Viento de León

M. MARTÍN FERRAND
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A mitad de camino entre el pensamiento de Proudhon -«la propiedad es un robo»- y la estética expresiva de Ramoncín -«El rey del pollo frito»-, José Luis Rodríguez Zapatero ha dicho en Copenhague que «La Tierra no pertenece a nadie, sólo al viento». Los apologistas del líder socialista, quienes han convertido en oficio el ditirambo sobre el personaje, se han apresurado a subrayar el fondo poético que le anima, su delicada sensibilidad; pero sus hermeneutas, quienes tratan de vislumbrar la verdadera intención que anima la confusa conducta del presidente, sospechan que el brote poético no es otra cosa que un velado ataque a Mariano Rajoy. El líder del PP es, por vocación y por oposición, registrador de la Propiedad. En tal menester, más que en su larga y variada dedicación política, es donde el compostelano tiene acreditada su mayor valía y su mejor capacidad y, ¿cómo se inscribe el viento, que no tiene DNI ni NIF, en un Registro de la Propiedad? Zapatero no da nunca puntada sin hilo y lo que podría parecer un lirismo cursi y trasnochado es, en profundidad, una afilada daga que pretende quitarle a su principal oponente su mayor mérito en el pasado y su mejor oportunidad de futuro.

Cuando Zapatero se aleja del asfixiante ambiente monclovita, en el que la púrpura le abruma y donde le domina una rara pulsión por reescribir la Historia de España y desenterrar todos sus muertos, es como mejor se observa su prístina personalidad y se puede valorar con mayor precisión y justeza la verdadera dimensión ideológica del personaje. Alguien capaz, en tiempo de materialismo encendido y grosero, de apelar al valor del viento y, simultáneamente, sublimar la idea de la propiedad en la que se sustenta, no sin resquebrajamientos y confusiones, el orden establecido no es un personaje para pasarle por alto con una faena de alivio. Gracias a momentos, como la Cumbre del Clima de Copenhague, en donde le vemos lejos de los miembros del equipo gubernamental que tanto le empequeñecen, es cuando Zapatero brilla con luz propia. Hacen falta convicciones profundas y reciedumbre de carácter para, rodeado de dos centenares de líderes mundiales, escoger un abrazo a Hugo Chaves mejor que un apretón de manos a Barack Obama, Angela Merkel o Nicolas Sarkozy... despreciables gentes de derechas con un claro sentido de la tradición cristiana de Occidente e incapaces para el lirismo ventoso.