Verano adentrándose en el País Vasco

MARQUÉS DE LAULA
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EL mismo grupo de amigos hemos repetido este verano la excursión que deseamos convertir en tradición. Se trata de recordar la historia de Vasconia a través de sus casas, sus montes y sus paisajes. Por supuesto, el verano es el momento propicio pues, no en balde, la franja cantábrica es zona de lluvias. Inicié el periplo por Amorebieta, en un almuerzo, más o menos empresarial, en el que mi comensal se dolió de los inconvenientes que soporta por no aceptar que sus hijos desconozcan el castellano. A continuación, en Durango, encontré una acampada de personajes hirsutos y desaliñados que hacen bandera de la negación. Esta vez se trata del AVE, pero antes fue la central de Lemóniz, y no hay que asombrarse de que los soñadores de independencia nieguen a su patria la energía necesaria o los transportes enriquecedores: lo irracional no busca lógica. La Casa Negra de Azcoitia, en el centro de la villa, frente a la iglesia donde fue bautizado Íñigo de Loyola, nos acogió esa noche. Juan Alfonso Granada, con el escudo de Idiáquez en la fachada, abre todos los años la historia de su familia a amigos y autoridades; descendiente de Ignacio y Javier, los grandes santos jesuitas, es consciente de que nobleza obliga y cumple a rajatabla.

Al día siguiente corto viaje desde Elorrio hasta Ordicia, en mi juventud Villafranca de Oria. ahí comprendí el cambio radical que las autopistas han producido. Mi recuerdo traía un trayecto de curvas, puertos, mareos y tiempo, mucho tiempo; ahora es un suave traslado, sin angustias y sin agricultura pues los valles se han cubierto con fábricas y edificaciones. El País Vasco, y especialmente Guipúzcoa, es un emporio de trabajo que respira bienestar. Todas las superficies llanas están ocupadas y en las laderas de las montañas, los bosques han sustituido a los maizales, faltos de mano de obra agrícola: la naturaleza florece sin trabas. Las luchas del XIX y XV entre oñez y gamboa, entre la montaña ganadera y el valle roturador, no tendría hoy ningún sentido, la riqueza está en lo llano.

Como las nuevas comunicaciones han borrado las distancias, resulta que nada está lejos y los viejos caseríos se han rehabilitado como segunda o única vivienda. Todos están pimpantes y son tanto más apreciados cuanto las leyes dificultan construir en las tierras que fueron de cultivo. El conjunto es un nacimiento al que faltan los reyes que ya no veranean en San Sebastián. El grupo se reunió a orillas del Oria: los nombres de Ampuero, Areilza, Arteaga, Gaitán de Ayala, Goyoaga, Otazu, Vida-Abarca y Zavala componen un recorrido por la geografía vasca.

Villafranca celebraba día de mercado y en la plaza cubierta que se construyó ex profeso a principios de siglo XX, se habían reunido todos los productos hortelanos en una fiesta de color, olores y vida. Deambulamos desde los puestos de hortalizas hasta la parroquia para admirar su órgano, la curiosísima caja de caudales y las capillas de enterramientos. Luego tocó turno a la casa solar de los Zavala, en la que la arquitectura de su balcón gemelo juega con el escudo para decorar una noble fachada. Enfrente la de Barrena, a la que el clima le jugó la mala pasada de tener la parte posterior a mediodía, con el resultado de que la piedra de sillería y el gran arco central mira a la huerta en vez de a la población. Este solar de los Arteaga se conserva con mimo por el Ayuntamiento que lo dedica a la vida cultural; las kutxas o arcones y el abundante mobiliario que dejaron los marqueses de Argüeso dan sabor de tradición a sus muros. La última escala era obligatoriamente Lazcano, pariente mayor de Guipúzcoa y cabeza de los oñacinos.

El paisaje ha variado desde mi niñez. Los castañares que vigilaban la carretera por poniente son fábricas y talleres y el manzanal con la sidrería de Beltransagasti por saliente, viviendas y más viviendas. El núcleo principal se mantiene como siempre, el convento de Barnardas y el antiguo de carmelitas, hoy benedictinos de Solésmes, dan cobijo al gran palacio que doña María de Lazcano construyó mientras su marido Antonio de Oquendo navegaba contra los holandeses. Bien conservado, mantiene todo su empaque y yo, acunado por los recuerdos, lo veo como fue, con la decoración de entonces y la alegría familiar dándole vida. El jardín se ha convertido en un bosque de magnolios que casi celan la vista del paseo de plátanos y del puente sobre el río Agauntza.

Terminado el turismo, nos trasladamos todos a dominar el paisaje en los altos de Olaberría. La excelente cocina vasca nos hizo los honores, una exaltación de la mejor materia bien regada por el Rioja ha sido el broche de remate a la excusión. Quedamos en consagrarla como institución permanente. Al regresar a la autovía, el en otro tiempo manzanal de Yurre da planta a una acerería que figura como la primera del mundo. Es un símbolo del País Vasco.