Inger Berggren Garnacho: «En España vi lo que jamás en Suecia: líder sindical con chófer»
Inger Berggren Garnacho - MIGUEL BERROCAL

Inger Berggren Garnacho: «En España vi lo que jamás en Suecia: líder sindical con chófer»

«Hemos ayudado a abrir con microcréditos más de cuatro mil negocios en España. Necesitamos más proyectos innovadores y viables». «Mi marido fue secretario general de la Construcción de UGT. No sé si hoy hubiera sobrevivido a tantas decepciones»

VIRGINIA RÓDENAS
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El amor la trae a España en 1984.

-Amor a primera vista por un sindicalista español que vino a nuestro congreso.

-Y lo dejó todo para seguir a Manuel Garnacho.

-En realidad, pedí excedencia de tres años en mi trabajo en los sindicatos suecos y hubiera podido volver de no haberme ido bien en España.

-¿Fue grande el contraste entre Suecia y España?

-Todo me parecía raro, desde la gente hasta las comidas, horarios, manera de trabajar. Me di un año para aprender español y encontrar trabajo, y lo logré.

-Estudió traducción. ¿Dónde se hizo políglota?

-Empecé a estudiar inglés con diez años, después alemán, francés, latín... Y todo eso en mi pequeña ciudad de Filipstad, de 7.000 habitantes, y en colegios públicos. Parece increíble. También quise aprender ruso, pero me dijeron que no tenían profesor (se ríe).

-Luego se especializó en microcréditos con el Banco Mundial de la Mujer, que crea en 1988 en España.

-Pertenecemos a la red global Women's World Banking y tenía un programa de préstamos a mujeres sin aval que nosotros llamábamos convenio tripartito y que avalaba hasta el 50% del microcrédito, nosotros el 25% y el resto lo asumía Cajamadrid.

-¿Cuál fue el primero?

-En 1990, a unas chicas de Valencia para su empresa de transportes. Tenían tres años para devolverlo y lo hicieron en tres meses. El segundo fue a dos mujeres de Barcelona que acababan de salir de la cárcel y querían montar un puesto de flores en Las Ramblas.

-¿Cómo convenció a la primera entidad bancaria?

-Con resistencia. Año y medio insistiendo a Cajamadrid hasta oírles «no podemos más», y firmaron.

-Microcrédito suena a cosa del Tercer Mundo.

-Lo llamamos microcréditos, pero son diferentes a los de la India o África, donde los créditos son de 50 o 100 dólares que se dan los lunes para comprar en el mercado y se devuelven los viernes. Aquí hablamos, sin aval, de hasta 25.000 euros y cinco años para devolver a un interés del 6%, frente al 40% de la India.

-¿Y por qué a usted sí le dan dinero las cajas?

-Es que no es verdad que no lo hagan, lo que hace falta son proyectos viables, innovadores y con futuro.

-Entonces, ¿el problema es que no hay ideas?

-Hay una reducción en la demanda y ha cambiado el perfil de la mujer que lo pide. Hasta hace tres años, un 60-70% era inmigrante y ahora no es ni el 30%. Son mujeres desempleadas que han agotado el subsidio, que no encuentran trabajo y se ven forzadas a montar su propia empresa. Hay muchas de estética y empezamos con proyectos sobre nuevas tecnologías, como estudiar baile flamenco por internet, ¡y va bien!

-¿Y se piden microcréditos para pagar deudas?

-Antes sí, y no es de extrañar, tal como está la situación, pero ahora, en vez de dar los 25.000 de golpe, se van entregando contra las facturas del proyecto.

-¿Ha crecido la morosidad?

-Creció hasta hace tres años y ahora baja. Hoy el filtro es más duro para evitar el sobreendeudamiento.

-¿Una gran idea?

-«Vitalia», de Catalina Hoffman. Vino en febrero de 2005. Quería montar centros de día para mayores, ya que había estudiado en Alemania un tratamiento para alzhéimer y párkinson con buenos resultados. Le dije que no lo veía, al haber tantos centros públicos. Insistió y hoy ya tiene 36 por toda España.

-Su marido, que ni quiso relumbrón ni estar en listas, dijo en 2000, antes de morir: «Solo he intentado ser un buen socialista». Si levantara la cabeza...

-Ufff, ufff... No sé, sería muy triste. Fue secretario general de la Construcción de UGT y tenía un salario muy bajo porque todo lo daba a formación. Ahora no sé si hubiera sobrevivido a tantas decepciones.

-Y usted, socialista hasta la médula, ¿qué siente?

-También decepción de ver que cuántos piensan más en su propio bien, en ganar mucho dinero. Es triste. Recuerdo que cuando llegué a España la UGT era bastante pobre. En Suecia los sindicatos sí tienen dinero, ¡pero jamás vi a un secretario general con chófer y coche oficial! Aquí, sí. ¡Son tantas cosas!

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