Verdades como puños de Don José Blanco

JUAN MANUEL DE PRADA
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DON José Blanco, como cualquier otro político de hogaño, es una ametralladora de consignas que, allá donde va, riega las meninges de su auditorio con una andanada. El otro día, entrevistado en mi presencia por Nacho Villa, comprobé cómo Don José se ayudaba de un papelico en el que le habían escrito un puñado de estas consignas; y, a medida que hablaba, iba metiendo con fórceps las consignas del papelico, como los cómicos desmemoriados meten morcillas en sus parlamentos. En esto se ha convertido la politiquería de hogaño: en una cháchara mazorral e inepta salpimentada de consignas; y, a fuerza de ametrallarnos las meninges, nuestros políticos logran que interioricemos tales consignas, de modo que llegamos a repetirlas como si fuesen ocurrencias propias, y las vamos desovando por doquier, como carpas de una piscifactoria ahítas de pienso ideológico y encantadísimas de la vida.

Pero Don José Blanco no es tan sólo una ametralladora de consignas, como cualquier otro político de hogaño; en honor a la verdad, a Don José Blanco se le encasquilla de vez en cuando la ametralladora y entonces dice verdades que le brotan del alma, verdades como puños que lo aureolan de una humanidad enternecedora. Acaba de ocurrirle en uno de esos coloquios que se organizan para que los políticos provean a la masa idiotizada de su ración diaria de consignas, donde sin rebozo alguno -como una muchacha que nos enseña un seno apenas púber- ha confesado:

-Cuando yo deje de ser ministro, estaré eternamente agradecido al presidente. Uno no es ministro por méritos propios ni por currículum académico; uno es ministro porque el presidente del Gobierno así lo decide. Hay miles y miles de ciudadanos que podrían hacerlo mejor que yo, o tan bien como yo, y que no tuvieron esa oportunidad.

Y ante tamaño de alarde de ufana, conmovedora, entrañable sinceridad, uno no puede sino soltar la lagrimilla. Don José, bajándose del pedestal de las falsas vanidades, nos reconoce que en su elección como ministro no han mediado virtudes propias, ni prendas intelectivas de las que pueda blasonar. Don José nos reconoce que ha sido elegido, en lugar de los miles y miles de personas que podrían haberlo hecho mejor que él, porque un señor que a su vez reconoce que «cualquiera puede ser presidente del Gobierno» así lo ha decidido. ¿No resulta encantador? Uno escucha estas verdades como puños de Don José y siente algo así como un cabrilleo de optimismo y euforia trepándole por la médula espinal; es como si, en mitad de un viaje en autobús, el conductor te confesara, entre desenfadado y coqueto, que se ha dejado las gafas de veinte dioptrías en casa y que además tiene un hormiguillo en los pies que le impide pisar el freno. ¡Qué deliciosa sinceridad!

Uno de los signos más evidentes de la corrupción de la democracia es la subversión de las humanas jerarquías. Santo Tomás establecía que las tareas de gobierno debían ser encomendadas a los más virtuosos e inteligentes; y también que encumbrar lo que es de naturaleza inferior es una monstruosidad. Pero hoy este orden jerárquico se ha subvertido; y a lo que es monstruoso lo llamamos «la grandeza de la democracia», que por lo que se ve consiste en dejarse gobernar por quienes reconocen sin tapujos, en un alarde de ufana, conmovedora, entrañable sinceridad que carecen de méritos. Pero no todo está perdido: Don José, que no es ministro por méritos propios, es al menos hombre religioso; pues, para estar «eternamente agradecido» a Zapatero hay que creer que existe una vida eterna. Y sólo una vida eterna podría, en efecto, albergar la infinita gratitud que Don José debe a Zapatero; sólo espero que, para entonces, el llanto y el crujir de dientes no entorpezcan demasiado su culto idolátrico al líder.

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