Viejos y nuevos amigos

Por Julián MARÍAS, de la Real Academia Española
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HE tenido a lo largo de mi vida un privilegio bastante infrecuente. Desde mi primera juventud he contado con amigos mucho mayores, algunos resueltamente viejos. Algunos profesores de mi Instituto Cardenal Cisneros, ya jubilados, con los que mantuve desigual amistad. Después algunos de los más viejos contemporáneos, como Menéndez Pidal, Azorín y otros más, con los cuales he tenido larga, próxima y cercana amistad. Por supuesto, los ya más próximos, casi todos los autores del 98, Ortega, Marañón y tantos más. Esas amistades han sido duraderas: en 1933, Enrique Lafuente Ferrari y Fernando Chueca, que han durado tantos decenios, el segundo hasta hoy. Conservo la amistad de compañeros de Instituto que todavía viven, no digamos de la Universidad.

Pero en estos últimos años, en mi vejez, he adquirido la relación frecuente, próxima, viva, con los que llamo «los jóvenes amigos». Son tantos decenios más jóvenes que yo; algunos han venido a ser verdaderos «discípulos», eso que nunca había podido tener, salvo cierto número de estudiantes americanos. Esto significa un inesperado enriquecimiento de mi vida: mis amigos se extienden desde los nacidos a mediados del siglo XIX hasta los que ahora tienen entre treinta y cuarenta años, algunos todavía más jóvenes.

Desde lo que era todavía mi juventud, he pensado y dicho muchas veces que me preocupaba un peligro de los adultos, a los que veía como árboles rodeados de una corteza protectora y aislante. Me horrorizaba esa perspectiva, me parecía lamentable esa condición tan frecuente de los instalados en la madurez, el éxito, el afán de seguridad, a veces la petulancia. Yo aspiraba a no tener nunca corteza, a mantener la flexibilidad de lo que es vivo, a morirme sin ese revestimiento que encontraba funesto.

Gracias a Dios, me siento libre de toda corteza; he conservado apertura, curiosidad, interés por la realidad, y muy particularmente por la humana. Esto me ha permitido la posesión del conocimiento próximo, vital, de muchas generaciones, de las que me he nutrido y me sigo nutriendo. Por una parte, la adquisición de esas relaciones amistosas; por otra, su conservación a lo largo de tanto tiempo. No sólo el de sus vidas, porque esas amistades han perdurado muchos años después de la muerte de los amigos; rara vez uso el tiempo pretérito para referirme a personas, a realidades humanas.

Un hecho más es la presencia diferenciada y muy cercana de innumerables mujeres. He tenido excepcional fortuna en mi trato con ellas, las he conocido y comprendido a fuerza de interés, de admiración, de complacencia en su diferencia, de su condición de personas en el más alto sentido de la palabra, y de personas femeninas, irreductibles a las otras, a la masculina, a la mía propia.

He podido asistir y conocer de primera mano la variación de los hombres y de las mujeres en un largo espacio cronológico, con una infrecuente presencia de extranjeros, europeos, norteamericanos, hispanoamericanos, con alguna improbable amistad india.

No me puedo quejar. He recibido una enorme dosis de humanidad inmediata, afectiva; se ha extendido ante mí un inmenso panorama de formas de vida, de cambios, de incrementos, de riesgos, de crisis. Estos amigos han cruzado largos períodos de historia, de circunstancias varias, algunas terriblemente dramáticas como la guerra civil, su angustiosa génesis, su atroz desarrollo, sus largas y en gran medida penosas consecuencias.

He podido experimentar la resistencia de este pueblo español al que pertenezco, su capacidad de recuperación, de conservar la alegría de vivir en circunstancias que en otros lugares llevan al abandono, a la entrega, a la depresión, al suicidio. La enérgica salud de los españoles permite comprender su historia, el hecho de su asombrosa eficacia, de su capacidad de realizar acciones decisivas mucho antes y con frecuencia mejor que los pueblos comparables. Me ha dolido la propensión española a no enterarse, a no tomar posesión de su realidad u olvidarla, la facilidad de que «se les escapen las mejores». No se me oculta que estos peligros persisten y pueden comprometer las posibilidades de nuestra vida actual.

Hay un hecho que me preocupa: son legión los españoles que propenden a vivir en un margen temporalmente muy estrecho; tratan casi exclusivamente con personas aproximadamente de su edad. Esos matrimonios jóvenes o no tanto que se reúnen o salen con otros sumamente parecidos, que ven el mundo como una franja estrecha de estrictos coetáneos. Si no son capaces de abrir su horizonte vital, si no incorporan a él a los mayores que ellos, incluso a los viejos, porque ahora se dura mucho; si no tienden la mirada a los más jóvenes, a los que están empezando, a los que van a ser el cercano futuro, tendrán una vida limitada, con escaso conocimiento y comprensión de la historia propia y ajena.

A los jóvenes de hoy les espera una larga vida, en condiciones superiores en multitud de aspectos a las que hasta hace poco eran inaccesibles. Es capital que el contenido de sus vidas responda a esas venturosas e inesperadas condiciones. Hay peligros evidentes: el horizonte obsesivo de las «cosas»; la despersonalización; la crisis de la memoria histórica; la inestabilidad de las formas de la vida; la pérdida del horizonte total de nuestras existencias; de la posesión y administración de esas complejas realidades depende lo que sus vidas van a ser; también de la posesión plena, crítica, entusiasta, de las realidades históricas y sociales a que pertenecen. El desinterés, la angostura, el aislamiento o la vaguedad de los horizontes son peligros que se pueden prever y evitar. El hombre es a última hora dueño de su destino. Cada vez creo más en la libertad con que el hombre hace su vida, partiendo de los elementos que encuentra a su alcance, de los que se apodera o abandona. Cervantes, que sabía mucho de esto, lo dijo muchas veces y mejor que nadie a lo largo de circunstancias adversas, a veces angustiosas, tremendas, como los cinco años de cautiverio en Argel: «Tú mismo te has forjado tu ventura».