De la indignación a la sinrazón

Pasada la novedad de la «indignación», el movimiento de protesta se está agotando por su falta de contenido

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EL desalojo policial de los «indignados» en la Plaza de Cataluña demuestra que este movimiento ya ha pasado el límite de la tolerancia con la ocupación permanente de los espacios públicos. La situación en la Puerta del Sol es igualmente insostenible. No puede mantenerse bajo bloqueo un lugar emblemático de la capital de España, zona de paso de miles de peatones, nudo de medios de transporte y área principal de atracción turística. La queja de los comerciantes madrileños está más que justificada. Sus ventas han caído un 70 por ciento, lo que en tiempo de crisis de consumo es, sencillamente, ruinoso. Hasta aquí, suficiente. La simpatía que generó inicialmente el «Movimiento del 15-M» tenía mucho que ver con el desencanto de una buena parte de la juventud, la mitad de la cual está en paro, y con los efectos de la crisis en decenas de miles de familias, jubilados y trabajadores. El desprestigio de la clase política se hizo más patente aún en plena campaña electoral, y la opinión pública, sin reparar en los discursos de izquierda añeja que decoraban la acampada, asumió que había motivos para protestar. Pero el desarrollo de los acontecimientos ha llevado la protesta a una escenificación en la que se mezcla el populismo chavista, tan propio de las «asambleas de barrio» que se van a impulsar, con la pura agitación antisistema.

Pasada la novedad de la «indignación», el movimiento de protesta se está agotando por su falta de contenido. La utopía fue descubierta hace mucho tiempo, y la realidad enseña que los cambios políticos, al final, tienen que articularse por los cauces del sistema democrático y del juego de las mayorías que surgen de los procesos electorales. Fuera de estas reglas, no hay utopía, sino antidemocracia. Lo que no debería suceder es que el fin de las expresiones callejeras de indignación suponga el fin de un debate necesario sobre los fallos del sistema de partidos, de los valores de la sociedad moderna, del futuro de la juventud. Porque sí hay razones para reclamar de la clase política no solo su propia regeneración, tan difícil por la endogamia partitocrática, sino también una mucho mayor receptividad de lo que reclama la opinión pública. El movimiento de los «indignados» ha degenerado en una expresión radical de postulados de izquierda, pero en su gestación había una amalgama de sentimientos sociales de frustración y decepción que sería injusto y temerario despreciar.