A volar, que son dos días

MANUEL RODRÍGUEZ RIVEROEL miércoles la polémica compañía aérea irlandesa

POR MANUEL RODRÍGUEZ RIVERO
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EL miércoles la polémica compañía aérea irlandesa Ryanair, cuyos aviones transportan anualmente a más de 40 millones de viajeros a 25 países diferentes, puso en el mercado por tiempo limitado un millón de plazas libres «de tasas, impuestos y cargos». Durante las primeras horas de la oferta su página web recibió más de cuatro millones de visitas (muchas de ellas españolas) y se colapsó varias veces. No es extraño: no todos los días tiene uno la posibilidad de, por ejemplo, viajar de Alicante a Pisa «desde» 1 (un) céntimo de euro, o de Madrid a Bournemouth por la misma cantidad. Repito: desde un céntimo. Y no crean que hay trampa: algunos lo han conseguido. La feroz competencia entre compañías de bajo coste para atraer a la masiva clientela veraniega, y la necesidad de maximizar el empleo de los nuevos aparatos adquiridos ante las perspectivas de bonanza en el sector estarían en la base de una oferta cuyo lema podría ser: ni un solo asiento vacío en los aviones, (nos) cueste lo que (nos) cueste. Y aunque no (les) cueste.

Vivimos en un mundo en el que es cada vez más fácil y económico cambiar de aires. En lo que llamamos Occidente los vuelos baratos han modificado sensiblemente el modo en que los ciudadanos utilizan no sólo las vacaciones, sino los fines de semana. El viejo sueño escapista es ya una realidad experimentada por cada vez más gente. ¿Que no sabemos qué hacer este finde y estamos hasta el gorro de la campaña electoral? No importa: podemos cenar el sábado en un bistrot de Montparnasse y regresar el domingo, después de darnos una vuelta por el Pompidou, a tiempo de enterarnos de los nuevos trapos sucios aventados por unos y otros. Y todo ello sin dejar necesariamente exhausto el presupuesto. Y quien dice París, dice también más lejos: el mundo al alcance de todos los bolsillos.

Pero no es sólo en la parte rica del planeta donde disfrutamos la nueva revolución del transporte: el aumento de la demanda de pasajes en los llamados países emergentes está contribuyendo dramáticamente al espectacular espesamiento de la red de tráfico aéreo en los últimos años. Por poner un ejemplo llamativo: según los datos recientemente proporcionados por la Official Airline Guide, China tiene programados en mayo 23.000 vuelos internos más que en el mismo mes del año anterior; un incremento del 18%. Y la India no le va muy a la zaga. Si eso no es motor (y consecuencia) de progreso, además de factor de democratización, que venga Mao (o Ghandi) y lo vea.

Vayamos ahora con las malas noticias. No hace falta ser un lince para darse cuenta de que tamaño trasiego celeste no constituye sólo fuente de desarrollo de los pueblos, sino especial motivo de inquietud medioambiental. El Panel Intergubernamental del Cambio Climático de las Naciones Unidas cifró hace algunos años en un 2% la contribución del tráfico aéreo a la emisión global de gases de efecto invernadero. No es una barbaridad, teniendo en cuenta cómo están las cosas en otras áreas. Pero lo que ocurre es que la progresión en el empleo de la aviación como medio masivo de transporte es geométrica. Y la revolución del low-cost se halla todavía en sus primeras fases. De modo que, si no se hace algo pronto y coordinadamente, ese tanto por ciento puede convertirse en un 5 ó 10 % a la vuelta de un par de décadas. ¿La solución? No es fácil. Frente a la irresponsabilidad puesta de manifiesto por algunas compañías aéreas cuya única lógica parece ser la de la acumulación primitiva, se propone la elitista demagogia de quienes quieren arreglarlo todo con un aumento desmesurado de los impuestos por uso que, como casi siempre, iría en perjuicio de los más débiles. Mientras tanto, ahí está la tentación, guiñándonos el ojo. Y es que, a veces, irse apetece mucho. ¿O no?