Zapatero y las animadoras

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Una imagen demoledora cerró ayer la primera réplica de Zapatero. La del frustrado intento de sus dos últimas animadoras, las dos vicepresidentas, para que la bancada socialista jaleara de pie la intervención del jefe. En realidad, la cosa se quedó en vice y media. Porque la cheerleader Salgado se levantó decidida a animar al presidente, pero la cheerleader De la Vega, más torpe o más cauta en su entusiasmo, se quedó a medias y se volvió a sentar antes de erguirse por completo, cuando observó que ni un solo diputado socialista las seguía. Lo que se unía a la veintena que ni siquiera había aplaudido la primera intervención.

Esta es la fortaleza de Zapatero entre los suyos para liderar las durísimas medidas anunciadas ayer. Los suyos que se sienten perplejos, cansados y angustiados ante la perspectiva de tener que contar a sus votantes que todo lo defendido por Zapatero estos dos últimos años no es cierto. Que el socialismo ya no consiste en que los ciudadanos no paguen una crisis de la que no son culpables o en que no se recortarán los derechos sociales bajo ninguna circunstancia. Y con añadidos ridículos e innecesarios como que el recorte del gasto público es una medida no prevista ante acontecimientos imprevistos. O que estamos muy bien, aunque no lo parezca por este mazazo a funcionarios y pensionistas, y haga usted el favor, sr. Rajoy, de decir que estamos muy bien, y hágalo por España, sea nacionalista español. O el agradecimiento por su tono a CIU y demás nacionalistas, sus últimas esperanzas de mantenerse en el poder hasta el 2012, cuando le habían atacado de forma aún más dura que Rajoy, muy especialmente Durán.

Y Zapatero pretende el apoyo de la oposición, para «ser insolidario», para «recortar derechos sociales» y para «hacer pagar la crisis a sus víctimas». Con una cheerleader y media como le queda en su propio grupo.