El lío de Vic y la extrema derecha

TOMÁS CUESTA
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CUANDO la hirsuta cantinela del Frente Nacional se convirtió en un «hit» entre nuestros vecinos del primero, sólo «monsieur» Fabius tuvo la valentía -o la decencia- de no poner en solfa el espantajo antifascista ni emborronar la realidad con aspavientos. «Le Pen -afirmó entonces- hace buenas preguntas pero da malas respuestas». Algo que, ni que decir tiene, hizo que los profesionales de la indignación le retiraran de inmediato el carné de izquierdas. Salvando las distancias -que, al cabo, son pequeñas- lo que ha ocurrido en Vic demuestra que el «dictum» de Pascal («Verdad aquende los Pirineos, mentira allende») hay que ponerlo entre paréntesis.

La extrema derecha -o la derecha extrema, el orden de los factores no altera el eructo- fue una hija bastarda de François Mitterrand (restar para sumar: «Divide et impera») y se crió a los pechos del socialismo autista que se enseñoreó de Francia en los años ochenta. ¡Qué tiempos! ¿Se acuerdan? Era la época en la que los emigrantes se convirtieron en «colegas» («Touche pas à mon pote!» No toques a mi tronco, europeo de mierda), los policías en verdugos, los chorizos en héroes. La época dorada de los fantasmas postmodernos, del pluralismo cultural y de los plurisueldos. La época, también, en la que los «cinturones rojos» ardían atizados por la juventud rebelde mientras los veteranos de la lucha obrera depositaban su esperanza en Santa Teresita de Lisieux tras abjurar de Lenin. La época, en fin, que hizo justicia a Bernanos certificando su excepcional clarividencia: «Hasta que no se demuestre lo contrario un intelectual francés es un perfecto imbécil».

En este país, por suerte o por desgracia (un servidor de ustedes opina que por suerte), aún no ha aparecido un personaje que exprese a voz en cuello las preguntas que la gente acarrea en los adentros. ¡Su turno, Rubalcaba, a la palestra! Explíquenos en qué se fundamenta que convocar referendos ilegales sea legal -o lo parezca- y, sin embargo, solicitar que un inmigrante -como cualquier hijo de vecino- tenga la documentación en regla constituye un gigantesco desafuero. Aclárenos, de paso, por qué ser español es un inconveniente a la hora de elegir colegio. O cuál es el motivo de que en determinados barrios -que jamás son los suyos, casualmente- las aceras transmitan el pálpito vulgar, reaccionario, casi obsceno, que el populacho denomina miedo. Por último, en absoluta en confianza, «on the rocks», «of the record» o lo que le apetezca, díganos que diablos pinta un ex falangista en el hondón de la catalanidad y conchabado con Esquerra.

Los gansos del capitolio progresista graznarán que el fascismo ronda la ciudadela, que la zarpa xenófoba acecha en las tinieblas, que la caverna se ha propuesto excluir al excluido del territorio de la convivencia. Pierdan cuidado: España no es Francia ni se le asemeja.

De la extrema derecha (o la derecha extrema) no hay noticias. No está ni se la espera. El gobierno, por el contrario, es un peligro que deja a Le Pen en cueros. Y, hasta que no se demuestre lo contrario, es un intelectual gabacho de la cruz a la fecha.