Guy Sorman

El último juicio

«El Gobierno israelí y las organizaciones judías de la diáspora se dedican a perseguir nazis, no tanto por venganza como por pedagogía: si se sigue deteniendo y juzgando a cómplices destacados, la memoria de la Shoah no desaparecerá»

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Hace tres años, en esta página de ABC, reflexionaba sobre la extradición desde Estados Unidos a Alemania de un guardia del campo de exterminio nazi de Auschwitz, tras la que se celebró su juicio y fue condenado. El hombre, que por aquel entonces tenía 93 años, fue sentenciado a cinco años de cárcel por haber contribuido al asesinato de unas 170.000 víctimas judías. Yo hablaba entonces del que pensaba que era el último nazi y el último juicio de la Shoah. Un error por mi parte. Resulta que, esta semana, Estados Unidos ha enviado a Alemania a otro nazi, un tal Jakiw Palij, de 95 años. Este, de origen polaco, se había alistado voluntariamente en el cuerpo de élite nazi de las SS y en 1943 se convirtió en guardia del campo de Trawniki, famoso por su eficacia y que tenía el récord de haber matado a 6.000 judíos en un solo día. Se me ocurren dos preguntas: cómo ha podido vivir este verdugo apaciblemente en Nueva York hasta hoy y por qué se ha tardado setenta años en procesar a este destacado «ejecutor». Y eso arroja una luz extraordinaria sobre los avatares de la historia occidental y nuestra compleja relación con el nazismo y las ideologías que se asemejan a él.

En primer lugar, cuando el Ejército ruso y el estadounidense liberaron los campos en 1945, la prioridad no era detener a los guardias. Y lo fue menos aún cuando los vencedores se limitaron a juzgar en el Juicio de Nuremberg a los principales responsables del nazismo, y no a los miles o millones de ejecutores. Los escasos procedimientos judiciales contra los segundos espadas terminaron en cuanto se inició la Guerra Fría en 1947; tanto los estadounidenses en Alemania Occidental como los rusos en Alemania Oriental necesitaban mandos alemanes para reconstruir el país, sin ser muy puntillosos en cuanto a su pasado. Sabemos que sucedió lo mismo en Japón, donde los estadounidenses limitaron el Juicio de Tokio al entorno más próximo al Emperador, salvando al Emperador. En aquella época, las víctimas judías en Europa o coreanas en Asia también eran demasiado débiles para hacerse oír. Por tanto, el proceso contra el nazismo hace las veces de proceso contra los nazis.

El gran cambio se produjo en 1961, cuando los israelíes secuestraron a Adolf Eichmann y organizaron un juicio espectacular en Jerusalén, en el que nuevamente se puso de manifiesto que la distinción entre los dirigentes del nazismo y sus ejecutores (que es lo que pretendía ser Eichmann) no estaba clara. Desde entonces, el Gobierno israelí y las organizaciones judías de la diáspora se dedican a perseguir nazis, no tanto por venganza como por pedagogía: si se sigue deteniendo y juzgando a cómplices destacados, la memoria de la Shoah no desaparecerá y se podrá llegar a comprender un poco el mecanismo del exterminio. Lo que nos lleva otra vez a Jakiw Palij, del que ya no me atrevo a escribir que será el último de los nazis al que se juzgue. Así pues, vivió apaciblemente en Estados Unidos, donde entró en 1949 con la complicidad de otros nazis que declararon que durante la guerra fue un simple peón agrícola.

La verdad se estableció en 1993 tras el hallazgo de unos archivos de las SS en Praga. Palij fue desposeído de la nacionalidad estadounidense y lo amenazaron con expulsarlo, pero para extraditarlo, un país tenía que reclamarlo. Y como Palij es originario de una parte de Polonia que ha pasado a ser Ucrania, eso ha permitido desde hace 25 años que tanto Polonia como Ucrania afirmen que no tienen ningún vínculo con este señor. Hasta que el Gobierno alemán, presionado por Estados Unidos, ha aceptado por fin a este antiguo colaborador. Por tanto, ¿hay que ceñirse a nuestras leyes humanistas para proteger a unos nazis? En mi opinión, sí, sea cual sea el paradójico resultado.

Lo irónico de esta historia es que Trump solo ha insistido ante Angela Merkel para denunciar la facilidad para emigrar a Estados Unidos, por lo que nuestro nazi se ha convertido en un elemento importante del debate estadounidense sobre la inmigración. El juicio se celebrará en Dusseldorf y probablemente el acusado fingirá que ha perdido la memoria, que, según las últimas noticias, era excelente. ¿Aprenderemos algo nuevo sobre la peor matanza de la historia contemporánea perpetrada en el país al que antes se consideraba como el más civilizado? Seguramente, como en los juicios anteriores, seguiremos siendo incapaces de decidir entre aquello que Hannah Arendt calificó de «banalidad del mal» y lo que otros achacan más bien a su excepcionalidad, la naturaleza única de la Shoah y la responsabilidad personal tanto de los dirigentes como de los ejecutores.

Yo, por mi parte, comparto la postura de mi padre, detenido por la Policía francesa en 1943, pero que consiguió escapar antes de ser entregado a los nazis. Él consideraba que todos, incluidos los verdugos, estaban poseídos por el diablo. Pero se debería sacar otra conclusión del juicio, que me parece más actual: que el exterminio en masa siempre viene precedido en todas partes de una deshumanización de las futuras víctimas. Así pues, los birmanos han preparado las matanzas de los rohingyas considerándoles unos seres inferiores. Y si se me permite esta comparación excesiva, cuando Trump tilda a los mexicanos de «criminales y violadores», pisa un terreno desgraciadamente resbaladizo. Sí, el de Dusseldorf será un juicio útil e incluso necesario.