A vueltas con Aznar

ALFONSO ROJOTerminará por caerme bien. Se me había atravesado Aznar. No por el

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ALFONSO ROJO

Terminará por caerme bien. Se me había atravesado Aznar. No por el 11-M, que gestionó catastróficamente, sino por eso que Zapatero llamaba el «talante». Hay gente que lo tiene muy bueno. Suele ser un placer charlar con Mayor Oreja, Zaplana, Rubalcaba e incluso con López Aguilar, aunque te suelte una «teórica». Lo de Aznar ha sido siempre tremendo. Cuando todavía no era presidente, solía acercarse por un club de pádel contiguo a mi antiguo periódico y alguna vez, cuando les faltaba uno, me llamaban y hacíamos pareja, contra Pedrojota y Villalonga. Me parece una vulgaridad esa costumbre, muy asentada entre los periodistas, de dirigirse por su nombre de pila a los políticos.

Estamos en lados distintos del mostrador y a uno le enseñaron de pequeño que a los camareros y a quienes mandan hay que tratarlos con cierto distanciamiento y bastante respeto.

Dicho esto, uno tiende a imaginar que alguien con quien has estado en calzoncillos en un vestuario y has compartido pelotazos, tendrá la gentileza de saludarte. Nada de llamarte para hacer una confidencia, pararse un instante o estrecharte la mano. Un simple gesto.

Pues nada. No mucho después de aquellos partidos infames, en una tienda de campaña donde las tropas españolas destinadas en Albania habían montado la guardería, me di de bruces con el presidente del Gobierno. No había resquicio al error. Yo era el único civil adulto del recinto.Pues ni levantó las cejas o me cruzó la mirada. Con el ego levemente dolido y dado que el personaje ha hecho gala de una prodigiosa memoria, pensé que era muy tímido o muy estirado.

Probablemente no ha cambiado, pero eso no impide que le esté cogiendo estima. No porque haya aprendido inglés en tiempo récord, lo que tiene mérito dadas la edad y las circunstancias, sino por lo que sale por su boca últimamente.

En el PP abundan quienes echan pestes y se cachondean de la Alianza de Civilizaciones de Zapatero, pero casi el único que se atreve a reivindicar la Reconquista y a recordar que si alguien tiene que pedir perdón por las atrocidades son los islamistas, es Aznar.

Como se dice en la novela «La lanza templaria», ambientada en la IV Cruzada, «quien no es capaz de defender su ciudad no merece conservarla». Es de cajón que, al final, a los pacifistas tiene que defenderles alguien. Y eso es lo que sostiene Aznar.

Por eso es reseñable que el otro día, en Perú, sin cortarse un pelo, criticara la fascinación de los «progres» -españoles y europeos- ante lo que llamó «islamofascismo».

Ya lo habíamos escrito aquí, pero tranquiliza comprobar que no estamos solos y que no todo el mundo ha perdido el sentido común en las alturas.