Cambio de guardia

Votar sin ilusiones

En la inestabilidad, la ocasión para proclamar la independencia de Cataluña es óptima

Gabriel Albiac
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En 1940, Winston Churchill podía comparecer ante el votante británico como un curtido reaccionario. Pero la alternativa a Winston Churchill se llamaba Adolf Hitler, protector progresista de la paz europea. Y en nada cambiaban eso, ni los ensueños pacifistas, ni las plegarias demagógicas. Sin aquel testarudo conservador en el 10 de Downing Street, del Reino Unido -y, por extensión, de Europa- no hubiera quedado nada.

Pasado ya nuestro minuto de opereta, transitado con paciencia el estruendo hortera del circo televisivo a doble vuelta, llega en España la hora de las cosas adustas -y adultas, perdón, señora Montero-, la hora de una seriedad que nada tiene que ver con los escénicos candidatos: un candidato es cualquier cosa menos una cosa seria.

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