La veleta

Las palabras de Sánchez carecen de crédito y de confianza. Sólo tienen el valor del momento en que son pronunciadas

Ignacio Camacho
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Cuatro horas. Eso es lo que dura el crédito de la palabra de un presidente. Perdón: de este presidente. El tiempo que va desde las cinco y media de la tarde de un lunes, cuando respalda la continuidad de una ministra en el Senado -en sede parlamentaria, que se dice en tertulianés, maestro Burgos-, hasta las nueve y media de esa noche en que la sustituye por otra tras haberle pedido la renuncia. Ésa es la medida de la coherencia de su discurso. En términos actuales; antes, hace bien poco, tardaba en contradecirse al menos un día, acaso dos, una semana incluso. Ahora ya lo sabemos: sus frases solo tienen el valor estricto del tiempo en que son pronunciadas. Pura logomaquia (DRAE: «discusión en que se atiende a las palabras y no al fondo del asunto»), canutazos circunstanciales, significantes vacíos, mera cháchara. Ruido estéril, efímero, hueco. Humo, polvo, sombra, nada. Quizá nunca nadie, en la reciente política española, ha tardado tan poco en defender con idéntica (ausencia de) convicción una cosa y su contraria. En romper el contrato verbal sobre el que un dirigente establece con los ciudadanos su relación de confianza.

No es sólo que el Gobierno de Sánchez sea inestable por su precaria correlación de fuerzas. Se trata de que él mismo carece de consistencia. El episodio del máster fake de Montón constituye al respecto una simple anécdota, aunque reveladora en la medida que fue su jefe el que ordenó a los suyos cerrar filas con ella apenas un rato antes de deponerla. La cuestión esencial, el auténtico problema, consiste en que en tres meses no ha habido prácticamente un asunto sobre el que no haya cambiado de criterio o idea. No miente, o no siempre; simplemente su falta de certezas le empuja a cambiar de opinión con plena naturalidad entre el almuerzo y la cena. Esa condición mutante, esa volatilidad elevada a la enésima potencia, somete a este Gabinete provisional a un estrés inmanejable y lo incapacita para cualquier ejercicio de planificación o de estrategia. En la opinión pública ha calado muy pronto la percepción, o más bien la evidencia, de que el país está gobernado por una veleta.

Bauman, el sociólogo que le gustaba -aunque lo interpretaba mal- a Zapatero, acuñó el concepto de «liquidez» para definir el flotante mundo posmoderno. Una sociedad de incertidumbres, en continua transición de patrones y estructuras, en la que nada es duradero. Sánchez ha llevado esta fluidez relativista al punto extremo, pasando de un estado líquido a uno gaseoso, casi etéreo, como una nube de vapor en un día de viento. Pero si la palabra de un gobernante pierde todo valor, porque se ha convertido en un floreo circunstancial sin más vigencia que la del momento, es imposible confiar en su liderazgo ni en su proyecto. Cuando un político deja, no ya de ser, sino de parecer sincero, corresponde a quien le escucha la responsabilidad de creerlo.

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