Evocación de Guillermo Luca de Tena: lealtad, verdad, libertad

«Fue un hombre inteligente y generoso que en los momentos más difíciles y comprometidos de la vida del periódico fue capaz de darlo todo por salvarlo»

POR MARCELINO OREJA AGUIRRE
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HA transcurrido un año desde que nos dejó, pero su recuerdo sigue vivo entre nosotros. Fue un gran señor, un gran profesional, un liberal en el sentido más amplio del término, que concebía el debate abierto y libre sobre los asuntos públicos como la única forma digna de convivencia democrática.

Para él el liberalismo era una permanente actitud de tolerancia y una respetuosa manera de ser y de estar en la realidad española de todos los días. Por eso se opuso cuando fue necesario a todas las formas de autoritarismo y de arbitrariedad del poder. Practicó un liberalismo abierto, generoso, basado en el diálogo frente a cualquier dogmatismo e intransigencia. Era, eso sí, un español de cuerpo entero a quien dolían los males que aquejaban a su país, y era un monárquico de corazón y de razón que recibió de S. M. el Rey con orgullo y reconocimiento el título de Marqués del Valle de Tena, después de haber sido miembro del Consejo privado y de la Secretaría política del Conde de Barcelona, Senador Real de las Cortes Constituyentes y fiel defensor de la Corona donde quiera que la ocasión se presentase. El real decreto de creación del título rezaba que la concesión era por «esa singular dedicación al mundo de la comunicación que ha llevado a cabo a lo largo de toda su vida profesional». Le llegaba con Grandeza de España el día de San Juan del año del centenario de ABC. Al felicitarle por la concesión comentó: «Es emocionante porque es una ratificación de mi españolismo. Soy una mezcla de Sevilla y Guipúzcoa pasando por Madrid; pero nuestras raíces primeras están en ese valle bellísimo del Pirineo aragonés de donde proviene nuestro apellido. Por eso agradezco tanto al Rey que al querer honrarme se haya acordado de las raíces más profundas de mi familia».

A lo largo de su vida profesional tuvo la preocupación por recrear, proteger y agrandar un espacio de convivencia y ciudadanía, siguiendo la estela de su padre y de su abuelo. Pero fue algo más. Fue un hombre inteligente y generoso que en los momentos más difíciles y comprometidos de la vida del periódico fue capaz de darlo todo por salvarlo. No vaciló en llevar a ABC a los autores más distantes de sus criterios editoriales; llevó la cultura a sus páginas sin más limitaciones que la calidad y la excelencia, y mantuvo el periódico en la independencia convirtiéndose en punto de referencia insustituible de una sociedad y de los cambios que en la misma se operaban. En ABC ocupaba el mismo despacho que diseñó su abuelo, el fundador del periódico. Allí pasaba muchas horas cerca de los redactores, leía atentamente las secciones del diario y trataba a todos con exquisito respeto.

Un acto tradicional que se celebra todos los años es la cena para la entrega de los Premios Cavia, Luca de Tena y Mingote, y en él se reúnen políticos, intelectuales, empresarios, periodistas. Allí reciben los premiados los galardones en una bellísima ceremonia. Guillermo cerraba siempre el acto alzando la copa y con voz potente brindaba con la frase: «Señores, como es tradición en esta casa, ¡por el Rey!». Me alegra mucho que su hija Catalina haya seguido la tradición el primer año que faltaba su padre.

D Aunque a Guillermo nunca le tentó la política, sintió siempre preocupación e interés por la cosa pública, y ya en los años sesenta se alineó con quienes querían crear espacios de libertad. Un grupo de catedráticos fundó una institución de enseñanza superior para poder acoger a los profesores expulsados de la Universidad por sus ideas políticas e iniciar unas actividades docentes e investigadoras. Presidía el patronato científico Pedro Laín Entralgo, con Jesús Aguirre, Julio Caro Baroja, Fernando Chueca, Luis Díez del Corral. Pero hacía falta un Consejo de Administración con un presidente que fuera no solo la cabeza visible de la organización, sino su máximo responsable ante el exterior. Ese puesto lo ocupó con dignidad y eficacia Guillermo Luca de Tena. Su perfil liberal y moderado le permitió cumplir una esencial función conciliadora de las distintas tendencias y grupos que formaban parte de aquella institución, y creó con el resto del Consejo una insustituible barrera defensiva frente a la permanente desconfianza y a las frecuentes intervenciones del aparato estatal. Su entereza sobria y cordial en defensa de los intereses de la organización que presidía y su receptividad a las corrientes innovadoras en los ámbitos científico y cultural lograron crear un singular espacio de libertad en tiempos difíciles y mantenerse en pie y dar una importancia especial a una de las experiencias intelectuales más interesante y significativas de la España de la época. Este compromiso con la libertad lo había practicado ya Guillermo años antes, en 1946, cuando fue detenido y conducido a la Dirección General de Seguridad bajo la acusación, cierta, por otra parte, de haber distribuido en cines y teatros de Madrid la versión auténtica del manifiesto democrático del Conde de Barcelona emitido antes desde Lausana, y que en España se conoció censurado y mutilado por el Gobierno. Algo que preocupó siempre a Guillermo, como pude constatar en muchas de nuestras conversaciones, era la

defensa de la verdad, que a su juicio debía convertirse en el centro de la regeneración democrática de nuestra sociedad y en la raíz de los principios y valores que proponemos.

En uno de nuestros últimos encuentros —creo que fue al salir del funeral de nuestro común amigo Vidal Beneyto, pocos días antes de su fallecimiento— me expuso, con aquel ímpetu que ponía en la defensa de sus convicciones, que la verdad no se puede ocultar nunca y que esto es válido también en la vida pública, no está reñido con el progreso, no es producto de mayorías ni fruto de un acuerdo político, y no puede ser objeto de tergiversación. Al recordar ahora aquel diálogo mientras recorríamos la calle Velázquez, no puedo menos que reafirmarme en la idea que él no hizo más que esbozar: que retornar a la verdad en la política implica defender nuestros valores que han hecho en el pasado que España y Europa sean lo que son. La profunda globalización que atravesamos, y que ha tenido no pocos efectos favorables, ha producido también consecuencias negativas, como la instauración de un relativismo peligroso con la difusión de antivalores, cuya expansión está en la raíz de la crisis de nuestro tiempo: crisis moral, económica y política. Sin una apertura a la trascendencia nada tiene sentido: las personas se aíslan, las comunidades se desvanecen, el bien común se diluye. Como señala Benedicto XVI en su encíclica Caritas in veritate, «sin Dios el hombre —y yo añadiría Europa y España— no sabe adónde ir, y tampoco logra entender quién es». Guillermo se quejaba en nuestro diálogo de que en España habíamos abandonado valores como el sacrificio personal, el esfuerzo, el compromiso, la responsabilidad y la prudencia. Y que habíamos olvidado también la austeridad. Hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, y eso, a la postre, conduce a una sociedad débil, aletargada, acomodaticia, en la que la doctrina del «todo vale» encuentra su mejor caldo de cultivo. Por eso a él y a mí nos preocupaba que España se fuera debilitando alejándose de los valores y principios que a lo largo de la historia han forjado nuestra identidad y nuestra personalidad.

Al evocar hoy su pensamiento me confirmo en la necesidad de alimentar los valores auténticos frente al relativismo moral y recuperar las ideas básicas del humanismo, que deben constituir el foco, el eje y el objetivo de toda acción pública y devolver su fortaleza a los conceptos vertebrados de la sociedad, y de modo muy especial el concepto de Nación, la idea de España «patria común e indivisible de todos los españoles».

Concluyo como comencé, con el recuerdo de Guillermo, cuyo ejemplo de independencia moral, defensa de los principios que hacen posible la sociedad democrática, su pasión liberal, su espíritu patriótico, su lealtad inquebrantable a la Corona, son puntos de apoyo que a mí, y pienso que a otros muchos, nos sirven de referencia. Y tengo el honor de evocarlos hoy, en esta tercera página que un día compartimos juntos, en el primer aniversario de su muerte.

MARCELINO OREJA AGUIRRE, MARQUÉS DE OREJA, ES PRESIDENTE DE LA REAL ACADEMIA DE CIENCIAS MORALES Y POLÍTICAS