Vicios y defectos de Mingote

Por Alfonso Ussía
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CUMPLIR ochenta y dos años nada tiene de especial. Ochenta y cinco es cifra culminante y ochenta redonda. No obstante en esta Casa se han empeñado en celebrar el octogésimo segundo aniversario del nacimiento de Ángel Antonio Mingote Barrachina, más conocido como Antonio Mingote, e incluso, como Mingote a secas. De este importante sujeto se han escrito toda suerte de delicias y elogios, que mucho merece, por otra parte. Antonio Mingote es un hombre que inspira un fácil afecto, y ello determina una derivación contumaz hacia sus aspectos positivos. Me refiero a los característicos y humanos, que los artísticos e intelectuales están fuera de toda duda o discusión. Es por ello que aprovechando esta birria de cumpleaños, que no es ni chicha ni limoná, ni caoba ni alhelí, me esfuerce en el empeño de abrir los ojos a tanto ingenuo intentando un retrato a vuela pluma del auténtico Antonio Mingote, recreándome, si ello es posible, en sus vicios y defectos.

Entre los primeros no destaca el vulgar de la bebida, pero es fumador empedernido y, para colmo, vergonzante. Lo hace a escondidas y por lo normal, de gorra. Y viciosa, o sea, entregada al vicio con vigor y fuerza, es su insaciable y desenfrenada abdominia, eso que los parcos de expresión denominan gula. La voracidad de Mingote sólo puede ser interpretada desde el acertado punto de vista del padre Ripalda. «¿Qué es gula?: el apetito desordenado a comer y beber. ¿Y templanza, qué es? El freno de este apetito». De ahí que sean consideradas consecuencias de la gula la pereza, el ocio, la lujuria y la libertad de decir inconveniencias.

Antonio Mingote dibuja de la mano del prodigio y escribe extraordinariamente. Pero, como él mismo reconoce, sabe hacer muchas menos cosas que las que domina. Es incapaz de cambiar la rueda a un coche, de pedir un café con leche en una cafetería y no protestar cuando le sirven un té con limón. No sabe bailar porque carece de ritmo. Mingote es un aragonés nacido en Cataluña y trasplantado en Madrid sin el vigor trepidante de la jota, la armonía ordenada de la sardana o el escorzo enladrillado del chotis. De ahí su admiración por el actor y bailarín más torpe de la historia del cinematógrafo, Fred Astaire. En el hogar de Antonio Mingote no es difícil toparse con fotografías enmarcadas de aquel tontito que hacía claqué a las primeras de cambio.

Antonio conduce su automóvil a una velocidad endiablada y se salta a la torera las normas y señales de tráfico. Presume de ello en los restaurantes que frecuenta. Lo que más le divierte es afeitar a los ciclistas en los adelantamientos, a los que dedica, cuando ya están superados, toda suerte de cortes de manga y vituperios. Su animosidad hacia las bicicletas le lleva, en ocasiones, a protagonizar hechos bochornosos en el parque del Retiro, lugar del que es Alcalde Honorario y en el que ha abofeteado a más de un niño que montaba en bici. Porque su gran defecto no es otro que su incontenible irascibilidad. Cuando algo no le gusta, o le molesta, o le interrumpe la concentración, no hay quien le detenga. En Islandia fue detenido por el único policía municipal de Reykjavik segundos después de que le arrease un soplamocos a un turista que le confundió con un islandés.

Mal compañero de viajes, poco aseado en la selva, nada conciliador en las playas, donde saca a relucir su poca paciencia con la humanidad. Lo que más le divierte es cortar los hilos de las cometas de los niños huérfanos. Extraña perversidad la de este hombre, que también, de cuando en cuando, zancadillea a las damas de avanzada edad que pasean por la orilla.

Profundamente vanidoso, gusta de toda clase de premios y homenajes, en los que hace uso de la palabra tejiendo interminables discursos. Su afición a la larga perorata se reafirma con los años. En enero de 1999, cuando cumplió ochenta años, se le agasajó en esta Casa de ABC con una cena homenaje que terminó pasadas las cinco de la mañana. Lo curioso del caso es que inició su intervención de la siguiente guisa: «Sólo dos palabras para agradecer este inmerecido homenaje que...»

Gran aficionado a la Fiesta Nacional, ha volcado contra ella todas sus antipatías por razones de rencor invencible. En su juventud intentó ser figura del toreo, y en Colmenarejo debutó vestido de luces con reses del conde de Chinchilla. Sus dos novillos fueron devueltos vivos al corral y el novillero Antonio Mingote «El Niño de Daroca», perseguido por la enfurecida multitud que a punto estuvo de proceder a su linchamiento. Gracias a ello se puso a dibujar y a escribir para llenar el vacío de su afición frustrada.

Es cleptómano. En las casas roba ceniceros de plata. Su colección supera los cinco mil ceniceros, catorce de los cuales eran míos. Si no encuentra ceniceros a mano, se lleva los jarrones de porcelana, que guarda en su casa-palacio de Castellón, que ganó con una apuesta. Porque esa es otra. Es un jugador empedernido, compulsivo, y en el parchís, bastante tramposo.

Los domingos no perdona su partido de fútbol, del que es gran entendido y aficionado. En los años cincuenta llegó a jugar en La Cultural Leonesa, pero una lesión de rodilla acabó con su prometedora carrera. Era medio-punta, con más dominio de la pierna izquierda y muy ratón en el área contraria. Como suele decir orgulloso cuando le preguntan, «yo luchaba por los colores y sudaba la camiseta como el que más».

Mingote es muy agarrado con el dinero, y desconfía del sistema bancario. Tan es así, que todos los meses, se presenta en ABC para cobrar el importe de sus colaboraciones en metálico. El jefe de caja sabe del carácter de Mingote cuando se le olvida valorar algún dibujo o artículo. Más de una vez ha sido sacado de la ventanilla agarrado por las solapas.

Sin antecedentes familiares, Mingote es simpatizante del nacionalismo vasco. Militó en el PNV durante el anterior régimen y se dio de baja en el partido cuando Arzalluz no quiso hacerle miembro del «Euzkadi Buru Batzar», su ilusión de siempre. Hoy forma parte de la corriente crítica, como se puede apreciar en su último ensayo recientemente publicado «El soberanismo y la incidencia foral en los caseríos del Monte Gorbea» (Editorial Krónika. Bilbo. Año 2000).

Así, y no de otra forma, es Antonio Mingote. Una persona normal, con sus defectos, sus vicios y sus miserias humanas. Después viene lo que todos sabemos. Que es un genio. Pero su condición de ser genial no nos debe nublar la perspectiva del horizonte. Aceptando de buena gana su superioridad intelectual y artística, debemos también conocer, para no caer en el mismo fango, sus múltiples defectos y vicios. Una muestra de difícil indulgencia. Lleva más de treinta años sin ir a misa los domingos, y en esas condiciones, colaboró en la Cope.

Cumple hoy ochenta y dos años este hombre al que todos queremos. Espero que continúen amándolo después de leer este breve muestrario de sus defectillos. Lo malo de verdad, me lo guardo para mí. Muchas felicidades, Antonio.