Ocurrencias energéticas

La escasa credibilidad de Rodríguez Zapatero hace que cualquier nueva propuesta sea vista con desconfianza e incluso estupor

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EL Consejo de Ministros adoptó ayer unas medidas de ahorro energético que la opinión pública ha recibido con tanta perplejidad como rechazo. Se trata de reducir provisionalmente a 110 kilómetros por hora el límite máximo de velocidad en autopistas y autovías, con la intención —según «improvisó» en rueda de prensa el portavoz Pérez Rubalcaba— de reducir el consumo de gasolina en un 15 por ciento. La dependencia energética de nuestro país es un fenómeno que viene de lejos, producto de causas muy complejas que no se remedian —ni siquiera se alivian— con medidas para salir del paso. No es una novedad que España es muy vulnerable a los vaivenes del mercado petrolífero. Pero de momento el Gobierno acude a la fórmula de siempre: ocurrencias más o menos llamativas, de corto alcance y sin una evaluación rigurosa de sus ventajas e inconvenientes, así como de su coste económico real y de su repercusión social. En este caso, la reducción de los límites de velocidad ofrece una dudosa efectividad como sistema de ahorro. Es evidente que habrá que adaptar las señales de tráfico, cambiar la codificación de los radares y reestructurar el sistema de sanciones administrativas, generando probablemente serios problemas de inseguridad jurídica en muchos casos.

Al final, el tiempo dirá si la medida realmente supone un ahorro o es un disparate, pero como primera providencia vuelve a ser inevitable que los ciudadanos perciban un afán recaudatorio y sancionador que reduce la legitimidad social de estas medidas. Incluso cuando son indudablemente positivas, como la reducción en las tarifas de los ferrocarriles de cercanías, cabe preguntarse con razón por qué esas medidas no se adoptaron hace tiempo. Es imprescindible un plan nacional sobre energía que aborde con criterios rigurosos, y no con naderías de prestidigitación improvisada y coyuntural, las necesidades de Espeña. Lo peor de todo es que, una vez más, el Ejecutivo —y en particular Miguel Sebastián—parece superado por las circunstancias y da la sensación de que sólo espera soluciones milagrosas. Además, la escasa credibilidad de Rodríguez Zapatero hace que cualquier nueva propuesta sea vista con desconfianza —incluso estupor, como en este caso— por una sociedad que no se acostumbra a los bandazos de un equipo económico que cambia drásticamente de opinión de un día para otro, sin medir el alcance real de sus actos.