¡Y luego dicen que la gasolina es cara!

Por José Mª GARCÍA-HOZ
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Increíble pero cierto. Hace solo tres o cuatro meses la población española clamaba contra el precio de gasolinas, gasóleos y demás combustibles. Agricultores airados cortaban carreteras. Taxistas enfurecidos trataban de cuadrar unas cuentas imposibles. Transportistas irritados exigían precios políticos. Ante tanto alboroto, el único consuelo residía en el cutre «mal de muchos», ya que a lo largo y ancho de la Unión Europea el cuadro de protestas se representaba con mimética escenografía. Los medios informativos explicaban que la responsabilidad de tan extrema situación recaía en la subida del precio del crudo de petróleo y en la bajada del euro, pero no contentos con argumentos tan plausibles, los periodistas —y un servidor el primero, lo reconozco— compartían la sospecha de que además de la OPEP, también las grandes petroleras eran culpables, pues entre ellas conspiraban para mantener precios abusivos.

De lo dicho nada, y ahora resulta que los tiros iban exactamente por el lado contrario: las grandes petroleras que operan en España —a saber: Repsol, Cepsa y BP— están siendo investigadas en Bruselas y en Madrid porque en los tiempos citados vendían la gasolina ¡demasiado barata! Nunca acabaremos de aprender. Resulta que la industria petrolera se divide en tres negocios: extracción y venta de crudo; refino de ese crudo y elaboración de los diferentes productos que en él se contienen; y, por último, la venta minorista de los productos derivados. A pesar de que los tres negocios se mueven con precios transparentes internacionalmente, las empresas grandes con presencia operativa en las tres fases de la industria, cuentan con más posibilidades de capear el temporal que una empresa especializada en uno solo de los negocios.

El ejemplo del pasado otoño es sumamente significativo; cada vez que los países de la OPEP deciden subir el precio del barril de crudo, Repsol hace un magnífico negocio, pues pasa a vender el petróleo que extrae de sus pozos a un precio superior: ingresa más dinero por el mismo producto. Lógicamente, el mayor precio del crudo en origen obliga a un mayor precio final del litro de gasolina o gasóleo. Repsol, sin embargo, puede compensar el beneficio inesperado en la extracción, renunciando a parte de su beneficio en la venta minorista. Y al parecer, eso es lo que hizo: vender el litro de gasolina por debajo del precio de coste. Seguramente tan generosa práctica no se debió a un ataque de filantropía de los directivos de Repsol, sino a las presiones del Gobierno cuya política económica se centra en mantener baja la inflación.

O sea, que el otoño último se nos fue en protestar contra Repsol y el resto de las compañías que vendían muy caro el litro de combustible, cuando en realidad estaban perdiendo dinero porque, al modo del inefable Santiago Rusiñol, vendía duros a cuatro pesetas. Pero al despachar el litro por debajo de su coste real, Repsol conseguía otro efecto: expulsar del mercado a aquellas empresas distribuidoras de gasolinas y demás productos derivados cuyo negocio consistía exclusivamente en comprar a las refinerías a precio de mayorista y vender a las gasolineras a precio de «detall». Sin apenas costes financieros, ni de estructura, estos intermediarios se ganan muy bien la vida cuando el crudo de petróleo está barato, pero se asfixian cuando se sube a la parra, porque ellos no pueden aguantar sin repercutir inmediatamente el costo de la materia prima.

Resulta del todo lamentable recurrir al tópico, pero no queda otro remedio: el Gobierno es culpable de que en el terreno de la distribución de derivados del petróleo haya desaparecido la competencia. Apretando a Repsol, consiguió que en el año pasado España fuera el país de la UE donde subieron menos los precios de venta al público de gasolinas y gasóleos. Pero en el futuro, sin empresas y empresitas que les hagan la competencia ¿quién toserá a Repsol y compañía?