Baile de máscaras
Máscaras de luchadores mexicanos, en cuyos grandes combates suelen jugarse el «antifaz» - ABC

Baile de máscaras

La lucha libre —y su alarde de máscaras sobre la lona del tongo— es, por delante del fútbol, el deporte-espectáculo más popular en México

MANUEL M. CASCANTE
MÉXICO Actualizado:

Por delante del béisbol (pronúnciese «beisbol», con acento agudo) y a la par que el fútbol (dígase también «futbol»), el deporte nacional en México es la lucha libre. Pero, a diferencia del «wrestling» de EE.UU., el espectáculo que se representa sobre los cuadriláteros y hexágonos mexicanos está más cerca del teatro que del deporte; de los tebeos y las danzas rituales que de las acrobacias y las artes marciales.

El elemento distintivo del luchador es su máscara. El antifaz es el estandarte del gladiador, como lo es también del superhéroe. De ahí que las estrellas de este espectáculo familiar (Blue Demon, El Hijo del Santo, Rey Mysterio) sean, para los niños, personajes sobrehumanos como Spiderman, Superman o Hulk.

Porque la máscara, dice el artesano mapuche Oto Bihalji-Merin, «es un símbolo de la habilidad proteica del hombre para transformarse». Los luchadores mexicanos ponen en juego su máscara al afrontar sus combates estelares, y al serles arrebatada no pueden volver a portarla durante el resto de su carrera deportiva. Algunos, como Sansón con su cabello, incluso «pierden la fuerza» al perder la careta y deben retirarse.

No es necesario ser antropólogo para adivinar, en esta ocultación del rostro, los arcanos de antiguas culturas precolombinas. Ni sociólogo para vislumbrar algunas esencias del ser mexicano. Basta con leer a Octavio Paz: «El mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro, máscara la sonrisa. Entre la realidad y su persona se establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos. Lejos, también, de sí mismo».

En términos más prosaicos, las arenas mexicanas comparten cada noche de viernes el público del circo o de la primera sesión de la última de Indiana Jones. Llega Carnaval, llega Halloween, y los chamacos se transforman en El Enmascarado de Plata. En términos históricos, el «catch» entraría en México con la intervención francesa, a finales del siglo XIX. En 1910 llega a México la compañía del campeón italiano Giovanni Relesevitch, que se presenta en el teatro Principal; a los pocos meses aparecerá su némesis en el teatro Colón: la compañía de Antonio Fournier, con el Conde Koma y Nabutaka. Enorme éxito.

La época dorada (años cuarenta y cincuenta) tiene un nombre propio: el del jalisciense Salvador Lutteroth González. Excombatiente en la Revolución, Lutteroth levanta las primeras arenas del país y forja las primeras figuras nacionales a través de la escuela que encomienda a Cuauhtémoc «Diablo» Velasco: Alfonso Dantés, Ángel Blanco, El Loco Zandokan, Puma Vázquez, El Negro Vázquez, La Pantera Etíope, Torbellino Negro, El Charro Aguayo, Carlos Tarzán López...

Pero por encima de todas sobresale la de Santo, protagonista de más de medio centenar de películas y más de 15.000 peleas. Nacido en Tulancingo (Hidalgo) en 1917, El Enmascarado de Plata debutó en 1942 y permanecería en activo hasta 40 años más tarde. Rodolfo Guzmán Huerta, su verdadero nombre, se enfrentó en la pantalla a momias, vampiros, hombres lobo, zombis, extraterrestres y bandidos del peor pelaje. Tras su muerte, en 1984, el Santo se convirtió en leyenda: hoy la popularidad de su imagen solo es superada por las de Pedro Infante y la Virgen de Guadalupe.