El valor y el precio de la cultura

Por M. MARTÍN FERRAND
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La Biblioteca Nacional de Francia —ella sabrá por qué— ha batido el récord mundial en la subasta de un manuscrito literario. ¿Cuál de los grandes clásicos galos —pueden pensar ustedes— ha merecido tal honor? Pues no: ni grande, ni clásico. Los francos de tal gloria se han invertido en el original de «Voyage au bout de la nuit», la primera novela, editada en 1932, por Louis-Ferdinand Céline: una sátira menor sobre un asunto mayor, la humanidad entera. Quizás se entienda mejor el asunto si se sabe que la viuda de un millonario saudí, hija del ministro sirio de Defensa, participó a escote con la Biblioteca Nacional —«¡oh, el mecenazgo!»— y que Céline adquirió gran notoriedad durante la ocupación alemana de París, por su pública exhibición de antisemitismo. Conducta que le valió el exilio tras el final de la Segunda Gran Guerra.

Céline sería un grandísimo escritor de haber nacido, por ejemplo, en Holanda; pero en el torrente de las letras francesas —tan rico, tan decadente— es un autor que no justifica ese récord. Por eso me fijo en él. Es un síntoma claro de la enfermedad cultural que, en nuestro tiempo, propagan de manera creciente las instituciones públicas. A tal punto, que empiezo a sospechar que cultura y política son conceptos antagónicos. Se contraponen y, además, se anulan. Si se le ponen nombres propios a tan drástica afirmación, adquiere aún más sentido.

José María Aznar ha recibido en La Moncloa a Gao Xingjian, el premio Nobel que viaja estos días por España para incitar la venta/conocimiento de «La Montaña del Alma». Eso está muy bien y Aznar se ha confesado lector del chino exiliado; pero quiso la casualidad que la audiencia presidencial coincidiera en el tiempo, cronométricamente, con la visita de nuestro Nobel Camilo José Cela al Juzgado número 2 de los de Barcelona para declarar sobre la acusación de plagio que contra él ha dirigido una ignota escritora gallega. Pudiera parecer que esto es mezclar churras con merinas; pero, como dice Baura, las casualidades no existen y son sólo el sarcasmo con que se expresa la historia. La sutil venganza del destino para, al confrontar dos planos de la realidad, poner en evidencia nuestras escaseces y/o contradicciones.

Se empieza confundiendo, como con el original de Céline, el valor con el precio y se termina ante la incapacidad para distinguir el peso del volumen. Es el gran fruto del igualitarismo procesado, aquí y ahora, con las herramientas de la envidia y los estimulantes de la mediocridad. La vida española en general, y la cultural en particular, está necesitando salirse de los carriles dirigistas de lo público y vivir su propia identidad, pobre o rica, pero singular en lo que nos queda de Nación. De cara a la imparable globalización, el vestigio de la identidad nacional sólo puede encontrarse en la vida cultural que, desde el cine a la danza, desde el pensamiento a la plástica, desde la narrativa al teatro, beba en las muy plurales fuentes que manan en España sin contaminación ni dirigismo alguno. Los asuntos de la información caben en ese gran paquete. En caso contrario pagaremos una fortuna por el manuscrito de «El Coyote».