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La situación postelectoral catalana no puede ser más vasca

Jon Juaristi
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Batasunización y frentismo. Es lo que ha salido de unas elecciones autonómicas pésimamente gestionadas desde el Gobierno del Estado y desde el gobierno de la señorita Pepis, de aquél emanado para la Generalidad siguiendo la pauta de las gestoras de 1934, que, ni aún con toda la izquierda y los escamots en chirona, lograron impedir el triunfo del Frente Popular y el regreso de Companys a la presidencia de la Cataluña autónoma, menos de un año y medio después de proclamarla República. Pero olvidémonos de los años treinta, porque el resultado de los comicios del jueves pasado esboza un panorama muy semejante al vasco (o vasco/navarro, si se prefiere) posterior a la teórica neutralización de ETA.

Para empezar, las tácticas divisorias contra el independentismo, con las que tan felices se prometían los genios de la Moncloa, han producido algo muy semejante a lo que las disensiones internas del nacionalismo vasco producían y siguen produciendo: un crecimiento de la comunidad nacionalista. O sea, la paradójica y muy comprobable tendencia -biológica, según Unamuno- a que los organismos políticos aumenten su tamaño y eficacia gracias a la división de sus órganos, lo que quiere decir, en cristiano, que las rupturas o alejamientos entre las fracciones de los movimientos nacionalistas redundan siempre en beneficio mutuo, es decir, en un incremento del número de sus adeptos y en una radicalización del movimiento en su conjunto. Por motivos muy obvios: la diferenciación interna ofrece una mayor cantidad de opciones que pueden acoger las diferentes preferencias surgidas de las rupturas y fraccionamientos, manteniéndolas dentro del proyecto secesionista (ya llegará el momento de solventar las diferencias cuando la independencia se haya conseguido). Y por otra parte, aumenta la competencia en radicalidad entre las distintas organizaciones nacionalistas, cada una de las cuales trata de conquistar la hegemonía dentro del bloque o frente mostrándose más inflexible y maximalista que las demás a la hora de defender el programa común. Esto es, ni más ni menos, lo que ha sucedido siempre con el nacionalismo vasco, y esto es lo que ha comenzado a suceder con el nacionalismo catalán en las elecciones autonómicas del 21 de diciembre de 2017, día de Santo Tomás el Empirista, un buen patrón para el Gobierno de Rajoy, que no cree sino lo que ven sus ojos. O lo que cree ver.

El resultado refleja asimismo la inanidad del socialismo catalán, muy parecido en esto al vasco, que le tomó la delantera mimética convirtiéndose en lo que el PSC ya era, o sea, en un partido nacionalista de izquierda, cuando decidió, en 1990, fusionarse con Euskadiko Ezkerra, es decir, con la Izquierda de Euskadi, para llegar a ser, de verdad, el auténtico Partido Socialista de Euskadi, y empezar a perder votos hasta estancarse en una cómoda marginalidad al servicio del PNV. Refleja también el hundimiento del PP catalán, como sucedió con el PP vasco tras la sustitución de sus líderes de la época de Aznar (Mayor Oreja y San Gil) por los fieles de Rajoy, y refleja, en fin, la soledad de Ciutadans, que sólo podría mantenerse como una alternativa al independentismo si contase con Ciudadanos en el Gobierno de España. Porque, lo que es del de Rajoy, Arrimadas no puede esperar el mínimo apoyo.

En resumen, las elecciones autonómicas catalanas del 21 de octubre han desembocado en una catástrofe sin paliativos de la que el presidente del Gobierno no parece dispuesto a responsabilizarse (y la vicepresidenta, que rebosa simpatía por un independentismo catalán «legítimo» y «engañado» por Puigdemont, mucho menos). Que li darem al fill de la mare?

Jon JuaristiJon JuaristiArticulista de OpiniónJon Juaristi