Zapatero en Davos

M. MARTÍN FERRAND
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UN sapo en el desayuno es un complemento alimenticio que conviene a los profesionales del poder, a quienes viven más expuestos a los efectos demoledores del halago que a la vivificante dicha fría de la crítica implacable. José Luis Rodríguez Zapatero habrá tenido hoy la oportunidad de desayunarse con uno bien grande, viscoso y repugnante. En Davos, la ciudad más alta de Europa, el Foro Económico Mundial se los sirve junto con las tostadas y el café con leche a quienes, con responsabilidades de Gobierno, no brillan por sus resultados y España, para nuestra pena, es uno de los problemas a los que tiene que enfrentarse la Unión Europea, precisamente durante el turno figurón que le corresponde al presidente del Gobierno de España, y toda una amenaza para el futuro del euro, la moneda con la que se grapa la todavía no encuadernada realidad común del Viejo Continente.

Zapatero, siempre a contrapié, como los más torpes de cada gimnasio, no puede llegar a entender la sabia propuesta de Nicolás Sarkozy -«refundar la moralidad del capitalismo»- porque los tres conceptos que se funden en tal formulación contradicen los vectores de acción y fuerza en los que se ha instalado el líder socialista español. No hay nada que refundar para un inventor de la Historia que niega los cimientos morales de occidente y que, por fanatismo socialdemócrata, no puede comulgar con el capitalismo, sin el que no hay solución económica en una privilegiada eurozona bendecida por el Estado de Bienestar.

Cuando, hace diez años, José María Aznar asistió al Foro de Davos pudo hacerlo sacando pecho, orgulloso del ritmo y recuperación de la economía española alcanzado en su primera legislatura presidencial; pero Zapatero, ahora, ha tenido que asistir ante tan singular congregación con las orejas gachas y mirando al infinito para no cruzar la mirada con personajes que, como Nouriel Roubini, han descubierto y anunciado el peligro que España significa para la entereza y continuidad del euro y lo que la moneda común significa. Edipo, ciego y desterrado, llegó a Colono para que Sófocles pudiera escribir Edipo en Colono, y Zapatero, prepotente y convencido, incapaz para la autocrítica y la acción reparadora que España precisa y la economía exige, se ha ido a Davos para hacerse una foto y conseguir que la propaganda consiga lo que la iniciativa gubernamental no acomete. Otro imposible metafísico.