Y ahora, elecciones

La dimisión de Rubalcaba forzará una remodelación del Gobierno, pero realmente significa el punto final del Ejecutivo socialista

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EL vicepresidente primero del Gobierno, Alfredo Pérez Rubalcaba, anunció ayer que abandonaría de inmediato sus cargos en el Ejecutivo, pero lo cierto es que aún no lo ha hecho, porque sigue siendo el número dos de Rodríguez Zapatero y como tal va a comparecer hoy ante el Comité Federal del PSOE. El desacierto continuo se ha instalado en los estrategas de la candidatura de Rubalcaba, hasta el extremo de seguir creando confusión incluso en el paso más sencillo —por inevitable— que tenía que dar, que no es otro que su salida del Gobierno. En todo caso, cada gesto del PSOE sobre Rubalcaba hace más evidente que su candidatura es un recurso agónico para taponar fugas en el electorado de izquierdas y recuperar apoyos fugados a la abstención o a Izquierda Unida. Toda la estrategia de la candidatura de Rubalcaba es pura endogamia. Resulta conmovedor, por lo que tiene de impostado, que el presidente del Gobierno se sienta expectante por lo que vaya a decir su vicepresidente sobre el proyecto socialista. Parece que Rubalcaba no comparte con el Gobierno al que pertenece sus recetas contra el paro, ni con su partido los planes políticos para concurrir a las elecciones. El esfuerzo del PSOE por presentar a Rubalcaba como una promesa política se estrella con la realidad de que el ministro del Interior lleva décadas instalado en el cuartel general de este partido y en las etapas de gobierno socialista más desastrosas para España.

La dimisión de Rubalcaba forzará una remodelación de Gobierno, pero realmente significa el punto final del Ejecutivo socialista, porque la mayor amenaza para Rubalcaba candidato —y sin control directo en el Consejo de Ministros— es Zapatero con nueve meses de mandato por delante. Por eso, la lógica electoral recomienda al candidato socialista anular el margen de actuación del presidente del Gobierno todo lo posible y anticipar las elecciones generales.

El PSOE debe dejar de tratar la crisis nacional como un problema de partido. Es un problema de España, y hace falta que lo enfoque con patriotismo y responsabilidad, convocando elecciones. La crisis económica no da respiro. La actividad económica ha vuelto a frenarse en el segundo trimestre y el empleo no despega. Atacar a los bancos, arrimarse al 15-M y sacrificar la SGAE son guiños oportunistas, pero no la política de Estado que cabría esperar del partido en el Gobierno.