¿Qué Universidades?

Ni en la Complutense, ni en la Hispalense, ni en Salamanca se ha dado un solo escándalo de tesis o máster raritos

Antonio Burgos
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Toda esta sucesión de escándalos, en modo canción de Raphael, de tesis doctorales de aquella manera que dijimos y de másteres por el método del por aquí te quiero ver me ha hecho pensar en un ahora olvidado periodista satírico sevillano de la primera mitad del siglo XX. En Agustín López Macías, que escribía en «El Liberal» con el seudónimo de «Galerín», con el que también publicaba un divertidísimo anuario, «El Libro de Galerín», quintaesencia de su humor y de la guasa de su tierra, en la que tras la guerra, por su republicanismo, le quitaron el carné de periodista y tuvo que ganarse la vida haciendo publicidad. A Galerín, que era de mi barrio del Arenal, le pasó con la Universidad como a muchos de estos titulares de los escandalosos másteres y tesis para engordar y dar lustre a su currículum.

Hago una ignaciana composición de lugar para que entiendan la guasa de Agustín López Macías, totalmente aplicable a los últimos académicos escándalos. Piensen en la Sevilla de los años 20, vísperas de la Exposición Iberoamericana de 1929. La Universidad Hispalense estaba en la calle Laraña, en el desamortizado edificio de la Compañía de Jesús del que ahora sólo queda en pie la iglesia de la Anunciación, de donde sale la cofradía de la Virgen del Valle de mi recordado don Guillermo Luca de Tena. A quien el Rey Don Juan Carlos creó marqués de su propia cofradía: marqués del Valle... de Tena. La Universidad estaba muy cerca del mercado de abastos de La Encarnación. Y le preguntaron una vez al autodidacta Galerín si era universitario. Y respondió, con toda su guasa del Arenal:

– Sí, yo pasé por la Universidad... Pasé por la puerta de la Universidad una mañana que iba a comprar espárragos trigueros a la plaza de La Encarnación.

A muchos que dicen que su tesis es totalmente guay del Paraguay les ha pasado como a Galerín con la Hispalense, pero sin comprar espárragos trigueros: que le han conferido el grado de doctor una vez que pasaban por la puerta. Pues tenían en aquel centro tal necesidad de crear doctores para cumplir con las normas de Bolonia, que yo creo que una vez que le habían conferido el grado a las limpiadoras y a los bedeles, se lo otorgaban a todo el que pasaba por la puerta:

– Por favor, entre, que le vamos a hacer doctor.

Y los másteres, igual. Yo creo que los daban a la gaditana: a peluz. O a la sevillana: echaban un pelón de másteres, aleluya, aleluya, el que la coja es suya. Hay quienes, por el contrario, sostienen que no, que los másteres venían como premio en las tapaderas del yogur, o en el rasca de la ONCE que anuncia el chino encanecido del kunfú. ¿Y saben por qué está ocurriendo todo esto? ¿Por la demostrada poca vergüenza que tienen los políticos para engordar sus biografías y ronear de título que no tienen? No sólo por eso: este masivo escándalo académico de las tesis, las titulaciones chuchiperris y los másteres ha ocurrido por la lamentable inflación de Universidades de la Señorita Pepis que padecemos en España. Cada capital de provincia quería tener su Ave, su aeropuerto y su Universidad. ¿Cuántas Universidades hay en España? O sea, ¿cuántas improvisadas fábricas de titulados superiores en paro creadas desde la nada y sin la menor tradición académica? Pues más de las necesarias. Panorama de inflación de centros y de sucesión de titulaciones de conveniencia que conforta cuando se piensa que ni en la Complutense, ni en la Hispalense, ni en Salamanca, en las Universidades de toda la vida, se ha dado un solo escándalo de tesis o máster raritos. Todos han sido en Universidades de la Señorita Pepis. Y, como dice el cante: al que le dé, que perdone.

Antonio BurgosAntonio BurgosArticulista de OpiniónAntonio Burgos