La victoria sobre el terror exige una nueva política (I)

Por Henry Kissinger. Ex Secretario de Estado de EE.UU.
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LOS atentados terroristas a Nueva York y Washington son, por encima de todo, una llamada para que nos despertemos. Durante una década, las democracias han sido víctimas progresivamente de la idea ilusoria de que las amenazas del exterior habían desaparecido, de que los peligros, si es que había alguno, tenían un origen básicamente psicológico o sociológico, de que, en cierto sentido, la historia en sí misma tal y como había sido registrada hasta entonces, se había transformado en una subdivisión de la economía o de la psiquiatría.

Aunque habíamos padecido el terrorismo, generalmente había estado dirigido contra las instalaciones estadounidenses en el extranjero; el efecto era principalmente simbólico y estaba muy lejos de amenazar las vidas y la sociedad civil en Estados Unidos.

La respuesta ha sido por lo general la condena, una o dos incursiones de castigo y la persecución legal de los culpables que se pudieran encontrar, generalmente operarios de muy bajo nivel.

La situación actual obliga a adoptar un nuevo planteamiento. El presidente George W. Bush ha advertido sabiamente que los ataques contra Nueva York y Washington equivalían a una declaración de guerra. Y, en una guerra, no basta con resistir, es esencial prevalecer.

Los ataques a Nueva York y Washington representan un desafío básico para la sociedad civil estadounidense y para la seguridad de Estados Unidos, que trasciende incluso al ataque a Pearl Harbor.

Porque el objetivo no era la capacidad militar de Estados Unidos, sino la moral y el estilo de vida de la población civil.

Las víctimas fueron hombres y mujeres inocentes y a una escala que con toda seguridad excederá a la cifra de Pearl Harbor, compuesta básicamente por militares. Por encima de todo, el desastre nos hace ver que algunas de las cómodas premisas del mundo globalizado que subrayan los valores de la armonía y de la ventaja comparativa no son válidos para esa parte del mundo que recurre al terrorismo.

Este segmento parece estar motivado por un odio a los valores occidentales tan profundo que sus representantes están dispuestos a afrontar la muerte e infligir gran sufrimiento a los inocentes, y amenazan con la destrucción de nuestras sociedades en nombre de lo que se entiende como un choque de civilizaciones.

Al penetrar esta realidad en la conciencia del mundo democrático, los terroristas ya han perdido una importante batalla. En Estados Unidos se enfrentan a un pueblo unido decidido a erradicar el mal del terrorismo a cualquier precio.

En la alianza occidental, han puesto fin al debate de si sigue habiendo un objetivo común en el mundo posterior a la Guerra Fría.

Todas las democracias occidentales han reconocido que el ataque a Estados Unidos -si queda impune- es un preludio de lo que puede suceder, incluso con mayor facilidad, en sus propias sociedades. Una política de avestruz no haría más que acentuar su propia vulnerabilidad.

La unanimidad sin precedentes con la que la OTAN ha definido el ataque a Washington y Nueva York como una amenaza común y la forma en que se ha desbordado la simpatía popular hacia Estados Unidos demuestran que, al fin y al cabo, las experiencias compartidas de casi dos generaciones no han sido olvidadas y siguen siendo importantes.

Pero otras naciones fuera del marco de la OTAN comparten también un interés común en no ser objeto de chantaje por los macabros grupos terroristas que utilizan su capacidad de infligir sufrimiento para una estrategia basada en lo inhumano y que no rinde cuentas a ninguna restricción institucional.

El reto se convierte entonces en cómo traducir los propósitos comunes en una política operativa. Por lo que respecta a Estados Unidos, tiene que haber una revisión a fondo de los procedimientos y la organización del espionaje.

¿Hasta qué punto la convicción de que se vivía un periodo de relativa tranquilidad no ha propiciado una cierta lasitud en cuanto a las expectativas y a las posibles contramedidas? ¿Hasta qué punto no ha desempeñado un papel la limitación de recursos? ¿Es necesaria una nueva organización para dar cabida a las contramedidas?

A continuación hay que llevar a cabo ataques de represalia contra las que se perciben como fuentes de estos ataques. La contribución de cualquiera que lo vea desde fuera sólo puede ser mínima, excepto para señalar que las medidas a medias hacen más mal que bien.

Sin embargo, la tarea más importante es ir más allá de la represalia, para arrancar de raíz el terrorismo. La guerra, según ha afirmado el presidente, hay que ganarla, no llevarla a cabo como un ajuste de cuentas golpe por golpe. Por tanto, es imprescindible ir más allá del patrón actual de represalias y persecución legal para llevar la lucha hasta la raíz del problema.

Hay que obligar a las organizaciones terroristas a ponerse a la defensiva; hay que romper sus redes; cortar sus fuentes económicas; y, por encima de todo, sus bases nacionales tienen que estar sometidas a una presión implacable para que les nieguen refugios seguros.