Editorial ABC

Paz y concordia, pese a todo

No era día para esteladas sino para altos gestos y valores, para pedir el fin del terrorismo. El Rey y los líderes nacionales estuvieron a la altura de la cita; Puigdemont y sus «cruzados», no

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LA multitudinaria manifestación por la paz y contra el terrorismo islamista celebrada en Barcelona fue un ejemplo de solidaridad con las víctimas de los atentados, pese a los denodados esfuerzos de la Generalitat y del independentismo catalán por convertirla en un argumento más para alentar sus ansias separatistas. Tampoco ayudó nada el mensaje de la ultraizquierda podemita, mezclando churras y merinas y buscando culpar a Occidente de la obra de unos desalmados asesinos. Necesariamente debían imponerse la cordura frente a la cínica utilización de la política como excusa para dar más alas al proceso secesionista o las ínfulas anti-sistema.

Por primera vez en nuestra historia, el Rey acudía a una manifestación para exigir paz y expresar su dolor frente a la locura yihadista. De nada sirvieron las inmorales maniobras del independentismo para apartar al Rey y al Gobierno de la nación de un acto tan relevante y solidario. La ruindad ha caído por su propio peso, y la imagen de Don Felipe agradeciendo con aplausos la labor de los Mossos, y de todos los servicios públicos que intervinieron tras la tragedia, fue la perfecta contestación a los pitidos a su llegada, insólitamente favorecidos por una mala organización que hizo coincidir allí marchas separatistas. La valentía del Rey y del Gobierno para hacer frente, a pie de calle, a la encerrona de esa colección de intolerantes es digna de elogio. Ellos supieron estar a la altura; los fanáticos de los silbidos, no.

España es una gran nación y ayer todos sus ciudadanos fueron representados en Barcelona de modo ejemplar por el jefe del Estado. Don Felipe y el Ejecutivo, así como los líderes autonómicos desplazados a la marcha, encarnaban valores y no el desmoralizante oportunismo en que han incurrido la Generalitat y la CUP. Así de sencillo. Por eso, la utilización política del dolor de toda la sociedad es una ruindad cuando, como en este caso, se ha tratado de poner inútilmente al servicio de una sedición. Tarde o temprano, este desmedido afán de protagonismo pasará factura al independentismo, y sus líderes terminarán por avergonzarse. Algún día tendrán que reparar en que toda su capacidad de manipulación, y tanto odio a España inoculado tienen un límite y dañan de modo irreparable a todos los catalanes.

Cabe felicitarse porque la inmensa mayoría de españoles deseosos de una paz auténtica y del fin del terrorismo se sientan orgullosos de sus Fuerzas de Seguridad, y de una clase política que, salvo denigrantes excepciones, apeló ayer a la unidad y la convivencia. Puigdemont, como otros dirigentes cegados por su obsesión, debería haber tomado nota hace tiempo de que frente al terror no debe haber bandos, sectarismo, odio político o réditos egoístas. Por eso, Barcelona, Cataluña y España entera se unieron ayer en un sentimiento de repulsión sin distinción por la sangre derramada. No era día para esteladas, sino para los buenos sentimientos, los que engrandecen al ser humano.