto, además, encerraba una simbología adicional: la voluntad de conducir una política exterior de signo radical izquierdista, opuesta a la que entonces encarnaba el Gobierno de José María Aznar y situada en los antípodas del consenso que desde mediados de los ochenta, cuando el PSOE hubo abandonado sus veleidades tercermundistas, había permitido una previsible continuidad en la proyección exterior del país. Continuidad que se había visto reconocida con la presencia de un español, Javier Solana, al frente de la Secretaría General de la OTAN y luego en la dirección de la política exterior y de seguridad europea. Zapatero no quería ser ni Suárez, ni Calvo-Sotelo, ni González ni, sobre todo, Aznar.

El cálculo, que combinaba la ignorancia de la inexperiencia con la arrogancia del doctrinario, y que encontró ya en el poder la colaboración entusiasta de Miguel Ángel Moratinos, al que se le presumía más habilidad de la que en la práctica demostró y menos ideología de la que realmente albergaba, desembocó en un esquema simplista que pretendía sustituir la proximidad americana con la europea, conceder una prioridad absorbente a las relaciones con Marruecos, inclinar la balanza de nuestras relaciones con los países iberoamericanos hacia la banda de los radicales, con un obsesivo acento en las mantenidas con Cuba, y sobre todo presumir de una arraigada fe multilateralista, que se pretendía mostrar como acusación nada muda en contra de las supuestas veleidades unilateralistas de su predecesor. En esa misma onda, y practicando en el altar de lo políticamente correcto, Zapatero intentó también su apuesta en el mundo global con el impulso de la Alianza de Civilizaciones, conglomerado dicen que para el encuentro entre occidentales de diverso signo e islamistas moderados, con el fin, hasta ahora no entrevisto, de superar las tensiones radicalizadoras del entorno musulmán.

El cálculo se ha demostrado erróneo en todos sus aspectos. La voluntad de distanciamiento de los Estados Unidos, al principio del mandato de Zapatero, profundizada y agravada con la abrupta manera en que el Gobierno socialista anunció la retirada de las tropas españolas destacadas en Irak al amparo de las resoluciones del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, creó desconfianza al otro lado del Atlántico y fue percibida como signo de poca fiabilidad por parte de los europeos, que se negaron a seguir las premisas radicales predicadas por el recién llegado a La Moncloa. Ayunos de la proximidad americana, las relaciones españolas con los principales socios europeos, con independencia de su signo, solo conocieron una leve mejora atmosférica, que de poco habría de servir en la solución de algunos de los temas pendientes con ellos: la cuestión de Gibraltar está hoy, en el tardozapaterismo, más lejos de su solución de lo que nunca ha estado en los últimos treinta años; la indudable colaboración francesa en contra de ETA, que data de tiempos anteriores a los del dimisionario presidente del Gobierno, no se ha visto acompañada de la comprensión en otros terrenos, como, por ejemplo, el del transporte transpirenaico; y en el seno de la UE, donde la España socialista ha creado no poca confusión al rebajar la importancia del castellano entre las lenguas comunitarias, las vacilaciones de la gestión gubernamental ante la tantas veces negada crisis y las consiguientes urgencias para alejar el fantasma del rescate han situado al país en la tumbona del psicoanalista financiero, con las hechuras de la canciller Merkel. Las fotos de las últimas conversaciones entre los dos mandatarios así dolorosamente lo atestiguan.

Debió de pensar el presidente español, sometido a una práctica congelación de relaciones con los Estados Unidos hasta 2008, que la penitencia no traspasaría esa última fecha, en la que George W. Bush cumplía el final de su segundo mandato, y concibió grandes esperanzas con la llegada a la Casa Blanca de alguien como Obama, con el que se aseguraba existía una gran fraternidad ideológica, tanta como para que en el ámbito del PSOE, con más idolatría que reflexión, se creyera que la reunión entre los dos líderes habría de tener alcances «cósmicos». Era previsible que así no fuera. En realidad, se ha recuperado una modesta normalidad en las relaciones que se traduce en gestos diversos y no siempre en la buena dirección. Obama canceló la reunión de la cumbre USA-Europa que debía haber tenido lugar en Madrid en 2010 (cuando España fue el primer país que Bush visitó en su primer viaje a Europa), aunque sea cierto que los dos mandatarios rezan juntos y en público —no es seguro que lo hagan en privado— en el multitudinario Desayuno Anual de Oración. Pero el Gobierno socialista sigue inconscientemente preso de su apresuramiento al retirar las tropas de Irak y pone especial énfasis en hacer rigurosamente los deberes en las guerras de Afganistán y ahora en la de Libia, para que en Washington no se quejen.

Ha sido tanta la solicitud con Marruecos, que el Rey alauita ha creído interpretar las relaciones en una única dirección, la suya, sometiendo a la diplomacia del socialismo español a vejámenes varios, entre los que famosamente destacan la crisis creada con la expulsión a Las Palmas de una activista saharaui o el nombramiento y retrasado envío de un ex polisario como embajador del Reino en España. Y por razones que solo pueden tener que ver con las simpatías a ultranza por el castrismo revolucionario, Zapatero y Moratinos han puesto lo mejor de sus energías en levantar las justificadas sospechas que sobre la Cuba de los hermanos mantiene desde hace años la UE, esperando con ello, decían, facilitar la transición hacia le democracia y la implantación de los derechos humanos. No parece que la empresa de los Fidel y Raúl haya mostrado señas de aceptar las premisas o las consecuencias del envite. Y ahí siguen, comerciando con la carne de los presos según conviene a los intereses del régimen.

Algunos exaltados analistas afirman que desde los tiempos de Witiza no se había contemplado tanta incuria en la defensa exterior de los intereses patrios. Decía Maese Pedro al trujimán que «toda exageración es mala». Dejemos la comparanza en don Rodrigo. Siempre será una manera de señalar.

JAVIER RUPÉREZ ES EMBAJADOR DE ESPAÑA